Crítica:
El artículo deja la pregunta sin respuesta: ¿será el propio ciudadano el juez de su defensa? Tal vez la cobertura se quede con la polémica y no con la solución.
El artículo deja la pregunta sin respuesta: ¿será el propio ciudadano el juez de su defensa? Tal vez la cobertura se quede con la polémica y no con la solución.
El 3 de noviembre de 2024, la visita de los Reyes y el presidente al pueblo de Paiporta, golpeado por la DANA, se convirtió en un episodio que parecía sacado de un guion de telenovela: palos que volaban, una bola de barro que golpeó a Letizia y, tras la evacuación, el coche presidencial con el retrovisor destrozado. El presidente, ahora apodado el "galgo de Paiporta", salió corriendo mientras los agentes de la Policía Nacional, cinco en total, ejecutaban el protocolo de seguridad con la precisión de un reloj suizo que, lamentablemente, no pudo identificar a los agresores. A su vez, la Guardia Civil entregó un atestado que, según la Fiscalía, indica un atentado, desórdenes públicos y daños, pero sin nombres que se pudieran usar como boleto de entrada al juicio. El Juzgado de Instrucción número 3 de Torrent, el 18 de febrero de 2026, recibió las declaraciones de los escoltas por videoconferencia, cada uno hablando por una hora y media, y el resultado fue el mismo: ninguno de los cinco pudo nombrar a un agresor. Se supuso que los atacantes eran "grupos ultras perfectamente organizados", pero, tras más de un año y medio de investigación, las únicas personas señaladas son tres: F.F.M. de Albal, G.M.G. de Godella y D.C.C. de Paiporta, quienes han sido liberados provisionalmente sin medidas cautelares. La Fiscalía, por su parte, sigue con la acusación a solas, sin la presencia de Sánchez, y el fiscal del caso pidió el 2 de abril una prórroga de seis meses, llevando el proceso a 16 meses sin avances concretos. El ministro del Interior, Fernando Grande‑Marlaska, explicó que la salida del presidente fue una decisión de seguridad, pero la escena de la violencia sigue siendo un rompecabezas sin piezas. En la crónica de la calle, el golpe no fue solo de la DANA ni de los objetos lanzados, sino de la propia seguridad que, como un cajón de herramientas roto, no pudo localizar a los culpables. La ironía es que, mientras la gente habla de "ultraderecha", la realidad parece más bien un barrio sin garantías ni identificación, y el caso se ha convertido en un ejemplo de cómo la política a veces se hace a la antigua, con la misma fórmula: acusación sin evidencia y un presidente que se vuelve el héroe de su propia fuga.
Hablar en voz alta sin que haya otra persona presente es una escena más habitual de lo que solemos reconocer en público. Puede ocurrir al ordenar ideas, al resolver un problema o incluso al atravesar un momento de tensión. La psicología analiza este comportamiento desde otra perspectiva, lejos de ser un signo negativo, hablar solo puede cumplir funciones importantes en la organización del pensamiento. Según la psicología cognitiva, este hábito se vincula con el llamado “lenguaje interno” que, en ciertas situaciones, se vuelve audible. Un artículo del sitio La mente es maravillosa rescata las palabras de Lev Vygotsky, quien en su libro Pensamiento y lenguaje planteó que el lenguaje no solo sirve para comunicarse con otros, sino también para estructurar el pensamiento. Un estudio de la University of Wisconsin–Madison, publicado en el Quarterly Journal of Experimental Psychology mostró que decir en voz alta el nombre de un objeto ayuda a encontrarlo más rápido. Los investigadores concluyeron que verbalizar activa procesos de atención y memoria, lo que mejora la concentración y facilita la resolución de tareas. En la vida diaria, hablar solo y en voz alta puede cumplir varias funciones prácticas: Ordenar ideas, mejorar la concentración, regular emociones y tomar decisiones. Por ejemplo, una persona que se dice “primero hago esto y después aquello” está utilizando el lenguaje como una herramienta para guiar su conducta. Este comportamiento suele aparecer con más frecuencia en momentos de exigencia: al resolver tareas nuevas, al intentar recordar algo o cuando hay cansancio. También es común en la infancia, cuando los chicos hablan en voz alta para organizar lo que hacen, y en muchos casos ese mecanismo se mantiene en la adultez. En la mayoría de las situaciones, no hay motivo de preocupación. Hablar solo es considerado un hábito normal cuando aparece de forma ocasional y con un propósito claro. Sin embargo, los especialistas aconsejan prestar atención si se presenta junto con otras señales, como sensación de pérdida de control, diálogos persistentes con “voces externas” o interferencia en la vida cotidiana. En esos casos, puede ser útil consultar con un profesional. La psicología nos muestra que hablar solo no es un signo de locura, sino una herramienta para organizar nuestro pensamiento y mejorar nuestra concentración. Así que la próxima vez que te sorprendas hablando solo, no te preocupes, es solo tu cerebro trabajando para ayudarte a resolver problemas y tomar decisiones.
La noticia de que Begoña Gómez, esposa del presidente Pedro Sánchez, ha sido procesada por cuatro presuntos delitos ha desatado un vendaval político en España. En La Moncloa, la sede del gobierno, se considera que la jueza ha ido demasiado lejos y que la causa es un ejercico de persecución política. Sin embargo, detrás de esta polémica late un debate más profundo sobre la ética y la transparencia en la política. La pregunta es: ¿hasta dónde puede llegar un político y su familia en el ejercicio del poder? La respuesta, por ahora, es un misterio. Mientras, la pelea entre el poder ejecutivo y el judicial ha alcanzado un nivel sin precedentes, lo que solo contribuye al mal funcionamiento del país. La separación de poderes, un principio sagrado en cualquier democracia, se está desdibujando en este caso. El gabinete del presidente considera que puede 'dialogar' con la justicia, cuestionando abiertamente sus resoluciones y actuaciones. Pero, ¿qué hay detrás de esta postura? Tal vez sea el miedo a que se descubran irregularidades en la gestión de la esposa del presidente. La verdad es que Pedro Sánchez ha recibido cada puntazo de la jueza como un bofetón que le ha cabreado como pocas cosas. Y es que, en este juego de poder, cada movimiento tiene consecuencias. La justicia dirá si Begoña Gómez ha cometido o no alguno de los cuatro delitos por los que está procesada. Pero, más allá del código penal, está el código ético. Y ahí es donde se juega la verdadera batalla. La condición de infalibilidad que se apodera de quienes ostentan el poder de forma prolongada les deforma el juicio y les nubla por completo. En este caso, el núcleo duro del presidente ve el asunto como una guerra política sin cuartel. La lucha por el poder suele ser cruel y despiadada. Pero lo que no deben hacer quienes lo tienen es incurrir en deformaciones. Y mucho menos justificarlas con el manido 'y tú más' del bipartidismo español. La falta de regulación sobre el rol institucional de la pareja del jefe del gobierno es un vacío que debe ser cubierto. De lo contrario, estos líos seguirán ocurriendo. El círculo más estrecho de Pedro Sánchez en el gobierno sabe qué prerrogativas previas se arrogaron las parejas de los expresidentes mientras vivieron en La Moncloa. Pero eso sirve de muy poco a los españoles. Lo que hace falta es un estatuto que deje claro qué puede hacer y qué no el cónyuge del jefe del gobierno. Pero el gobierno actual no tiene intención de impulsarlo, claro, porque 'es muy complicado'. Nada sorprendente, por otro lado, porque el mero hecho de abrirse a ello sería reconocer que Begoña Gómez hizo algo mal o éticamente reprobable.
Si tu móvil es tu mejor amigo, probablemente ya te has convertido en un esclavo del scroll. El mismo día que te pasas una hora frente a Instagram y Facebook y sientes como si hubieras socializado, lo que realmente haces es consumir la vida de otros como si fuera comida rápida sin calorías. Psychology Today llama a esto "consumo social" y lo compara con la comida basura: sacia momentáneamente, pero deja un vacío. No es casualidad; el cerebro procesa rostros y historias como si estuvieras en una fiesta, pero sin la reciprocidad que necesita el cerebro evolucionado para la interacción cara a cara. Un análisis de 2024 del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea mostró que, en jóvenes europeos, no son las horas que pasan en redes, sino cómo las usan. El uso pasivo e intensivo se asocia con un aumento sustancial de la soledad, mientras que el uso activo, como enviar mensajes, no muestra relación significativa. Por su parte, Human Arenas y Scientific Reports revelan la ilusión parasocial: las relaciones unilaterales con influencers generan una sensación de pertenencia, pero son temporales porque carecen de reciprocidad. El algoritmo garantiza la disponibilidad constante, y la consistencia supera la imprevisibilidad de las relaciones reales, creando un ciclo de refuerzo variable que alimenta la compulsión. El diseño de las plataformas —feed infinito, reproducción automática, notificaciones y métricas de validación social— fue creado por ingenieros que entienden la psicología del comportamiento. Un metaanálisis de 141 estudios publicado en el Journal of Computer-Mediated Communication confirma que la mayoría de las redes están orientadas al consumo pasivo, no a la conexión activa. En resumen, la red no está condenada, sino que está programada para que te sientas satisfecho con la ilusión de interacción mientras tu cerebro se queda con la soledad. El mensaje de Lachlan Brown, emprendedor digital y licenciado en psicología de la Universidad Deakin de Melbourne, es claro: la verdadera amistad requiere reciprocidad, algo que la red no puede ofrecer.
En una noche de trabajo, el colega que siempre ronda la barra no lo hace por el alcohol, sino por un agotamiento visceral cuando la conversación se vuelve un carrusel de “¿cómo estuvo tu fin de semana?” y “¿qué planes para el lunes?”. No es tímido, es simplemente cansado de la superficialidad que le resulta tan pesada como un saco de cemento. La psicología, sin embargo, ofrece otra mirada: la dificultad de mantener amistades cercanas no indica falta de habilidades sociales, sino una afinidad por la profundidad y la cognición. El término “necesidad de cognición” fue acuñado por John Cacioppo y Richard Petty, describiendo un rasgo de personalidad estable que no equivale a inteligencia, sino a un hambre de análisis y significado. Cuando la charla se reduce a “¿cómo está el tráfico?” o “¿qué viste en la tele?”, la mente de quien posee un alto nivel de cognición desconecta como si el episodio de la serie fuera el mismo de siempre. La práctica de reconocer patrones de conversación es una habilidad subestimada. Se trata de detectar el subtexto, las contradicciones y las dinámicas implícitas. Cuando la conversación se queda en guiones predecibles, el cerebro de una persona con alta necesidad de cognición se siente como un lector que vuelve al mismo capítulo de un libro sin terminar. Matthias Mehl, de la Universidad de Arizona, grabó conversaciones diarias y encontró que las personas más felices tenían el doble de charlas sustanciales y un tercio de las triviales que las menos felices. El mensaje es claro: la profundidad alimenta la satisfacción vital, mientras que el ruido superficial solo agota la energía social. El verdadero problema no es la falta de habilidades sociales, sino la falta de entornos que permitan ese intercambio significativo. Un club de lectura o una charla filosófica son los escenarios donde estas mentes pueden prosperar, a diferencia de los eventos de networking que se convierten en tortura. Christian Kelly, exconsultor de gestión y experto en economía conductual y psicología evolutiva, concluye que quien evita lo superficial no está antisocial, sino que simplemente necesita conversaciones que conduzcan a algo real. La moraleja es sencilla: elige dónde inviertes tu energía y con quién la compartes, porque la amistad se construye con significado, no con palabras vacías.
La trama de la venta de mascarillas y test PCR durante la pandemia del COVID-19 ha dejado al descubierto un entramado de intereses y corruptelas que llegan hasta las más altas esferas del poder. El exministro José Luis Ábalos, número dos de Pedro Sánchez, parece haber controlado todo el proceso, desde la firma de los contratos hasta el cobro del dinero. La UCO ha incorporado al sumario mails que prueban la intervención directa de Ábalos en la tramitación de los contratos, a pesar de las reservas del personal de ADIF sobre la solvencia de la empresa adjudicataria, Soluciones de Gestión. El contrato, por importe de 12,5 millones de euros, se firmó sin especificar los destinatarios de las mascarillas, lo que choca con la tramitación por medio del procedimiento de contratación de emergencia. La investigación también destaca la reunión de la mujer del presidente del Gobierno con Air Europa durante la tramitación del rescate de 475 millones de la aerolínea, lo que sugiere un conflicto de intereses. La orden de contratar provenía de la cúpula del MITMA, y todos los trámites posteriores no fueron más que la formalización de los designios de los acusados. La evidencia sugiere que Ábalos no solo predeterminó las condiciones del contrato y la identidad del adjudicatario, sino que también intervino personalmente para resolver los problemas surgidos en la fase de ejecución del mismo. La alteración del plan de vuelos inicialmente convenida y contratada con Air Europa motivó que el presidente de Puertos del Estado, Francisco Toledo Lobo, llegara a plantearse la rescisión del contrato. En resumen, la trama de la venta de mascarillas y test PCR es un ejemplo claro de cómo la corrupción y los intereses personales pueden contaminar la gestión pública y perjudicar a los ciudadanos. La falta de transparencia y la opacidad en la tramitación de los contratos han permitido que se produzcan irregularidades y abusos de poder, lo que debe ser investigado y sancionado con firmeza. La justicia debe actuar con celeridad para esclarecer los hechos y castigar a los responsables, y el gobierno debe tomar medidas para prevenir que este tipo de situaciones se repitan en el futuro.
En la cocina española, como en cualquier barrio, se distinguen dos clanes: los que dejan el fregadero como un campo de batalla para el final y los que son ninja de la limpieza, sacando el trapo antes de que la salsa se enfríe. La primera tribu se aferra a la tradición del ‘post‑chef’, creyendo que el desorden acumulado es un testimonio de la creatividad en marcha. La segunda, por otro lado, está obsesionada con la idea de que cada mancha que se deja en la sartén es un recordatorio de una deuda pendiente con el futuro yo. Y sí, ambos modos de vida generan fricciones, como cuando el primer grupo sube la temperatura del horno y el segundo ya está sacando la espátula con la mano izquierda, porque el espacio no debe sentirse como una zona de guerra. Los expertos, liderados por la psicóloga Leticia Martín Enjuto de Cuerpomente, han descubierto que los chefs de limpieza están armados con tres armas psicológicas: la anticipación, la gestión del tiempo y la tranquilidad operativa. Cuando se lavan las ollas en la mitad del proceso, se elimina la carga mental del “siguiente paso” y el cerebro se libera para concentrarse en la cocción. En otras palabras, limpiar mientras se cocina no es una manía, es un ritual de baja presión que transforma la tarea en un juego de sincronía, como si la sartén y el fregadero fueran dos piezas de ajedrez que no pueden moverse sin la otra. Pero, ojo, no todo es sencillo. La mentalidad de los «limpiadores» se basa en la idea de que el desorden es un estímulo que aumenta la sobrecarga cognitiva. Por eso, cada pequeño destornillado de la superficie se convierte en una defensa contra el caos emocional que surge cuando se deja el fregadero en espera. Y aunque esto pueda parecer una simple preferencia de casa, en la práctica se traduce en una especie de psicología de la organización que se filtra a través de la receta de la vida cotidiana. El estudio de McMains y Kastner (2011) sobre la corte visual, que aparece en la referencia, sugiere que la atención se desplaza rápidamente cuando se perciben estímulos irrelevantes, lo que explica por qué los que esperan a terminar la comida antes de limpiar se sienten abrumados. Así, la conclusión es clara: la cocina no es un teatro donde el desorden se monta, sino un escenario donde la limpieza es el telón que se levanta antes de la gran actuación.
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