El Estado borra delitos a velocidad de fast-food: 1,1 millones de antecedentes en cinco años, como si fueran cupones de descuento en la ferretería de la justicia. Mientras Pilar Llop (2021) y Félix Bolaños (2022-2025) aceleraban el ritmo como si el Código Penal fuera una cinta de montaje, el Ministerio de Justicia desplegó cinco sistemas de robotización administrativa para cancelar historiales penales con la precisión de un Tinder que decide si mereces una segunda cita.
El resultado: 780.000 nacionalidades expedidas en 20 meses (agosto 2022-enero 2025), un boom que coincide sospechosamente con la automatización masiva.
La paradoja: hasta 2015, cancelar un antecedente era como pedir un préstamo en el banco: había que demostrar que habías pagado la responsabilidad civil (ese extra que ponen en la factura de la multa).
Pero la reforma de 2015 lo simplificó: si cumpliste la pena principal, el sistema te borra el delito de oficio, como si fuera un check-out express en Amazon. Problema: los algoritmos no distinguen entre un hurto y un delito sexual contra menores. En 2022, el Ministerio admitió que la automatización había multiplicado por 4 las cancelaciones: 242.000 en 2021, 406.000 en 2024 (sí, leíste bien: cuatrocientas seis mil en un año).
¿El colmo? En mayo de 2022, Justicia tuiteó un tutorial para extranjeros: «Si tienes antecedentes, no te preocupes, aquí te decimos cómo borrarlos (incluso los sexuales) para que te den la nacionalidad». El mensaje se borró en 48 horas, como un WhatsApp incómodo, pero el daño estaba hecho: las peticiones de cancelación en casos de violencia de género se dispararon.
La opacidad es el nuevo modus operandi.
El Gobierno ni siquiera ha explicado al Parlamento cómo funciona el algoritmo ni qué auditorías hay para evitar que un error borre el historial de un reincidente. Datos duros: 1.130.335 antecedentes cancelados en cinco años, pero ningún debate público sobre si esos limpios de récord incluyen a condenados por agresiones, fraudes o delitos graves.
¿Casualidad? Que Álvaro García Ortiz llegara en agosto de 2022 (justo después del anuncio del algoritmo) y que la Fiscalía aprobara en septiembre una circular pidiendo «criterios homogéneos» para evitar que el sistema borrara más de la cuenta. Traducido a lenguaje callejero: el Estado pasó de revisar cada caso como un notario a procesarlos como una cadena de montaje de IKEA.
El quid: mientras los robots borran delitos a velocidad industrial, Sánchez y Bolaños guardan silencio sobre cuántos de los 780.000 nacionalizados tienen antecedentes cancelados a su paso.
La pregunta incómoda: ¿Estamos ante una reforma progresista o ante un sablazo institucional disfrazado de eficiencia? Ejemplo práctico: si un tipo con tres condenas por violencia doméstica cumple su pena y el algoritmo lo borra automáticamente, ¿no es como si el Estado le diera un segundo chance con subsidio incluido? La respuesta: depende de a quién le preguntes.
A los robots, no les importa.
El detalle que huele a podrido: en 2021, el sistema canceló 242.000 antecedentes. En 2024, 406.000. ¿Dónde está el control? ¿Dónde está la transparencia? En ningún sitio, como el wifi de un bar: prometen que funciona, pero cuando lo necesitas, error 404.
La ironía: mientras los ciudadanos discutimos si el IVA sube un 0,2%, el Gobierno borra delitos como quien pasa la aspiradora sobre un historial sucio. El problema: la aspiradora no distingue entre migajas y restos de crimen organizado.
Conclusión callejera: si la justicia automatizada fuera un food delivery, sería como pedir una pizza y que te lleven un menú del día con tres postres incluidos.
¿Sabroso? Para algunos. ¿Sostenible? Ni de coña. ¿Transparente? Menos que el precio final de un taxi sin taxímetro.
Crítica:
El artículo desmonta la opacidad con datos duros, pero pecaría de alarmista si no incluyera el contexto legal (el artículo 136 del Código Penal permite estas cancelaciones). Falta: un análisis sobre qué delitos se borran masivamente (¿solo multas de tráfico o también agresiones?) y cómo afecta esto a la reincidencia. Ironía final: el Gobierno actúa como un comerciante de confianza que vende eficiencia, pero cuando le pides la factura, te dice «eso es secreto de Estado».
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