Crítica:
La noticia es un simple anuncio promocional disfrazado de información. No analiza la calidad del contenido, solo recicla la sinopsis oficial para generar hype.
Hay un patrón peligroso en Hollywood: cuando una saga de terror ya no sabe cómo matar a nadie en el bosque o en el sótano de casa, mandan al villano al espacio. Es el equivalente cinematográfico a intentar arreglar una gotera en el salón inundando toda la casa. Es el 'último cartucho', el salto al vacío cuando la taquilla empieza a parecerse a la cuenta bancaria de un estudiante universitario al final del mes. Tomemos el caso de Jason X (2001). New Line Cinema, que ya tenía a Freddy Krueger haciendo los números, decidió que congelar a Jason Voorhees y lanzarlo a las estrellas era mejor que dejarlo en el campamento. El resultado fue un 'Uber Jason' con nanobots que, aunque ridículo, tiene la dignidad de saber que es un chiste. No es cine, es un espectáculo de feria con presupuesto de estudio, pero funciona. Luego tenemos el abismo. Amityville in Space (2022) es el ejemplo perfecto de lo que pasa cuando el dominio público se convierte en un buffet libre para cualquiera con una cámara. Es una película tan mala que no llega a ser cult; es simplemente un agujero negro de tiempo. En el otro extremo, Leprechaun 4: In Space (1996) abraza el absurdo con Warwick Davis, demostrando que un duende asesino en una nave espacial es, sorprendentemente, más coherente que la gestión financiera de algunas productoras. Para cerrar el círculo de la desesperación, Hellraiser 4: Bloodline (1996) intentó ser seria en el espacio, y ahí estuvo el error. Pinhead terminó siendo el poster boy del paso al formato directo a vídeo, mientras que Dracula 3000 (2004) nos regaló a un vampiro con capa victoriana en una nave, con Coolio haciendo lo que podía. Es el cine de terror diciendo: 'Ya no tenemos ideas, pero mira qué luces de neón'.
Hay algo profundamente democrático en ver a estrellas de Hollywood colgados de cables, balanceándose como bolsitas de té humanas mientras intentan salvar un matrimonio ficticio. Joel Edgerton y Jennifer Connelly, los rostros de 'Dark Matter' en Apple TV, nos venden la agonía del arte, pero traducido al lenguaje de la calle, es básicamente el estrés de un lunes por la mañana multiplicado por el presupuesto de una multinacional tecnológica. Edgerton, que carga con la serie al hombro (y en cables), confiesa que el rodaje es un ejercicio de humillación física y agotamiento mental. Mientras nosotros peleamos con el cajero automático o el precio del aceite, él se desvive en 'The Box', una secuencia de gravedad que lo deja más vacío que una cuenta bancaria el día 20. Lo más irónico es su recordatorio de que ser actor no es 'cavar zanjas', aunque el hombre admite que, en algún momento de su carrera, terminó haciendo precisamente eso. Un giro poético: del lujo de los sets a la pala en el barro. La trama, basada en la novela de 2016 de Blake Crouch, ha decidido mandar el libro a paseo en esta segunda temporada, dejando a los fans y a los propios actores en un limbo cuántico. Mientras Jason y Daniela Dessen se desintegran emocionalmente a través de universos paralelos, Connelly reflexiona sobre la responsabilidad afectiva y los sesgos personales. Es el típico análisis psicológico que suena muy bien en una entrevista, pero que en la vida real se traduce en: 'estamos peleando porque no sabemos quién es quién'. Con el final programado para el 30 de octubre de 2026, la serie nos deja una lección clara: no importa en qué universo vivas, el drama matrimonial y el cansancio crónico son las únicas constantes universales.
Hacer una serie de Star Trek no es precisamente un paseo por el parque, aunque Paramount+ intente vendérnoslo como un viaje intergaláctico glamuroso. Para el elenco de 'Strange New Worlds', la realidad es más parecida a un turno doble en una fábrica de ensamblaje que a un crucero espacial. Ethan Peck, que encarna a Spock, no se anda con rodeos: describe el rodaje como una maratón donde el sueño es un lujo y las horas de trabajo son, sencillamente, una locura. Básicamente, mientras nosotros nos quejamos de que el WiFi va lento, ellos están perdiendo la noción del tiempo y la cordura entre decorados masivos y cambios de vestuario que harían palidecer a cualquier pasarela de Milán. La cosa se pone aún más surrealista con Christina Chong. La actriz, que da vida a La’an Noonien-Singh, ha tenido que hacer malabares entre clases de equitación (porque sí, hay caballos en el espacio) y ensayos de combate, todo mientras lidia con marionetas digitales. Es el equivalente actoral a intentar montar un mueble de IKEA mientras alguien te grita en tres idiomas distintos: un caos organizado. Por su parte, Paul Wesley, el nuevo James T. Kirk, se siente cómodo en este 'circo de ciencia ficción', agradeciendo que los guionistas sepan dónde poner el bisturí para sacar lo mejor de él, alternando entre el horror y la comedia sin que la trama implosione. Lo más rescatable es el intento de llenar los huecos de una historia que ya conocemos de memoria. Peck y Wesley se dedican a coser la amistad icónica entre Kirk y Spock, intentando que la química no parezca un pegamento barato. Todo este despliegue de insomnio y marionetas culminará el 24 de septiembre de 2026, fecha en la que la cuarta temporada cerrará sus puertas en Paramount+, dejándonos claro que para que nosotros veamos un salto hiperespacial fluido, alguien tuvo que pasar noches en vela y montar a caballo en un set de plástico.
En la industria del cine actual, donde los actores son básicamente accesorios de lujo para los efectos especiales, Joe Russo ha soltado una bomba sentimental. Según el co-director de Avengers: Endgame, Tom Holland no es solo un chico con mallas; es 'la última gran estrella de cine'. Suena a romanticismo de los años 50, a cuando ir al cine era un evento y no un trámite mientras miras el móvil. Russo afirma que Holland posee una 'calidad vintage' y una autenticidad que resuena con la audiencia, algo que, según él, casi ha desaparecido del mapa de Hollywood. Es curioso que este elogio llegue mientras analizamos el éxito financiero de Spider-Man: Brand New Day. Mientras nosotros peleamos con el precio del aceite en el súper, Holland mueve millones con una sonrisa y un carisma que Russo describe como 'sacado directamente de las páginas del cómic'. El director lo pone en un pedestal, asegurando que su energía es distinta a la de cualquier otro actor contemporáneo. Es el 'estándar de oro' en un mundo de imitaciones. Pero aquí viene el giro de guion, el típico 'pero' que te deja frío. A pesar de ser la joya de la corona, el arácnido no figura actualmente en los planes para Avengers: Doomsday ni Avengers: Secret Wars. Mientras Robert Downey Jr. regresa como Doctor Doom —un personaje que, según Russo, es un genio meticuloso que no deja nada al azar y llega este 18 de diciembre—, Holland parece estar en la banca. Es la paradoja total: ser la estrella definitiva, pero no tener silla reservada en la mesa de los próximos grandes banquetes del MCU. Mucho brillo, mucho 'star power', pero el calendario de Marvel es más cruel que un cobrador de alquileres un lunes por la mañana.
Disney ha descubierto que la nostalgia es la gallina de los huevos de oro y, para celebrar que han pasado medio siglo desde que George Lucas nos vendió el sueño espacial el 25 de mayo de 1977, han decidido sacudir el polvo a la versión original. Sí, la de 1997, pero restaurada y sin los 'retoques' de CGI que Lucas añadió después, como quien intenta maquillar una arruga con demasiada base. El plan es lanzarla en pantallas IMAX el 19 de febrero de 2027, permitiendo que Han Solo vuelva a dispararle a Greedo primero, sin trucos de edición ni cortes modernos. Es el equivalente cinematográfico a volver a comer la receta de la abuela después de años de soportar comida precocinada. Pero claro, en el imperio del marketing no hay regalo sin factura. Esta reestreno es el aperitivo para el plato fuerte: 'Star Wars: Starfighter', que aterrizará el 28 de mayo de 2027. Aquí entra en juego Ryan Gosling, interpretando a Kade Auberon, un pícaro cínico que probablemente tenga más crisis existenciales que el propio público. Bajo la dirección de Shawn Levy, quien viene fresco de 'Deadpool & Wolverine', la película ha sido grabada con cámaras digitales certificadas para IMAX y luego convertida a copias físicas de 70mm. Un despliegue técnico impresionante para acompañar a un reparto que incluye a Amy Adams y Matt Smith. Básicamente, Disney nos invita a recordar la magia del pasado para que, sin darnos cuenta, saquemos la tarjeta de crédito y pagemos el ticket premium de la nueva entrega. Es una jugada maestra: nos dan la pureza del 77 para vendernos el espectáculo del 27.
Marvel Studios ha descubierto la fórmula mágica para que el espectador pague la entrada una y otra vez: el reciclaje creativo. Mientras 'Spider-Man: Brand New Day' ya se pasea por la tercera posición del ranking histórico de recaudación, como quien presume el coche nuevo en la puerta del barrio, la Casa de las Ideas prepara 'Avengers: Doomsday' para el 18 de septiembre. Pero ojo, que aquí viene el truco de magia contable y narrativo. Anthony Mackie, que ahora se vende como el 'pegamento' del equipo, ha dejado claro que Sam Wilson es quien llevará el mando. Sí, el escudo ha cambiado de dueño, pero Marvel no puede resistirse a la nostalgia que factura. Chris Evans regresa como Steve Rogers, aunque no para jugar al capitán, sino bajo el alias de Nomad. Es la clásica jugada de 'te lo quito pero te lo dejo': Evans vuelve porque es una mina de oro, pero sin el cargo directivo. Es como si al antiguo CEO de una empresa volviera como consultor externo para que los accionistas no entren en pánico. El plato fuerte es el regreso de Robert Downey Jr., que esta vez no vendrá a salvarnos, sino a hacernos la vida imposible como Doctor Doom. Una escala 'asombrosamente grande', según Mackie, que básicamente significa que el presupuesto es tan obsceno que podrían haber comprado un país pequeño. Entre el metraje extra de 'Vengadores: Endgame Encore' y las promesas de los hermanos Russo, Marvel nos está vendiendo un buffet libre de nostalgia donde el postre es el mismo actor con una máscara diferente. Al final, nos dicen que 'ya no será el mismo', pero el resultado en la taquilla será exactamente el mismo: un pelotazo monumental mientras nosotros seguimos haciendo cola para ver cómo reciclan el mismo escudo.
Hay errores que se perdonan y hay apuestas que, vistas con el retrovisor, parecen un delirio febril. Tim Burton decidió jugar a la ruleta rusa con el cine en 2001, lanzándose sobre el terreno sagrado de Franklin Schaffner con una remake de 'Planet of the Apes' que hoy, a 25 años, nos sabe a placer culpable. 20th Century Fox soltó 100 millones de dólares —dinero que en aquel entonces servía para comprarse medio barrio— esperando una mina de oro. El resultado fue un híbrido extraño: una recaudación respetable de 362 millones de dólares, pero una crítica que los trató como si hubieran intentado vender hielo a un esquimal. El reparto era un buffet libre de talento: Mark Wahlberg, Tim Roth, Helena Bonham Carter y Paul Giamatti, todos condenados a recitar un guion que Mark Rosenthal y compañía escribieron sobre la marcha, como quien redacta un correo electrónico mientras el jefe le respira en la nuca. La trama es un laberinto sin salida: el capitán Leo Davidson viaja del 2029 al año 5021, aterrizando en un mundo donde los simios mandan y los humanos son básicamente muebles. Para rematar la faena, el final nos regala un monumento al General Thade en Washington D.C., sustituyendo a Lincoln en un intento de copiar el impacto de la Estatua de la Libertad de 1968 que resultó más forzado que un zapato dos tallas más pequeño. Lo único que no huele a chamuscado es el maquillaje de Rick Baker, que logró prótesis brutales (salvo el look de Helena Bonham Carter, que parecía salida de un cuento de Dr. Seuss) y la banda sonora de Danny Elfman, que es una pieza muscular y tribal que sostiene la película cuando el guion se cae a pedazos. Una ambición desmedida que terminó siendo un ruido curioso en la filmografía de Burton.
Comentarios