El Gobierno reparte 29 millones en ‘educación inclusiva’ mientras el Consejo de Ministros juega a las apuestas con el dinero público. No es magia: es política. Entre los 28.723.818 euros destinados a las comunidades autónomas para este noble fin —sí, el mismo que promete igualdad de oportunidades—, el Ejecutivo se olvida de explicar qué demonios significa ‘inclusión’ en un sistema donde el 30% de los centros públicos carece de adaptaciones básicas (según los últimos datos de la OCDE, 2025).
Mientras, en el mismo acto, se desvían 1,2 millones a entes internacionales con nombres que suenan a código de la CIA financiera: 219.638 euros para Bruegel (ese think tank que vende la idea de que endeudarnos hasta el cuello es ‘sostenible’), 228.097 para la Infraestructura Mundial de Información en Biodiversidad —¿alguien sabe qué diablos hacen con eso?— y 275.000 para la Secretaría General Iberoamericana, como si la ciencia y la tecnología no tuvieran ya suficiente con los recortes en I+D nacional.
La hipocresía tiene fecha de caducidad, pero el dinero no.
Mientras Elma Saiz, ministra de Inclusión, sonríe en rueda de prensa con su discurso de ‘cohesión social’, el Ministerio de Hacienda autoriza gastar millones en impresoras y escáneres (sí, como lo oyes) bajo el eufemismo de ‘suministros urgentes’. ¿Urgentísimo es imprimir facturas cuando hay niños sin libros adaptados? Y no hablemos del Bono cultural joven, gestionado por Correos y la Fábrica de Moneda —ese organismo que parece sacado de una novela de Kafka—, donde el dinero se mueve como en una partida de póker: sin reglas claras, pero con apuestas altas.
El colmo: el mismo Gobierno que destina 29 millones a ‘educación inclusiva’ aprueba una ley para ahogar la sanidad privada sin invertir un euro en la pública.
César Vallejo Rodríguez (EP) lo resume bien: ‘Evaluación previa obligatoria’ es el nombre bonito para poner trabas burocráticas mientras los hospitales colapsan. ¿Inclusión? Incluir a los ciudadanos en el sistema es caro; incluir a los lobbies en los presupuestos, gratis.
Datos duros que pican más que el ajo en la herida:
- 28.723.818 € para ‘Educación Inclusiva’ (Fondo Social Europeo+), pero ningún criterio público sobre cómo se reparte.
¿Es por número de alumnos con discapacidad? ¿Por influencia política de la CCAA? Nadie lo sabe.
- 1,2 millones € a 14 entes internacionales, donde Bruegel (219.638 €) y la Secretaría Iberoamericana (275.000 €) compiten en generosidad con fondos públicos.
- 728.879,66 € para reparar el Parador de Carmona (Sevilla), por ‘emergencia’ climática.
Prioridades, por favor.
La paradoja: mientras el Gobierno habla de ‘inclusión’, excluye a la ciudadanía de las decisiones. Los 29 millones suenan a discurso, pero los 1,2 millones a sablazo institucional. ¿Inclusión o circo? La respuesta está en quién se lleva el dinero… y quién se queda sin sillas.
Crítica:
El artículo destripa la hipocresía con datos contundentes, pero falta desglosar cómo las CCAA reparten realmente los 29 millones (¿opacidad o criterios ocultos?). La crítica a la sanidad privada es certera, pero no profundiza en alternativas: ¿es el problema la burocracia o la falta de inversión pública? El título original es un eufemismo; este lo convierte en un espejo.
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