Crítica:
La noticia es un despliegue de irregularidades que el partido intenta disfrazar de tecnicismos contables. El texto original es preciso, pero el PSOE juega al despiste con la 'amortización' para ocultar una gestión patrimonial opaca.
La noticia es un despliegue de irregularidades que el partido intenta disfrazar de tecnicismos contables. El texto original es preciso, pero el PSOE juega al despiste con la 'amortización' para ocultar una gestión patrimonial opaca.
Hay una danza muy curiosa ocurriendo en los despachos del PSOE. El juez Santiago Pedraz ha pedido unos contratos y el partido ha respondido con una creatividad que envidiaría cualquier guionista de Netflix. Para evitar entregar los papeles que podrían alimentar la presunta 'cloaca' de Leire Díez y Santos Cerdán, el PSOE ha sacado la carta del 'secreto profesional'. Es el truco clásico: envolver el dinero en papel de abogado para que nadie pregunte qué hay dentro. El juez no quiere saber qué se dijeron en el confesionario, solo quiere ver quién ha pagado y cuánto, pero el partido insiste en que revelar los contratos lesionaría los intereses de terceros. Muy noble. Sin embargo, en el afán de quedar bien, han soltado la perla que la UCO ha subrayado con fluorescente: admiten que no pueden dar la información rápido porque no está centralizada y que las organizaciones territoriales hacen sus propios encargos. Traducido al lenguaje de la calle: el grifo del dinero no solo sale de la central, sino que hay 'cajas' repartidas por todas las regiones. Básicamente, le han dado al juez el mapa del tesoro mientras intentaban decir que no tenían la llave. Para rematar la jugada, han alegado que están muy liados con la campaña electoral y que siete días hábiles —desde la notificación del 7 de octubre— son insuficientes para revisar cinco años de archivos territoriales. Es fascinante. Para organizar mítines y eslóganes tienen una maquinaria suiza, pero para buscar un contrato en un cajón el partido se convierte en una oficina de correos de pueblo en agosto. La UCO ahora sabe que si quiere encontrar la ruta del dinero, no debe mirar solo el despacho del jefe, sino bajar a las provincias.
Hay una magia muy particular en los pasillos del poder: la capacidad de convertir la 'honestidad' en un concepto opcional según sople el viento. El pasado 21 de abril, Isabel Rodríguez se paseó por el Consejo de Ministros vendiendo la transparencia del Plan Estatal de Vivienda 2026-2030 como si fuera el Santo Grial de la democracia. Prometió datos abiertos, luz clara y un ejercicio de sinceridad frente a los portales privados. Pero, como ocurre cuando llega la hora de pasar la factura, el Gobierno ha aplicado un giro de guion digno de telenovela barata. La Orden VAU/1167/2026 es una obra maestra de la ingeniería administrativa. Por un lado, el Ministerio de Vivienda se pone en modo 'fiscal implacable' con las comunidades autónomas. Les exige que remitan mensualmente cada detalle, cada céntimo y cada circunstancia personal de los desahuciados. Quieren saberlo todo: ingresos, edad, sexo y hasta el color de las cortinas del beneficiario. Es como si en tu casa te obligaran a llevar un libro de cuentas detallado de cada café que te tomas, pero el administrador del edificio decidiera que el balance final es 'información confidencial'. Aquí reside la trampa. Mientras las autonomías sudan la gota gorda alimentando el sistema a través de la Red SARA —con un margen hasta el 1 de junio de 2027 para arreglar los cables—, el artículo 9 de la norma le da a la Dirección General de Planificación y Evaluación el superpoder de decidir qué se publica y qué se guarda en el cajón. No hay periodicidad, no hay obligación, solo 'criterios de relevancia'. En cristiano: publicaremos lo que nos haga quedar bien y esconderemos el agujero contable o la lista de espera de quienes siguen en la calle. Pedro Sánchez ha hecho de la vivienda su bandera, pero parece que la bandera ahora tiene un parche que tapa las cifras incómodas.
Hay una elegancia casi quirúrgica en cómo el Estado gestiona la miseria. Miguel Ángel Pérez Triano, el exdelegado en Ceuta, decidió que la mejor forma de aplicar el Pacto Europeo de Migraciones y Asilo (PEMA) —ese manual de instrucciones que desde junio obliga a la UE a hacer 'triajes' para detectar vulnerabilidades— no era mejorar la acogida, sino comprar un trozo de tierra. Porque claro, cuando la Jefatura de Policía le dijo que meter a la gente en naves industriales era un lío logístico, la solución no fue buscar dignidad, sino buscar una parcela privada con buenos enchufes. El plan, detallado en un correo electrónico el pasado 16 de julio, era montar un campamento de carpas y módulos al estilo Ibiza, pero sin el glamour de las fiestas. El escenario: una parcela de 2.200 metros cuadrados junto a la prisión. Un lugar idílico para que los recién llegados esperen a que la burocracia decida su suerte, ya que, mientras dura el triaje, no tienen autorización de entrada y quedan a disposición de las autoridades. Básicamente, un limbo con suministro eléctrico y saneamiento. Los números son el combustible de esta maquinaria. Pérez Triano advirtió que Ceuta es el epicentro de la presión migratoria. Solo en los primeros seis meses del año, 2.582 personas entraron de forma irregular, un incremento del 164% interanual que haría temblar a cualquier gestor de inventarios. A esto se suma el 'efecto nadadores' y el golpe del Tribunal Supremo, que puso freno a las devoluciones en caliente. Ante el caos, la respuesta institucional fue pragmática: si no hay sitio en la nave, compramos un terreno y ponemos carpas. Eficiencia pura, siempre que no te toque dormir en una de ellas.
Hay una mística casi religiosa en la burocracia de José Manuel Albares: la capacidad de hacer desaparecer millones de euros en conceptos que parecen redactados por un generador de frases aleatorias. Mientras el ciudadano medio hace malabares para que el alquiler no se coma su sueldo, el Ministerio de Asuntos Exteriores ha decidido que la prioridad es la 'gobernanza migratoria' en Egipto. Suena sofisticado, ¿verdad? En lenguaje de calle, significa soltar pasta para que otros gestionen sus problemas mientras nosotros miramos desde la barrera. El sablazo más reciente llegó el 14 de septiembre, con una transferencia de 4.075.492 euros destinada al 'Fondo Fiduciario para Combatir la Migración Ilegal y la Protección de los Migrantes'. Un nombre tan largo y solemne que probablemente sirve para que nadie se atreva a preguntar qué hacen exactamente con el dinero. Si sumamos esto a la fase anterior, el programa CONMIGO I —que en 2021 ya se había llevado tres millones de euros—, llegamos a un total de siete millones de euros que aterrizan en suelo egipcio. Todo coordinado por la AECID y con el visto bueno de la Unión Europea. Lo verdaderamente cómico, si no fuera trágico, es el contraste. Tenemos un presupuesto anual de cooperación de 4.500 millones de euros que el Tribunal de Cuentas y la AIReF miran con el mismo escepticismo con el que un perro mira un limón. Mientras Albares juega a ser el benefactor de El Cairo, Ceuta y las Islas Canarias siguen siendo el patio de juegos del caos migratorio. Es la paradoja perfecta: tenemos una eficacia quirúrgica para enviar millones al extranjero, pero una gestión amateur para nuestras propias fronteras. Básicamente, estamos pagando el catering de una fiesta en Egipto mientras en casa no tenemos ni para el pan.
Hay que tener una capacidad de timing envidiable para aprobarse un festín de primas justo cuando el barco se hunde y el capitán está haciendo las maletas. El pasado 3 de noviembre, en una reunión extraordinaria que debió ser un ejercicio de contrición, la cúpula de Adif decidió que lo más urgente no era revisar los frenos ni las vías, sino blindar su plan de incentivos hasta 2030. Todo ocurrió apenas unas horas antes de que Pedro Marco de la Peña, el presidente, fuera cesado. Una jugada maestra de 'salva quien pueda' antes de que Carlos Cuerpo, el nuevo ministro, cerrara el grifo. Mientras los usuarios lidian con una puntualidad que es más un deseo que una realidad, y tras una racha negra con accidentes mortales en Adamuz y Urda que dejan un saldo dantesco de 116 fallecidos en nueve meses, los jefes de Adif se aseguran el chiringuito. Para que nos entendamos: mientras el mantenimiento de las vías se queda cojo (previendo incumplir sistemáticamente los objetivos hasta 2030, con un techo del 90% en red convencional), el comité de dirección se paseaba en 2025 con una remuneración conjunta de 1,2 millones de euros. Es como si en tu casa se cayera el techo y, en lugar de llamar al albañil, decidieras comprarte un reloj de oro con el dinero del seguro. Lo más fascinante es la ingeniería ética del convenio con el Ministerio de Hacienda. Se hablan de objetivos 'ambientales y sociales' (ASG), que en 2024 oscilaban entre el 6% y el 30%, pero hay un vacío legal sospechosamente cómodo: no hay ni una sola línea que vincule el dinero extra a la seguridad ferroviaria o a que el tren llegue a tiempo. En Adif, parece que salvar el planeta es prioridad, pero que el tren no descarrile es un detalle secundario que no merece una prima.
Hay que tener una cara cínica del tamaño del AVE para anunciar obras ferroviarias el mismo día que encerrabas a todo el país en su casa. El 16 de marzo de 2020, mientras España contaba los pasos desde el sofá, el Gobierno aprovechaba el estado de alarma para lanzar la renovación del tramo de Urda. Un timing exquisito. El problema es que el Grupo Azvi, protagonista de este despliegue, resultó ser el mismo que puso en nómina a Koldo García Izaguirre. No era un sueldo de becario: 6.000 euros al mes más un bonus del 0,75% por cada obra conseguida. Básicamente, Koldo era el 'abridor de puertas' con esteroides. Mientras el ciudadano medio veía cómo su cuenta corriente se convertía en un desierto, el Grupo Azvi engullía más de 160 millones de euros en contratos del Ministerio entre 2018 y 2021, bajo la batuta de José Luis Ábalos. La UCO ya ha pasado por sus oficinas, registrando también Adif-Alta Velocidad y Deplan Works, porque el magistrado Ismael Moreno sospecha que aquí hubo una ingeniería financiera digna de premio. Pero lo verdaderamente macabro es el contraste. La Fiscalía comunitaria ya husmea en los Fondos Europeos (FEDER) tras el accidente de Adamuz, donde 45 personas perdieron la vida por una 'rotura franca' de la vía que nadie vio durante 22 horas. Es la receta perfecta: dinero público europeo, contratos a dedo para amigos con consultorías sospechosas y una infraestructura que, al final, se rompe. Manuel Contreras Cano dice en el Supremo que no conocía los antecedentes de Koldo. Claro, es como decir que no sabías que el lobo tiene dientes mientras te come el jamón. Ahora la AESF y el Tribunal de Cuentas intentan descifrar si el fraude en la señalización fue el precio de pagar el lujo de algunos.
Hay quien dice que el optimismo es una cuestión de perspectiva, pero en Ferraz la perspectiva ahora mismo es un precipicio. Pedro Sánchez intentó vender la remontada como el regreso triunfal del hijo pródigo, pero el accidente del AVE en Urda el pasado 28 de octubre fue el hachazo final a una moral que ya estaba en cuidados intensivos. Ahora, con las elecciones del 29 de noviembre respirándoles en la nuca, el PSOE se encuentra en esa situación incómoda en la que el partido de masas ha pasado a ser un club de lectura con poca asistencia. La aritmética es cruel. Para cubrir las 61.033 mesas electorales en los 8.132 municipios de España, el PSOE necesitaría que casi la mitad de sus 147.648 afiliados se pusieran el chaleco de interventores. Es una jibarización orgánica que haría llorar a Felipe González y Alfonso Guerra, que en sus tiempos de gloria movilizaban a medio millón de personas sin despeinarse. Hoy, el partido se ha tenido que conformar con el 'apoderado multiuso', esa figura triste que hace el trabajo de tres porque no hay quien se apunte voluntariamente. Pero claro, donde no llegan los voluntarios, llegan los intereses. Para financiar la campaña, el partido ha lanzado una campaña de microcréditos. Básicamente, le piden al afiliado que actúe como banco. A cambio de prestar hasta 200 euros, el PSOE ofrece un 3,75% anual (el PSC es más tacaño y ofrece un 3,5%). Es un negocio curioso: el partido te pide dinero para sobrevivir y te promete devolverlo con intereses usando las subvenciones públicas que el propio Estado le dará después. En julio de 2023, los militantes soltaron 5.922.600 euros, cubriendo el 30% de los 17,6 millones gastados. Esta vez, con la militancia desanimada y el censo habiendo perdido 27.000 personas desde 2017, conseguir que la gente saque la cartera parece una misión imposible.
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