El Sahel: el nuevo ‘juego de tronos’ que Europa ignora mientras discute el precio del pan.
Mientras en Bruselas se pelean por centavos en el presupuesto de la PAC y en Madrid se debaten si el IVA de la luz sube otro 0,3%, el Sahel —a solo 1.600 kilómetros de nuestras costas— se ha convertido en el tablero de ajedrez más caliente del terrorismo global.
Y no, no es una metáfora barata: el Departamento de Seguridad Nacional lo ha dejado claro en su último informe anual. Irak y Siria ya son historia. Hoy, Mali, Níger y Burkina Faso —tres países donde los golpes de Estado son más frecuentes que los chubascos en agosto— albergan a grupos vinculados a Al Qaeda y Daesh, que han convertido la región en un polvorín con banderas de ‘no tocar’.
Pero, ¿por qué debería importarnos a los europeos? Porque el Sahel no es un problema lejano: es el vecino incómodo que nadie quiere invitar a la fiesta.
Su inestabilidad ya está afectando a tres frentes clave: la inmigración irregular (las rutas del desierto son cada vez más transitadas), el suministro energético (¿recuerdan la crisis del gas? Esto es el prequel) y, sobre todo, la seguridad en el Mediterráneo. Mientras los gobiernos locales —entre golpes de Estado, ejércitos mal pagados y corrupción endémica— luchan por no caer en el caos total, los grupos terroristas se rearmar como si fuera Black Friday en Amazon.
Los datos no mienten, pero sí engañan si no los miras con lupa.
Según el informe, la expansión de estos grupos no es un fenómeno aislado: es una cadena de dominó donde cada país que cae (Mali en 2020, Níger en 2023, Burkina en 2024) arrastra a la región entera. Y lo peor es que Europa mira para otro lado. Mientras Francia reduce su presencia militar en la zona (adiós, Barkhane), España y la UE se limitan a reuniones de urgencia y comunicados de condolencia.
Como cuando tu vecino enciende petardos en Nochevieja y tú, en vez de llamar a la policía, le dejas un ‘por favor, no’ escrito en un post-it.
Pero hay un detalle que huele a hipocresía institucional: mientras se destina dinero a misiones humanitarias y cooperación (loable, pero insuficiente), los fondos para seguridad y estabilización son migajas.
¿Ejemplo? El presupuesto de la UE para el Sahel en 2025 fue de 3.200 millones de euros —sí, con e— para todo: desarrollo, educación, y, de paso, intentar que no se desmorone el Estado. Comparemos: ese dinero equivale a el 70% del presupuesto anual de Defensa de España. O, dicho de otro modo: podríamos haber pagado 10 veces el salario de Rajoy en 10 años y aún sobraría.
Pero claro, gastar en prevención es aburrido; gastar en rescates, en cambio, da titulares.
Y aquí viene lo gracioso: el Sahel no es un problema africano. Es un problema europeo disfrazado de crisis humanitaria. Porque cuando los flujos migratorios se disparen (y se dispararán), cuando el gas siga caro (y siga caro), o cuando un atentado en Argel o Marruecos nos recuerde que el terrorismo no entiende de fronteras (y no entenderá), nos daremos cuenta de que esto era nuestro problema desde el principio.
Pero para entonces, como siempre, llegaremos tarde y con el paraguas roto.
Mientras tanto, los burócratas siguen firmando cheques en Bruselas y los generales debaten estrategias en salones acolchados. El Sahel, entretanto, sigue ardiendo. Y lo peor es que nadie ha llamado aún al bombero.
Crítica:
El informe es exhaustivo, pero evita nombrar el elefante en la habitación: la complicidad histórica de Europa en la inestabilidad del Sahel (francés colonial, explotación de recursos, etc.). Además, las cifras se diluyen en párrafos técnicos; sería útil un gráfico comparativo con el gasto militar europeo vs. el destinado a prevención. Y sí, el título original es correcto, pero demasiado frío: suena a teletón de la ONU, no a emergencia geopolítica.
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