El Gobierno regulariza a presos preventivos mientras los inmigrantes duermen en embajadas Hay algo profundamente cínico en ver carteles en las cárceles recordando a los presos preventivos que pueden regularizar su situación en España. No es que el Estado haya tenido un arrebato de humanidad: es que, por primera vez, la burocracia migrante ha encontrado un filón de eficiencia.
Mientras miles de personas en situación irregular hacen cola desde las 3 de la mañana frente a embajadas o duermen en la calle para no perder el plazo, los internos de Zuera (Zaragoza) —y otras 79 cárceles— reciben la información en bandeja de plata, gracias a los educadores sociales del módulo. 3.500 presos preventivos (sí, los que están en la cárcel sin condena) son los afortunados.
El decreto del Consejo de Ministros, aprobado hace un mes, les permite solicitar la residencia siempre que no tengan antecedentes penales —aunque sí policiales, si no son un 'peligro para la seguridad pública'. Traducción callejera: si no eres un ladrón profesional o un violento habitual, puedes quedarte.
La gracia está en que, en la práctica, la valoración la hará un funcionario de Migraciones en Vigo, no un juez. ¿Que robaste una vez? ¿Que te multaron por un altercado? Pues cruza los dedos y reza para que en la UTEX (la unidad de Extranjería) te den el visto bueno. Mientras, fuera de la cárcel, los mismos requisitos se aplican con lupa: un certificado de antecedentes impecable en tu país de origen.
¿Incoherencia? No, señor: es ingeniería social. El sablazo burocrático La medida ha encendido las alarmas en la Policía. El Sindicato Unificado de la Policía (SUP) denuncia que esto es como dar un caramelo a un niño mientras le quitas el chupete: la prisión preventiva existe para evitar que alguien se fugue o reincida, pero ahora el Estado le ofrece un pasaporte de la regularización sin haber resuelto el problema de fondo.
¿El resultado? Que expulsar a estos presos será más difícil que vender entradas para un concierto de Bad Bunny en Madrid. Porque, ¿a quién vas a echar si ya tiene papeles? España ya tiene un problema serio con las expulsiones: de las miles de órdenes dictadas, solo se ejecutan un puñado.
Ahora, con esta medida, el déficit será aún mayor. La lotería de los antecedentes Aquí viene lo mejor: el Gobierno ha decidido que no todos los delitos son iguales. Robar en una tienda puede ser un pequeño tropiezo, pero agredir a un agente puede ser un detalle sin importancia si el funcionario de Migraciones decide que no eres un 'peligro para el orden público'.
¿Quién lo valora? Un burócrata en Vigo, claro. ¿Con qué criterio? El mismo con el que tu vecino decide si te presta el taladro: a ojo y con buena voluntad. Mientras, en la calle, los inmigrantes sin antecedentes (ni siquiera policiales) siguen haciendo colas de 12 horas para un papel que, en la cárcel, les caen sobrevuelto. El agravio comparativo Imagina que vas a la oficina de Hacienda a pedir una devolución.
Te dicen: 'Espere su turno, que hay cola'. Pero si estás en prisión por un delito fiscal (sí, existe), te llaman a la ventanilla de inmediato y te lo resuelven en 24 horas. Eso es lo que está pasando con la regularización. Mientras los presos preventivos tienen asesoramiento personalizado y acceso directo a la documentación, los inmigrantes en libertad tienen que improvisar para no perder el plazo.
¿Por qué? Porque el Estado prefiere gastar tiempo y dinero en optimizar procesos dentro de la cárcel que en agilizar trámites para quienes ya están fuera, trabajando, pagando impuestos y contribuyendo a la sociedad. El colmo: la Policía en modo '¿En serio?' Los agentes de Extranjería están reventados.
No solo porque les toque hacer informes para casos que luego decidirá otro departamento, sino porque ven cómo el sistema premia la irregularidad si vas a la cárcel y castiga la legalidad si vas a la calle. ¿El mensaje? 'Si te pillan, que sea dentro de un calabozo, que aquí te ayudamos'.
Mientras, los que cumplen las normas (pagar impuestos, tener contrato, no delinquir) siguen en la lista de espera eterna del sistema. La moraleja (o falta de ella) Este decreto es un parche rápido para un problema complejo: España necesita regularizar a medio millón de personas, pero no puede (o no quiere) hacerlo con criterios claros.
¿Solución? Regularizar primero a los que ya están entre rejas, donde el control es fácil y el riesgo político, mínimo. ¿Consecuencia? Un sistema migrante que parece diseñado por un algoritmo con TDAH: hoy prioriza a los presos, mañana a los mayores de 65, pasado a los que hablen catalán.
Lo único predecible es la improvisación. Datos que duelen (y carteles que no) - 3.500 presos preventivos pueden regularizarse sin condena. - 5 meses de residencia antes del 1/1/2026: el plazo mágico. - UTEX (Vigo): El departamento que decide si eres peligroso o no. - 80 cárceles con carteles informativos (sí, más fácil que en la calle). - Solo el 10% de las expulsiones se ejecutan: la regularización de presos lo empeorará. - Fernando Grande-Marlaska (Interior) y Elma Saiz (Migraciones): los responsables de este circo burocrático. - SUP (Policía): 'Esto es como echar gasolina al fuego de la inseguridad'. - Zuera (Zaragoza): La cárcel donde empezó el experimento. El gran negocio de la irregularidad Al final, lo que demuestra este decreto es que el Estado prefiere gastar en prisiones que en integración.
Mientras los presos tienen educadores sociales para ayudarles con los papeles, los inmigrantes en la calle dependen de ONGs, abogados o su propia suerte. ¿Por qué? Porque regularizar a alguien en libertad cuesta política, y a un preso, nada. Es el capitalismo aplicado a la migración: si no puedes vender el producto (la residencia), al menos regálaselo a los que ya están en tu almacén (la cárcel).
Crítica:
El artículo acierta al desmenuzar la hipocresía del sistema, pero pecaría de optimista al pensar que esta medida es un 'proceso extraordinario'. Es un parche electoral disfrazado de eficiencia. Falta profundizar en cómo afectará esto a las comunidades autónomas, que son las que luego asumen el coste social de estos regularizados (sanidad, educación). Y aunque menciona el malestar policial, no explora si hay presos preventivos con delitos graves que ahora tendrán residencia. El título original ('Prisiones coloca carteles...') es tan anodino que parece un anuncio de IKEA.
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