El novio de Ayuso retrata al hermano de Sánchez ante la juez: «Yo sí sé dónde está mi oficina»

Novio de Ayuso acusa recibo; hermano de Sánchez, ni idea

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  Una escena judicial surrealista en dos planos contrastados:
  Izquierda: Un empresario con traje caro señala en un mapa de Madrid una oficina en Arturo Soria, rodeado de documentos y un contrato con la fecha borrosa. La luz es cálida, como en un despacho de éxito. Detrás, un fiscal con cara de pocos amigos y una juez con expresión de ‘ya me cansé’.
  Derecha: Un hombre en un despacho vacío de la Diputación de Badajoz, mirando un plano sin marcas, con una luz fría y fluorescente. Sobre la mesa, un cartel que dice ‘Oficina de Artes Escénicas’ tachado con un rotulador. Al fondo, una puerta cerrada con un letrero de ‘Prohibido el paso’ colgado al revés.
  Detalle clave: En la mesa del empresario, un contrato con la cifra ‘1.000€/mes’ brillando bajo la luz; en la del otro, solo un posavasos con la palabra ‘¿Dónde?’ escrita con tiza.
  Estilo: ‘Fotografía de prensa antigua con toques de distopía’ (como un reportaje de los 70 mezclado con Black Mirror).

El novio de Ayuso tiene GPS, el hermano de Sánchez ni idea de dónde trabaja. Mientras Alberto González Amador —empresario, pareja de la presidenta madrileña y rey del ‘yo sé dónde está mi oficina’— detallaba ante la juez con precisión quirúrgica el alquiler de una sala en Arturo Soria (sí, junto al Liceo Francés, que hasta un niño de 10 años podría encontrar en Google Maps), a 1.000 euros al mes y por 18 meses o dos años (depende, como el IVA), el hermano del presidente del Gobierno, David Sánchez Pérez-Castejón, se perdía en Badajoz como un turista sin mapa.

Preguntada la juez por la Oficina de Artes Escénicas que dirigía en la Diputación, su respuesta fue un ‘pues no le podría decir’ digno de un examen de Geografía suspendido con nota. La ironía del sistema. González Amador, que declaró 2 horas y 17 minutos (el tiempo justo para ver El Padrino y aún sobrar), no solo sabía la dirección de su oficina fantasma, sino que hasta conocía a los trabajadores (aunque aclaró que ‘no era su empresa’, como si eso justificara alquilar un espacio para reuniones con clientes de Quirónprevención mientras cobraba por ello).

El fiscal le preguntó por el contrato, las transferencias bancarias… y él, con la solvencia de un contable en Nochevieja, respondió: ‘Será fácil verlo’. Mil euros al mes, eso sí, sin IVA (porque en este país hasta los alquileres de oficinas fantasmas tienen descuentos). El hermano de Sánchez, en cambio, parece un extra de ‘El Ministerio del Tiempo’.

Procesado por prevaricación y tráfico de influencias, su declaración ante la juez Beatriz Biedma fue un ‘pues no sé’ digno de un político en campaña. ¿Dónde estaba su oficina? ‘En el despacho donde estoy ahora’. Como si la Oficina de Artes Escénicas fuera un concepto abstracto, como el amor o la moralidad en la política.

Mientras, González Amador le plantaba cara al fiscal con la elegancia de un banquero negociando un forfait: ‘Me dijeron que Hacienda me iba a matar’, confesó, como si la Agencia Tributaria fuera el ‘villano’ de una película de superhéroes y no el protagonista de la trama. Detalles que huelen a gasolina.

La declaración del novio de Ayuso no fue un monólogo, sino un tour por los negocios opacos de la pareja. Desde la compra de Círculo de Belleza SL por 500.000 euros (¿negocio redondo? ¿inversión astuta? ¿regalo de cumpleaños?) hasta la adquisición de dos pisos en Chamberí (barrio donde hasta el panadero cobra más que en Lavapiés).

Y mientras, el fiscal Diego Lucas Álvarez —que parece el único con el sentido común en esta función— intentaba desenredar la madeja, González Amador se quejaba de que Más Madrid y el PSOE ‘politizaban’ el proceso. ¿Politizar? Si hasta el alquiler de la oficina lo pagaba con transferencia bancaria, como un ciudadano de a pie… aunque ese ciudadano de a pie no tenga una pareja que sea presidenta de una comunidad autónoma con presupuestos públicos que podrían financiar 500 oficinas reales (y no fantasmas). La moraleja del chiste.

En este país, saber dónde está tu oficina ya es un lujo. Mientras González Amador brillaba con luz propia en Madrid (y su novia, Ayuso, gobernaba con el estilo de quien cree que los problemas se resuelven con un tuit), el hermano de Sánchez se perdía en Badajoz como un alumno que no hizo los deberes.

La diferencia? Uno tiene abogados, el otro tiene un juzgado que le recuerda que la Oficina de Artes Escénicas no es un ‘concepto’ sino un despacho con luz eléctrica y, probablemente, un ordenador con facturas pendientes. Y el dinero público, mientras tanto… Sigue fluyendo como el agua en un grifo mal ajustado.

Porque al final, lo único que une a estos dos personajes es que ambos supieron moverse en el sistema: uno con contratos firmados y transferencias bancarias; el otro, con despachos que no existen en ningún plano. La pregunta del millón no es quién miente mejor, sino por qué el fiscal no les pide que paguen el alquiler de la oficina de Sánchez con sus propios fondos (que, por cierto, González Amador tampoco recuerda con exactitud).

Dos caras de la misma moneda podrida.

Crítica:

El artículo acierta al contrastar las declaraciones con un sarcasmo que refleja la hipocresía del sistema, pero pecaría de ingenuo si no profundizara en el papel de los fiscales (¿por qué no exigen pruebas fehacientes?) y en el conflicto de intereses de González Amador (¿realmente ‘no recuerda’ detalles clave o es estrategia?). Además, el título original es un clickbait pobre: este tema da para algo como ‘Mientras uno alquila oficinas, el otro ni sabe dónde trabaja’. Falta cruzar datos con las inspecciones de Hacienda a González Amador: si ‘sabe dónde está su oficina’, ¿por qué no recuerda facturas o contratos con exactitud? Ahí está el quid de la cuestión.

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