La Generalitat recrimina al Gobierno que priorice las inversiones hídricas en Marruecos mientras recorta el trasvase Tajo-Segura

Gobierno regala agua a Marruecos y nos deja secos

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  Una imagen surrealista que contraste dos escenas: a la izquierda, un campo de tomates y cítricos en la Vega Baja alicantina con regantes desesperados mirando al cielo mientras un grifo gotea lentamente. A la derecha, un ministro firmando un cheque gigante frente a un oasis exuberante en Marruecos, con palmeras y agua fluyendo abundantemente. En el centro, un espejo roto que refleje ambos escenarios, simbolizando la doble moral. Estilo: hiperrealista con toques de crítica social, colores terrosos y azules intensos, sin rostros reconocibles. Composición: perspectiva baja, como si el espectador fuera un agricultor mirando hacia arriba, impotente. Texturas: tierra agrietada vs. vegetación exuberante. Iluminación dramática, con sombras alargadas que dividan la imagen en dos mitades opuestas. Sin texto, solo símbolos: un grifo seco en un lado y una presa llena en el otro.

El Gobierno central financia un oasis en Marruecos mientras a los alicantinos les cortan el grifo como si fuera un capricho de verano. Miguel Barrachina, conseller de Agua de la Generalitat Valenciana, no se ha quedado con las manos en los bolsillos: ha soltado un discurso que mezcla la indignación de un regante con el rigor de un economista que ve cómo le roban el negocio.

Y no es exageración. El Ejecutivo de Pedro Sánchez, mientras destina fondos a proyectos hídricos en Marruecos, reduce a la mitad (sí, un 50%) el trasvase Tajo-Segura, esa arteria vital que mantiene con vida a 34.000 hectáreas de cultivos en Alicante, Murcia y Andalucía. Como si el agua fuera un bien escaso solo para los de fuera. Barrachina no ha hablado de política, sino de supervivencia.

De miles de familias que ven cómo su lista de la compra se encarece porque el tomate o la lechuga ya no se pueden regar como antes. El conseller lo dejó claro: «No es una cuestión ideológica, es una cuestión de sentido común». Pero el sentido común, al parecer, se quedó en el último trasvase.

Mientras Moncloa firma cheques para infraestructuras en el extranjero, la Vega Baja alicantina recibe 57 millones de euros en migajas, de los cuales 35 millones se irán a modernizar regadíos en 118 kilómetros de canales. Como si reparar una tubería fuera un lujo. Y aquí viene lo gracioso: la Generalitat Valenciana, en lugar de llorar su suerte, ha tirado de tarjeta de crédito autonómica y ha subido un 60% su presupuesto en regadíos (99 millones de euros en total).

Mientras el Estado recorta, Valencia invierte. ¿El resultado? El 85% de sus tierras ya están modernizadas o digitalizadas, liderando España en reutilización de agua. Eficiencia pura, mientras el Gobierno central juega a ser filántropo con otros países. Barrachina lo resumió con la claridad de un comercial de agua: «Frente al recorte, inversión.

Frente al desprecio, gestión. Frente a la resignación, trabajo». Suena a eslogan de campaña, pero es la cruda realidad de un sector que no puede permitirse el lujo de la ideología. La ironía del destino quiso que estas declaraciones se produjeran en los IV Premios Tribunal de las Aguas de Orihuela, un organismo con 750 años de historia (sí, más años que algunos reinos europeos).

Entre galardones a cooperativas agrícolas y empresas locales, el mensaje era claro: aquí no hay tiempo para discursos. Mientras, en Madrid, alguien sigue firmando cheques para que otros tengan agua sin preguntarse por qué los de aquí sudan la gota gorda por un cubo. Detrás de los números hay vidas.

34.000 hectáreas en riesgo, 118 kilómetros de canales que podrían secarse, y un hospital comarcal en Alicante que necesita 22 millones de euros para blindarse contra inundaciones (por si acaso el agua que no llega, luego llega de golpe). El Gobierno habla de política hídrica de Estado, pero lo que hay es una cuenta de resultados donde España sale perdiendo.

Y lo peor: el agua no es un recurso infinito, pero la hipocresía sí parece serlo.

Crítica:

El artículo deja claro el conflicto, pero omite datos clave como el costo exacto de los proyectos hídricos en Marruecos que justifiquen (o no) la inversión, y solo menciona de pasada el contexto geopolítico del agua en el Estrecho. Además, la frase de Barrachina sobre 'criterios ideológicos' es un tiro al aire sin pruebas concretas: ¿es ecologismo, soberanía o simple despiste? Se queda en el qué, no en el porqué.

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