Crítica:
El artículo es una excelente radiografía de la hipocresía humana, pero carece de una investigación más profunda sobre las motivaciones de los inversores y la solidez financiera de Vivos. El título es perfecto, un anzuelo irresistible.
El artículo es una excelente radiografía de la hipocresía humana, pero carece de una investigación más profunda sobre las motivaciones de los inversores y la solidez financiera de Vivos. El título es perfecto, un anzuelo irresistible.
La estadística oficial, esa que nunca falla para dar titulares estridentes, nos dice que las operaciones de cambio de sexo en España se han disparado un 810% desde 2016. Un dato que, dicho así, suena a explosión demográfica de identidades. Pero, ¿qué significa eso realmente? Que hemos pasado de 71 intervenciones en 2016 a 646 en 2024. Piensen en la lista de la compra: si antes solo necesitabas un ticket para el pan y la leche, ahora necesitas un carrito de supermercado para todo lo que has añadido. Cataluña lidera el ranking con 690 intervenciones, seguida de Andalucía (509) y la Comunidad Valenciana (431). Como si la paella y la sangría tuvieran algo que ver con la auto-definición personal. La ministra de Igualdad, Ana Redondo, defiende la ley trans con el fervor de quien ha encontrado la solución a todos los males. Reconoce, eso sí, que “se han podido producir abusos”, pero los descarta como “abusadores apartados”. Un eufemismo digno de estudio que recuerda a esas facturas de la luz que suben sin explicación. Un 0,1% de fraude, dice ella, como si fuera una mota de polvo en un universo de buenas intenciones. Paralelamente, el Registro Civil ha registrado 10.670 cambios de sexo en 2023 y 2024, una cifra récord que supera con creces los 1.306 de 2022. Más gente cambiando de género que comprando un billete de lotería. Un cambio que, según la ley impulsada por Irene Montero, solo requiere el “deseo expreso”. Deseo, ese motor imparable que mueve montañas… y trámites burocráticos. Un deseo que, desde luego, ha hecho las delicias de los abogados y los notarios. Y que, claro, tiene un componente político, según la ministra, para deslegitimar la ley.
La vida aprieta, incluso para los hipopótamos de Pablo Escobar. Colombia se enfrenta a un dilema bestial: controlar una población de estos gigantes que, escapados de la finca “Napoles”, se multiplican como conejos (bueno, como hipopótamos). El plan original, evitar la matanza, ha fracasado estrepitosamente. La esterilización, ya sea con bisturí o dardos anticonceptivos, resulta una odisea costosa, peligrosa y, sobre todo, ineficaz. Mientras tanto, un magnate indio ofrece rescatarlos, pero trasladar toneladas de músculo y mala leche no es como llevar a la abuela al bingo. La historia, contada con el cinismo necesario, nos recuerda que incluso con buenas intenciones, algunas soluciones son tan complicadas como ordeñar a un hipopótamo (sí, alguien lo intentó). Y como si fuera poco, la crónica se entremezcla con la expedición fallida de John Steinbeck a las profundidades marinas y la ironía de que el pilates, hoy símbolo de lujo, nació en un campo de prisioneros. Al final, la naturaleza siempre encuentra la manera de recordarnos quién manda, y a veces, la única opción es tomar decisiones difíciles… aunque nadie quiera admitirlo. Todo esto, mientras el mundo sigue buscando la manera de esterilizar una bestia con el pedigrí más rocambolesco.
Kelsey Pfendler, una neoyorquina de 31 años, ha decidido que la vida en tierra firme es demasiado cómoda. Está a una semana de zarpar en una aventura que suena a terapia intensiva con remo: cruzar el Pacífico a remo, desde California hasta Hawái. Más de 2.400 millas de soledad, olas tamaño edificio y la constante compañía de la pregunta existencial: ¿por qué? Si lo logra, se convertirá en la mujer estadounidense más joven en lograrlo, superando el récord de Lia Ditton, que tardó 86 días, 10 horas y 56 segundos en completar la hazaña en 2020. Pfendler no es novata; ya completó una travesía similar en 2024, pero con compañía. Ahora va a lo bestia, en solitario. Su odisea, documentada en TikTok (@yourowkelsey) y con un rastreador en vivo, ya ha tenido su cuota de drama. Una tormenta le birló el tapón de su reserva de agua dulce, obligándola a racionar 25 botellas y a subsistir a base de tortillas con mantequilla de cacahuete. ¡Un festín de campeones! Y mientras tanto, intenta recaudar fondos para The Whale Foundation, una organización que protege ballenas. La ironía es palpable: una mujer en un barco diminuto, luchando contra el océano, para salvar a las criaturas más grandes del mundo. A 28 de mayo, con 229 millas recorridas, le quedan unos 2.000 kilómetros más. Su barco, impulsado por la fuerza de sus brazos y la esperanza de ver el sol, se mueve a 1.6 nudos. Concept2, Recpak e Insta360 son sus patrocinadores, porque hasta la locura necesita un presupuesto. En resumen, esta es la historia de una mujer que ha decidido cambiar el 'stress' del trabajo por el 'stress' de no ahogarse en medio del Pacífico. Y todo, por un 'like' en redes sociales y, quizás, un lugar en la historia.
Mientras tú y yo planificamos las vacaciones ajustando el cinturón, un programador de Los Ángeles, Kyle McDonald, ha creado una especie de 'termómetro del fin del mundo'. ¿El indicador? La cantidad de jets privados surcando los cielos. Se llama 'Apocalypse Early Warning System' (AEWS), y la idea es sencilla: si los ultrarricos empiezan a despegar en masa, algo muy, muy gordo se avecina. McDonald, que antes ya desentrañó los trucos sucios de la policía de Los Ángeles manipulando sus transpondedores, ahora vigila los vuelos de los que tienen el bolsillo más profundo. El sistema asigna una puntuación del 1 al 5; un 5 significa que la actividad de jets privados es anormalmente alta, superando incluso los picos habituales de vacaciones o acontecimientos políticos importantes. Y ojo, que el 6 de abril, durante el ataque masivo de Irán a objetivos estadounidenses e israelíes, el AEWS se disparó al máximo. McDonald confiesa que 'flipó'. La lógica es irrefutable: si tienes la información privilegiada y un refugio antiapocalíptico, no pierdes el tiempo. No es una bola de cristal, claro, pero resulta inquietante que los mismos que se escapan a Marte con Elon Musk sean los primeros en detectar el peligro. La paranoia, en resumidas cuentas, se ha vuelto un lujo al alcance de unos pocos. ¿Y qué pasa con el resto? Bueno, a seguir mirando las nubes, supongo.
Mientras el precio de la gasolina sigue siendo un drama, Israel y Estados Unidos decidieron darle un pequeño empujón a la contaminación global. El 7 de marzo, ataques a instalaciones petroleras en Teherán liberaron una nube tóxica de dióxido de azufre, suficiente para que hasta en China se preocupen por la lluvia ácida. ¿La magnitud? Equivalente a una erupción volcánica pequeña, unos 29.800 toneladas de la sustancia, superando con creces las emisiones anuales de algunas centrales térmicas. Para que lo visualicen, es como si un volcán estornudara sobre Medio Oriente y parte de Asia Central. La nube, detectada por satélites chinos (¡sí, chinos!), cubrió 300.000 kilómetros cuadrados, afectando a Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán, Kazajistán y, finalmente, llegando a China. Los expertos, como Zhenping Yin de la Universidad de Wuhan, advierten que, aunque el evento fue breve, el impacto en la atmósfera regional es considerable. Recordemos que el Eyjafjallajökull islandés, en 2010, paralizó el tráfico aéreo europeo con 'solo' 20.000 toneladas diarias de dióxido de azufre. Pero la cosa no termina ahí. Además del dióxido de azufre, la quema liberó hollín, metales pesados, óxidos de nitrógeno e hidrocarburos aromáticos policíclicos, algunos de ellos cancerígenos. Lucy Carpenter, de la Universidad de York, explica que una sola explosión puede tener implicaciones para la salud de miles de personas, incluso a gran distancia. En resumen, un pequeño 'detalle' geopolítico con consecuencias que van más allá de la diplomacia y se meten en nuestros pulmones.
Andalucía, tierra de contrastes. Mientras el gobierno regional se afana en explicar qué demonios ha pasado con las pizarras digitales, los alumnos, seguramente, han tenido la mejor clase de la semana. Resulta que, en pleno horario escolar, la melodía de 'Debí tirar más fotos' de Bad Bunny irrumpió en aulas de toda la comunidad, dejando a profesores con la boca abierta y a estudiantes, probablemente, celebrándolo en silencio. El Correo de Andalucía destapó el pastel este jueves y viernes, confirmando que el sabotaje musical afectó a centros de varias provincias alrededor de las 10:00. ¿Un ataque informático? ¿Un fallo humano? La Consejería de Desarrollo Educativo y Formación Profesional prefiere hablar de “asunto en investigación” mientras los técnicos rastrean al responsable, que, por cierto, dejó un mensaje firmado: 'A petición de Irene'. Uno se pregunta si Irene es una alumna rebelde, una técnica con un gusto musical muy particular o, quizás, una forma irónica de protestar contra el sistema educativo. La Junta, eso sí, descarta por ahora un “jaqueo”, apuntando a un error de algún administrador remoto. Pero, ¿qué administrador se pone a trastear con el sistema en hora de clase? ¿Y por qué precisamente con Bad Bunny? Mientras tanto, el incidente coincide, qué casualidad, con los conciertos del artista puertorriqueño en España. La cosa pinta a broma pesada, a sabotaje adolescente o, en el peor de los casos, a una negligencia monumental. Lo que está claro es que la imagen de la educación digital en Andalucía ha recibido un duro golpe… o, mejor dicho, un buen ritmo.
La DGT ha montado el tinglado. Un 'súper sábado' en Lleida, con 300 aspirantes a conductor apiñados en un polígono, examinadores voluntarios traídos de fuera y una sensación general de improvisación digna de un mercadillo. ¿La razón? 85.000 almas en Cataluña, 70.000 en Madrid y 60.000 en Andalucía esperando el permiso B. Y no es que la gente esté precisamente echando las campanas al viento, según Raül Viladrich, de la Federació d’Autoescoles de Catalunya, que lo calificó de “tomadura de pelo”. La solución, a todas luces, es un parche. Un disparate logístico que intenta tapar un problema de fondo: jubilaciones no cubiertas, examinadores interinos sin futuro laboral estable y una demanda que no deja de crecer. ¿Para qué complicarse con oposiciones y vivienda si puedes ser voluntario un fin de semana? La pregunta es retórica, claro. En la Comunidad de Madrid, para que te hagas una idea, el tiempo de espera para el examen práctico es casi una gestación humana. Y mientras tanto, la DGT se rasca la cabeza y decide que la solución es montar un 'examen a la carta' en un polígono industrial. La Confederación Nacional de Autoescuelas (CNAE) pide a gritos que se considere ampliar el plan a motocicletas y camiones, como si el caos actual fuera una buena base para construir algo mejor. 353 examinadores voluntarios, 227 dispuestos a hacer kilómetros… un plan digno de una película de enredo. Y todo para evitar que 8.000 personas en Navarra sigan esperando a poder aparcar.
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