Crítica:
El reportaje se limita a recopilar opiniones del club de lectura, careciendo de un análisis crítico propio. El título es demasiado ambiguo y no refleja la dualidad de opiniones sobre la novela.
El reportaje se limita a recopilar opiniones del club de lectura, careciendo de un análisis crítico propio. El título es demasiado ambiguo y no refleja la dualidad de opiniones sobre la novela.
Alice Roberts, la anatomista que se enamoró de la evolución, nos recuerda una verdad incómoda: somos animales. No animales cualquiera, claro. Somos la especie que, con una mezcla de astucia y arrogancia, ha conquistado cada rincón del planeta, desde la selva hasta el Ártico. Roberts, profesora en la Universidad de Birmingham y prolífica divulgadora científica, lo explica con la paciencia de quien disecciona un corazón de cordero (y descubre más similitudes con el humano de lo que querríamos admitir). Retrocedamos 360 millones de años, cuando los peces decidieron que caminar tenía su aquel. Observen sus brazos y piernas: herencia directa de esos primeros anfibios. Y qué decir del cerebro, ese órgano que nos hace únicos… o quizás no tanto. Porque incluso un Homo floresiensis, ese “hobbit” indonesio con un cráneo del tamaño de un pomelo, era capaz de fabricar herramientas. La doctora Roberts, tras examinar los fósiles en Yakarta, sintió un escalofrío. ¿Cómo explicar que un cerebro tan pequeño pudiera lograr semejante hazaña? La clasificación científica, confiesa, a veces le genera “incomodidad”, sobre todo cuando se basa en datos fragmentarios. La clave, según Roberts, está en las redes sociales. No, no en Instagram. En las conexiones que permitieron a nuestros ancestros compartir recursos y sobrevivir a los momentos duros. Un “sablazo” en la economía familiar se soluciona mejor si tienes a alguien a quien pedir ayuda. Hoy, con más de 20 especies de homínidos descubiertas, la pregunta ya no es por qué sobrevivimos nosotros, sino por qué desaparecieron los demás. La paradoja es que, mientras renegamos de nuestro origen animal, nuestra inteligencia y tecnología nos hacen “utterly exceptional”. La moraleja, en tiempos de crisis climática y arrogancia tecnológica, es que somos parte de la naturaleza, y si la destruimos, nos destruimos a nosotros mismos. Como diría la abuela: no muerdas la mano que te alimenta.
La búsqueda del origen de la vida nos lleva, paradójicamente, a replantear qué es la vida. Gilles Emerard, en su libro 'Togetherness', desmantela la narrativa darwiniana de la competencia despiadada, revelando que la simbiosis – la colaboración entre especies – es la verdadera arquitecta de la complejidad biológica. Olvídate del individuo luchando por sobrevivir; piensa en el liquen, ese matrimonio entre alga y hongo, como el modelo original. Y mientras Darwin especulaba sobre “calentitos charcos” primigenios, la ciencia moderna apunta a las profundidades oceánicas, a las chimeneas hidrotermales donde la química prebiótica jugueteaba con la posibilidad de la vida. Nick Lane, de University College London, y su equipo no buscan recrear el Génesis, sino imitar las condiciones de estas chimeneas, descubriendo que las reacciones metabólicas, esas chispas de energía que alimentan la vida, surgen espontáneamente, incluso sin la programación genética. Es como si las moléculas tuvieran una agenda propia, buscando su “estado de reposo” químico, tal como una pelota rueda cuesta abajo. La clave no es solo la replicación del material genético (ADN, ARN), sino la cooperación inicial, un “baile” molecular previo a la partitura genética. Freeman Dyson, inspirado por Lynn Margulis, sugirió que la vida tuvo dos orígenes: las protocélulas metabólicas y el ARN replicador, fusionándose en un acto simbiótico. Ahora, los laboratorios están probando estas ideas, encontrando que incluso secuencias aleatorias de RNA pueden generar funciones básicas, abriendo la puerta a la selección natural. Y las muestras de asteroides como Ryugu y Bennu confirman que los componentes básicos de la vida – los nucleobases – son ubicuos en el cosmos, sugiriendo que la vida, tal como la conocemos, podría ser una constante universal, quizás incluso… un poco aburrida por su similitud. Encelado, una luna de Saturno con chimeneas hidrotermales, se perfila como un nuevo laboratorio cósmico. La vida no es una creación aislada, sino una consecuencia inevitable de las leyes de la química, un proceso de autoensamblaje impulsado por la termodinámica y la colaboración.
El verano se acerca y con él, el zumbido incesante de los mosquitos. Durante décadas, el repelente ha sido nuestro escudo, un pacto de no agresión firmado con un olor que, al parecer, ya no convence a las nuevas generaciones de vampiros alados. Un estudio publicado en el Journal of Experimental Biology revela que el Aedes aegypti, el mosquito responsable de la fiebre amarilla, el dengue y el zika, ha desbloqueado un nuevo nivel: aprender a amar el repelente. No, no es una broma. Lo que antes era una señal de peligro, una barrera olfativa de N,N-Dietil-meta-toluamida, ahora se interpreta como un cartel de “buffet libre”. Los investigadores, en un laboratorio más controlado que mi lista de la compra, expusieron a los mosquitos a recompensas (azúcar, en este caso) en presencia del repelente. El resultado: más del 60% de los mosquitos, tras la 'clase de repitición', se dirigió directamente al olor, ignorando su función original. Es como si les hubiéramos enseñado a que, después de la colonia, viene el festín. Esto no es nuevo. En 2013, ya se detectó que los mosquitos desarrollaban tolerancia al DEET, ignorándolo después de tres horas. Ahora, entendemos el 'por qué': una reprogramación neuronal. La clave está en la recompensa. Si el mosquito encuentra la sangre (o el azúcar) después de superar la barrera del repelente, su cerebro asocia el olor con la satisfacción. El mundo real, sin embargo, es menos predecible. Un mosquito sin 'premio' tras el esfuerzo, probablemente se irá frustrado, aunque la plasticidad cerebral de estos insectos nos obliga a replantearnos las estrategias de salud pública. No estamos hablando solo de picaduras molestas, sino de la transmisión de enfermedades graves como el paludismo o el zika. La próxima vez que te apliques repelente, recuerda: podrías estar invitando a una fiesta.
La vida, la muerte y un startup llamado Bexorg. ¿Suene a trama de ciencia ficción barata? Pues no tanto. Esta gente extrae cerebros humanos, recién “cosechados” – sí, de personas que hace poco dejaron este mundo – y los conecta a máquinas que los mantienen… digamos, en una especie de limbo biológico. No hay actividad cerebral consciente, aseguran, pero tampoco están del todo apagados. Imagina tu cerebro, después de una jornada infernal, conectado a un respirador artificial y recibiendo una dosis regular de propofol, solo para que una empresa farmacéutica pueda probar sus nuevos fármacos. ¿Te suena a planazo de fin de semana? El CEO de Bexorg, Zvonimir Vrselja, lo vende como la oportunidad de usar cerebros con “60 u 80 años de historia” para pruebas más realistas que las que ofrecen los pobres ratones de laboratorio. Bruna Bellaver, de la Universidad de Pittsburgh, lo celebra como un “gran paso adelante”. Mientras tanto, nosotros nos preguntamos si el sablazo moral es demasiado grande. Biohaven ya ha usado 130 de estos cerebros para experimentar con fármacos contra el Parkinson, y planean más ensayos. ¡Negocio redondo! La cosa no acaba ahí. Después de 24 horas en la máquina BrainEX, el cerebro se convierte en piezas para analizar. La idea es procesar hasta 1.600 cerebros al año con un brazo robótico. Mientras el debate ético se enreda, Bexorg sigue adelante, porque, al fin y al cabo, la ciencia no espera a que te resuelva la conciencia. Y, claro, hay que amortizar la inversión en máquinas de soporte vital para cerebros.
Mientras la inflación nos sabotea la lista de la compra, Ramy RC, un YouTuber con más tiempo libre que sentido común, ha construido un Boeing 777-9X a control remoto que pesa 286 kilos y tiene una envergadura de 10 metros. Sí, has leído bien. Un avión de juguete, pero del tamaño de un Cessna 150 real. Olvídate del LEGO, esto es ingeniería aeroespacial para gente con la cuenta bancaria bien nutrida. El proyecto, que comenzó con un modelo 3D a escala 1/7, requirió una inversión considerable en espuma moldeada por CNC, fibra de carbono y paciencia. Mucha paciencia. Ramy, que ya era famoso por construir réplicas gigantes de otros aviones como el Airbus A380 (800 libras de peso, nada menos), ha convertido su afición en un imperio digital. ¿La clave? Sus vídeos virales, claro. Para demostrar la magnitud de su creación, Ramy se subió encima y dio una vuelta por la pista como si fuera Fred Flintstone. La prueba de vuelo final corrió a cargo del director Tyler Perry, quien, al parecer, usa estos cacharros para superar su miedo a volar. Imagínate la terapia: controlar un Boeing gigante con un mando a distancia en lugar de confiar en un piloto humano. El aterrizaje, dicen, fue digno de Hollywood. Una locura que, de alguna manera, es inspiradora. Porque si alguien puede convertir espuma y fibra de carbono en un Boeing a escala, ¿qué excusas tenemos nosotros para no perseguir nuestras propias (menos costosas) obsesiones?
El 'techo del mundo', esas montañas Pamir que hasta hace poco parecían inmunes al apocalipsis climático, han decidido unirse a la fiesta del deshielo. Hasta 2025, resistían, como el último abuelo fumando en la terraza, ajenos a la fiebre global. Pero la verdad es tozuda, y la de 2025 fue una paliza de calor que dinamitó décadas de estabilidad. Investigadores, con cara de pocos amigos, certificaron una pérdida de hielo sin precedentes. Décadas. Desde los años 70, mientras el resto del planeta sudaba la gota gorda, los glaciares del Kunlun occidental, el Karakoram y el Pamir oriental se mantenían firmes, e incluso, algunos engordaron un poco. ¿Una excepción? Quizá. ¿Una señal de alarma ignorada? Seguramente. Ahora, el panorama es otro. El Kongur Shan, en China, uno de esos picos que pintan los paisajes de postal, ya no es lo que era. Recordemos que estamos hablando de reservas de agua dulce vitales para millones de personas. El deshielo acelerado, más allá de la foto dramática del oso polar, significa problemas serios para la agricultura, la energía hidroeléctrica y, en definitiva, la supervivencia de comunidades enteras. Mientras tanto, Facebook (ahora Meta) y X (antes Twitter) se llenan de memes sobre el calor. La ironía, como el hielo, se derrite rápido. Es como ver cómo se te escapa el dinero de la pensión: lento al principio, y luego, ¡zas!, un agujero negro sin retorno. Y todo esto, en mayo de 2026, cuando ya deberíamos estar aprendiendo a remar contra la corriente.
El cielo de junio nos promete un espectáculo digno de palomitas y un buen repelente. Venus y Júpiter, los dos 'inflados' del sistema solar, tendrán una cita el 9 de junio, como si fueran los que más presumen en la fiesta. Y si eso no fuera suficiente, el sol decide alargar la jornada al máximo el 21 de junio, marcando el solsticio de verano. La excusa perfecta para no ir a trabajar, aunque técnicamente es por la inclinación del eje terrestre, un detalle que a la oficina le importa un pepino. La luna de finales de mes, la 'Strawberry Moon', suena a postre y a noches de verano, un nombre poético heredado de los pueblos nativos americanos. Y para los paranoicos, el 30 de junio es el 'Día del Asteroide', un recordatorio de que, aunque llevamos más de un siglo sin un 'visita' importante, el cosmos sigue siendo un poco salvaje. En 1908, uno de estos 'piedrazos' aplanó medio Siberia, un área del tamaño de Mallorca, y se escuchó hasta Indonesia. Brian May, el guitarrista de Queen (sí, el de 'Bohemian Rhapsody'), también es astrofísico y está detrás de esta iniciativa, porque, ¿quién mejor para alertarnos del peligro cósmico? Así que ya sabes, deja el móvil, busca un lugar oscuro (y sin mosquitos) y levanta la vista. El universo no cobra por las vistas, a diferencia de la última actualización de Netflix. Todo esto mientras la NASA se gasta presupuestos astronómicos, literalmente, y nosotros intentamos distinguir estrellas en medio de la contaminación lumínica. La ironía es cósmica.
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