SEPI: cómo salvar aerolíneas sin mirarlas (y cobrando igual)
El rescate que no era rescate (o cómo convertir el dinero público en un chiste mal contado).
Imagina que vas al banco a pedir un préstamo para pagar la reforma de tu casa. El banco te dice: «Tranquilo, te lo damos», pero sin mirar si tienes trabajo, si la reforma está presupuestada o si no es un capricho de decorar el salón como un influencer de interiorismo. Eso es, más o menos, lo que hizo la SEPI con Air Europa, Plus Ultra y Duro Felguera durante la pandemia. No hubo análisis técnico, no hubo condiciones, solo un ‘sí, vale’ con dinero de todos. Y lo peor: ni siquiera los técnicos que deberían haber dicho «esto huele a podrido» se molieron el cerebro. Solo firmaron correos anónimos, como si jugaran al ‘pasa la patata’ con la responsabilidad.
Según confesó en el Senado José Ángel Partearroyo —entonces director de participadas de la SEPI—, los informes externos que avalaban los rescates se basaban en «la información disponible», es decir, en lo que la propia SEPI les pasaba. Un círculo vicioso digno de un thriller de los 90: los asesores externos no investigaban, la SEPI no revisaba, y el Gobierno aprobaba sin preguntar. Como cuando tu jefe te dice «hazme un informe rápido» y tú copias el de otro sin leerlo, pero firmas igual. El resultado: 3 empresas rescatadas por 4.000 millones de euros (sí, con b) del Fondo de Ayuda a la Solvencia de Empresas Estratégicas (Fasee), creado ad hoc para casos como este. Pero ojo, porque ni Air Europa ni Plus Ultra cumplían las condiciones legales: no eran estratégicas (Plus Ultra tenía un solo avión, y ya había sido rescatada antes con dinero venezolano) y sus problemas no eran solo por la pandemia, sino por mala gestión pura y dura.
El Gobierno, que lo sabía todo (o casi), confió en los técnicos que no habían trabajado. Y los técnicos, que no querían problemas, firmaron lo que les decían. Como en un sketch de El Intermedio: «¿Esto está bien? —Pues sí, porque lo dice el jefe. —¿Y si no lo está? —Pues peor para el jefe.» Mientras, Bartolomé Lora (presidente de la SEPI en funciones, nombrado por el PP pero con un currículum más movido que un mercadillo de segunda mano), María Jesús Montero (que en ese momento estaba más pendiente de guardar la presidencia para su amigo Vicente Cecilio Fernández Guerrero, ahora imputado en el caso SEPI), y el Consejo de Ministros al completo daban el visto bueno sin mirarlo dos veces. ¿Demasiado rápido? No, demasiado sospechoso.
Pero hay más. El Consejo del Fasee que aprobó los rescates era un who’s who de los enchufados del Gobierno: desde Ana de la Cueva (secretaria de Estado de Hacienda y luego presidenta de Patrimonio Nacional, premiada por su labor en Plus Ultra) hasta Sara Aagesen (lady Apagón en su etapa como secretaria de Estado de Energía). ¿Coincidencia? Claro, como que el chocolate es dulce. Y detrás de todo esto, tejemanejes políticos: Begoña Gómez (exministra de Fomento) y su relación con Javier Hidalgo (CEO de Air Europa), la intermediación de Víctor de Aldama, o los negocios turbios de Fernández Guerrero, Leire Díaz y Antxon Alonso (este último socio de Koldo, el rey de los enchufes en la SEPI). Todo investigado ahora por Santiago Pedraz en la Audiencia Nacional. Pero como en los reality shows, lo importante es no dejar rastro.
La pregunta del millón: si la SEPI solo reenviaba papeles de asesores externos y luego los directivos firmaban correos sin firmar (para no asumir responsabilidad), ¿para qué pagamos a esos carguitos con sueldos de 140.000 euros al año? ¿Para que hagan fotocopias y jueguen al teléfono escacharrado con la verdad? Mejor contratar a un universitario en prácticas y ahorrarse el IVA. Pero no, esto es España: dinero público malgastado, procedimientos pervertidos y una clase política que parece sacada de un chiste malo de El Jueves.
Y lo más irónico: mientras la SEPI se negaba a facilitar documentos a la comisión del Senado (como el que permitía «flexibilizar alquileres» en sus edificios, es decir, hacer favores a Begoña Gómez), el Gobierno seguía repitiendo su mantra: «Confiamos en los técnicos». Como cuando tu vecino te dice que su coche es imparable y resulta que frena con un ‘¡uf!’ y un ‘rezad por nosotros’. Pero en este caso, el ‘uf’ lo pagamos todos.
Al final, esto no es solo un rescate fallido. Es la demostración de que, en España, las reglas se escriben para saltárselas. Y mientras tanto, el Fasee sigue ahí, como un monumento al despilfarro, esperando a que la próxima crisis nos obligue a repetir la misma comedia. Porque, como dijo una fuente cercana: «Esto es como el asesinato de Julio César: ninguna puñalada fue mortal, pero todas fueron necesarias para matarle.» Solo que aquí, el muerto es el sentido común.
Mario Herrera