Crítica:
La noticia es intrascendente, pero la ironía le da un giro interesante. El título, aunque efectivo, podría ser más sutil para atraer a un público más amplio. En resumen, un truco de cocina elevado a la categoría de drama existencial.
La noticia es intrascendente, pero la ironía le da un giro interesante. El título, aunque efectivo, podría ser más sutil para atraer a un público más amplio. En resumen, un truco de cocina elevado a la categoría de drama existencial.
Madrid, 26 de mayo de 2026. El domingo pasado, la capital asistió a un espectáculo que ni el mismísimo Buñuel podría haber imaginado: una manifestación contra el “rentismo” donde había más micrófonos apuntando que gente protestando. El Sindicato de Inquilinas, con su retórica apocalíptica sobre una “emergencia habitacional”, convocó a un clamor social que se quedó en un susurro. La marcha, que partió de Atocha con la esperanza de llenar Plaza de España, apenas congregó a unos cientos de almas, lejos de los “80.000” que pregonaban en Twitter. Una cifra que, por cierto, contrasta con los 1.800 afiliados que, según su propia declaración de transparencia, aseguran tener en Madrid. ¿Dónde estaban los indignados? ¿De vacaciones? ¿Ajustando el presupuesto para el alquiler? El contraste era tan brutal que hasta los compañeros de CCOO y UGT parecían sentirse incómodos con tanto espacio libre. Dirigentes de izquierda, como Pepe Álvaro, se dejaron ver, pero ni su presencia, ni la intensa campaña mediática previa, lograron insuflar vida a la protesta. Los gritos contra “fondos de inversión” y “propietarios” resonaban en un vacío que evidenciaba la desconexión entre el discurso y la realidad. Los organizadores, fieles a su guion, prometían acabar con el “negocio de la vivienda”, bajar los precios y aplastar la especulación. Olvidando, convenientemente, otros factores como la burocracia kafkiana o el debate sobre la okupación. La receta, ya conocida: más intervención pública, expropiaciones y vivienda pública a tutiplén. Un plan que suena bien en teoría, pero que, en la práctica, parece más un brindis al sol que una solución real. El resultado: un pinchazo monumental que, al menos, nos ha proporcionado una buena dosis de ironía para empezar la semana.
Florida vuelve a declarar la guerra a las pitones birmanas. No es broma, amigos. Mientras el precio de la gasolina te deja temblando, el estado se gasta una fortuna en un concurso para ver quién elimina más serpientes gigantes. Entre 100.000 y 300.000 de estos invasores acechan el Everglades, un ecosistema vital que se va al garete. ¿La solución? Un 'Python Challenge' anual desde 2020, con premios en metálico para el más letal. El año pasado, 934 participantes, curtidos en mil batallas o novatos con suerte, capturaron 294 pitones. Uno de ellos, un tipo con más maña que un tahúr, se llevó 10.000 dólares por despachar 60 serpientes en diez días. Imaginen la cuenta del supermercado con esa recompensa. Estas pitones, originarias del sudeste asiático, llegaron a Florida en los años 70 como mascotas exóticas. Muchos dueños, al ver que su 'mascotita' crecía hasta superar los cuatro metros, decidieron que era mejor darle libertad. Mala idea. Sin depredadores naturales y con un clima a su medida, la población explotó. Ahora, el parque nacional Everglades intenta frenar la hemorragia con esta peculiar cacería, obligatoria para los participantes a realizar un curso de seguridad online. Nada de armas de fuego ni perros de caza, solo aire comprimido o técnicas de 'pithing' (una forma... poco ortodoxa de despachar a la bestia). El superintendente Pedro Ramos, con la seriedad de quien ha visto demasiadas serpientes, insiste en que esta iniciativa refuerza la concienciación y el apoyo a la conservación. ¿O será que es más fácil organizar un concurso que abordar las causas del problema? La pregunta queda en el aire, mientras los cazadores se preparan para la batalla.
Yellowstone, el parque de los milagros geotérmicos y los atascos de bisonte. 4.8 millones de almas peregrinaron el año pasado a este pedazo de América, ocupando 2.2 millones de acres repartidos entre tres estados. ¿La clave para no salir escaldado? Planificar. Olvídate de reservas para entrar, pero si quieres una cama, reserva con meses de antelación. Si no, a dormir a la intemperie con los mosquitos. Las carreteras abren en abril y cierran en noviembre, pero el clima es un caprichoso. Un día soleado, al siguiente te congelas los… digamos, los pensamientos. Y ojo con la fauna. Mantén 100 yardas de distancia de los bichos con colmillos (osos, lobos, pumas) y 25 de los más tranquilos (bisontes, alces). Lleva spray para osos, porque en Yellowstone, ellos mandan. No te salgas de las pasarelas de madera. Suenan a consejo de abuela, pero el suelo es fino y las aguas termales superan los 93 grados. Un chapuzón y adiós al bronceado. Descarga la app del parque, porque la cobertura móvil es como buscar WiFi gratis: una quimera. Prepárate para un clima de locos y considera visitar el centro cultural. En resumen, Yellowstone es precioso, pero requiere preparación. Piensa en ello como ir a hacer la compra un sábado: con lista y paciencia.
Guy Fieri, el autoproclamado alcalde de Flavortown, ha decretado su top 5 de restaurantes chinos en EE.UU. Y no, no hablamos de los típicos menús para llevar. Estamos ante una guía gastronómica para gourmets con antojo de auténtica cocina regional china. Desde el humilde Chin's Kitchen en Portland, Oregon (fundado en 1949, donde la sopa de fideos con ternera es un notición semanal) hasta el exótico Pagoda en North Pole, Alaska (Cantonese Lobster Tail, señores, Cantonese Lobster Tail), Fieri recorre el país en busca del 'umami'. ¿El precio de la gasolina subiendo? Da igual. Si Fieri dice que los dumplings de Hong's Chinese Dumplings en Burlington, Vermont, son “legendarios” y te dan “necesidad imperiosa de engullirlos”, pues te vas a Vermont. El truco, según el experto, está en la masa, hecha a mano, y un toque de queso cheddar en una de las variedades (sí, cheddar). ¿Y qué decir de Frank's Noodle House en Portland, donde los fideos se elaboran a mano durante hora y media? Un gimnasio para glúteos y un viaje directo a Flavortown, según el gurú. Pero el rey indiscutible, según Fieri, es Zoe Ma Ma en Boulder, Colorado, con sus 'baos' que son, literalmente, “kriptonita”. Un bun ligero, esponjoso y tierno que deja al alcalde indefenso. En resumen, una peregrinación gastronómica con presupuesto ilimitado, cortesía de un tipo que sabe de sabor… y de autopromoción. Porque, seamos honestos, este artículo es más publicidad para Fieri que una guía fiable.
Mientras tú te peleas con la cuota de datos, un vecino de 44 años, con matrícula balear y una imaginación digna de premio, intentaba pasar 398 móviles usados a Marruecos. No en la maleta, no bajo el asiento… ¡dentro de los propios asientos! Una reforma integral para el crimen, vamos. La cosa pasó en Bab Sebta, ese embudo donde la ley se estira como chicle y el negocio florece. 398 móviles, una pequeña fortuna en el mercado gris, escondidos con la paciencia de un artesano. La aduana, harta de tanto ingenio barato, desmanteló el plan. El conductor, marroquí residente en España, ahora tiene tiempo para reflexionar sobre sus opciones… y para explicar a la policía de dónde salió toda esa tecnología. No es la primera vez, ni será la última. Bab Sebta es el ‘outlet’ del contrabando, un bazar de oportunidades para quien sabe dónde buscar. En las últimas semanas, han pillado a otros intentando colar tabaco, drogas e incluso oro. ¿Un negocio rentable? Sin duda. ¿Un riesgo? Evidente. Pero cuando la necesidad aprieta, o la codicia te ciega, uno se arriesga a convertir el asiento del coche en una caja fuerte. Y mientras tanto, nosotros, pagando impuestos para que otros hagan ingeniería financiera con nuestros móviles.
Sarab, un hostelero con más agallas que un torero en la plaza, ha abierto la caja de Pandora. No con una denuncia anónima, no con un informe de la ONU, sino a través de sus propias redes sociales. El hombre, con dos restaurantes en Lérida (Durga y el futuro Bar la Boira), ha destapado un agujero negro en el corazón de la comunidad inmigrante en Cataluña: redes de explotación económica y un machismo rampante que parece importado directamente del siglo pasado. ¿Contratos a 15.000 euros por 'gestión'? Sí, han leído bien. Mientras el salario mínimo es un espejismo, algunos compatriotas de Sarab ofrecen 'soluciones' laborales que rayan en la trata de personas. Pero la cosa no acaba ahí. El empadronamiento, ese trámite burocrático que para muchos es una pesadilla, se ha convertido en un negocio. Mil euros por apuntarse en una dirección ajena. Un sablazo que se monta, según denuncia Sarab, en ciertos locales de telefonía del Raval, Barcelona. Pero lo más escalofriante no son los contratos ni los empadronamientos, sino el silencio. El 90% de las mujeres, dice Sarab sin tapujos, 'padecen' en Cataluña, no en Pakistán. Una cifra que dinamita cualquier discurso complaciente sobre la integración. Violencia doméstica invisible, control familiar férreo, veto a la educación… Un drama que se reproduce a plena luz del día, amparado por las barreras culturales y la falta de denuncia. Y mientras tanto, algunos piden aplicar las leyes de 'allá' como si aquí no existieran. Sarab, con su valentía, ha puesto el dedo en la llaga. Y ha recordado que adaptarse a la cultura del país que te acoge no es una opción, es una obligación.
La televisión pública, en su infinita sabiduría, ha decidido que la solución a una sangría de espectadores es… copiar al enemigo. David Broncano, forzado a contemplar cómo su 'Revuelta' perdía fuelle más rápido que un neumático pinchado en la M-30, ha claudicado y ha abrazado el modelo 'Hormiguero'. ¿El resultado? Un respiro efímero, un 12,6% de cuota de pantalla y 1.535.000 espectadores que saben que esto es solo un parche, una venda en una herida que necesita cirugía mayor. Antes, la 'Revuelta' se hundía hasta un raquítico 10,8% con Araujo, el futbolista, como invitado estrella. ¡Como si un deportista de élite pudiera resucitar un formato en coma! Y mientras tanto, Pablo Motos, impasible, seguía acumulando un 13,9% y 1.707.000 espectadores, demostrando que en la tele, como en la vida, a veces lo simple funciona. La diferencia, más de 200.000 espectadores, un abismo que la televisión pública intenta tapar con un espejo roto. El equipo de Broncano, lógicamente, está en crisis. Sergio Bezos, el colaborador, prefería el fracaso a perder su minuto de gloria. ¡Prioridades! El presentador, por su parte, ha reconocido implícitamente la chapuza, admitiendo que el nuevo formato es una copia descarada. El pánico en los despachos de RTVE es palpable. Han gastado una fortuna en este programa, un presupuesto multimillonario que no se traduce en audiencia. Es como comprar un Ferrari y usarlo para ir a la compra. La 'Revuelta' no remonta, y la televisión pública, en lugar de apostar por la originalidad, se rinde a la imitación. Un triste espectáculo que confirma que en el mundo de la tele, a veces, la creatividad muere de indigestión burocrática. Esta decisión, más que una estrategia, es un acto de desesperación, un grito silencioso que dice: '¡No sabemos qué hacer!'
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