La subdirectora de una prisión catalana se hace pasar por discapacitada para aparcar gratis

La funcionaria de 80K que robó el aparcamiento de los discapacitados

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  Una ilustración en estilo realismo social con tonos grises y azules fríos. En primer plano, un coche oficial (matrícula borrosa) aparcado en zona verde con una tarjeta PMR colgada del espejo retrovisor. Al fondo, una prisión de ladrillo visto y un edificio institucional con letreros de 'Generalitat'. Una mano anónima (guante blanco) sostiene un billete de 50€ mientras otra mano (de trabajador de prisión) sujeta un ticket de parking caro. Detalles: un cartel de 'Reservado discapacitados' envejecido y un agente de movilidad mirando hacia otro lado. Estilo: crítica social años 70 con toque actual de fotoperiodismo urbano

El aparcamiento gratis que huele a podrido (y no es el de la prisión) Mientras los barceloneses sudan la gota gorda buscando hueco en la zona verde —donde un sitio libre parece un unicornio en el desierto—, la subdirectora del Centro Penitenciario de Mujeres de Wad-Ras (sí, la que custodia a otras personas), María Gemma López, se pasea en su coche como si el ayuntamiento le debiera un café con churros.

No con cualquier excusa, no: con la tarjeta de discapacidad de un familiar, colgada en el salpicadero como un trofeo de sálvese quien pueda. Y lo peor no es el fraude (aunque ya es gordo), sino el detalle de que cobra 80.000 euros al año por vigilar a quienes, en teoría, deberían ser ejemplo de justicia y honor. El sindicato Sicap-Fepol no se ha quedado con los brazos cruzados: ha armado un dossier con fotos, vídeos y hasta un informe de la DGT que deja al descubierto el modus operandi de la funcionaria.

Misma matrícula, misma tarjeta PMR visible, mismo coche aparcado en la puerta de la prisión de Poblenou y en el carrer del Foc (sede del Departamento de Justicia de la Generalitat). ¿Coincidencia? Ni de coña. Los compañeros de López, mientras, se rasgan las vestiduras pagando 125-150 euros al mes por aparcar en la misma zona.

Ironías del destino: ella, que debería velar por el cumplimiento de las normas, las saltó como si fueran de goma. Pero hay más. El sindicato denuncia que esta no es una anécdota puntual, sino un patrón de conducta: la tarjeta falsa no solo sirve para ir a la cárcel, sino también para reuniones oficiales en la Generalitat.

¿El colmo? Que, según la denuncia, los agentes de movilidad no pueden cuestionarle nada porque no son policías y deben creerle a pies juntillas. Crimen perfecto, dicen. O lo que es lo mismo: el sistema está diseñado para que los poderosos se salgan con la suya. Y mientras el Ayuntamiento de Barcelona pierde dinero (sí, dinero público, el mismo que luego recortan en servicios sociales), López se ahorra unos 1.500-1.800 euros al año en tasas de aparcamiento.

Para que nos entendamos: es como si en vez de robar pan, robara el pan de un niño… pero en versión business class. El sindicato pide que se abra diligencias por falsedad documental y estafa, pero la pregunta del millón es: ¿cuántos casos así hay ahogados en la burocracia? Porque esto no es solo una historia de una funcionaria sin escrúpulos.

Es el retrato de un sistema que premia la impunidad cuando el bolsillo es grueso y la cara conocida. Mientras, los trabajadores de la prisión —los que sí cumplen— se quejan de que ‘quien trabaja en la cárcel no puede vivir al margen de la justicia’. Palabras mayores. Sobre todo cuando la justicia parece tener un aparcamiento VIP reservado. Dato para no perderse: La tarjeta PMR que usa López es de un familiar no conductor.

Eso significa que, técnicamente, debería ir acompañada de esa persona para aparcar gratis. Pero claro, cuando el trabajo es ir a firmar papeles a la Generalitat, ¿quién va a controlar si la discapacidad es real o inventada? Spoiler: nadie. Moraleja callejera: Si en una prisión la subdirectora hace trampas para no pagar el parking, imagínate lo que pasa en el resto del mundo.

El problema no es el aparcamiento… es la hipocresía con patas.

Crítica:

El artículo acierta al documentar el caso con pruebas irrefutables (fotos, DGT, testimonios), pero pecaría de naïf al no profundizar en el contexto: ¿cuántos altos cargos usan tarjetas de familiares? ¿Hay más casos en otras administraciones? La denuncia sindical es un grito en el desierto si no hay voluntad política de investigar. Además, el título original ('se hace pasar') es demasiado suave: esto es estafa institucional con cara de funcionaria sonriente.

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