En el verano de 1518, la ciudad de Estrasburgo se convirtió en el escenario de la ‘Plaga del Baile’, un fenómeno que dejó más huellas que la última moda de los zapatos de tacón. Todo empezó con una mujer, Frau Troffea, que decidió que la vida era una pista de baile y se lanzó al suelo sin pausa.
La gente, ya cansada de la pobreza, la enfermedad y el hambre, siguió su ejemplo como si fuera la última radio de la ciudad. En menos de dos meses, 400 almas se unieron a la danza, convirtiendo las calles en un desfile de sudor y pies sangrantes. Los alcaldes, sin saber si la solución estaba en la música o en la medicina, primero intentaron empujar a los bailarines con más música, música que parecía un llamado a la guerra contra la fatiga.
Cuando eso falló, cambiaron la estrategia: prohibieron el baile, encerraron a los músicos y trataron el brote como una ofensa divina. La ciudad, sin embargo, no tardó en colocar a los bailarines en la ermita del Santo Vitus, donde sus pies se colocaron en botas rojas y se los guiñó alrededor de una escultura de madera.
Al final, el ritmo se detuvo tan rápido como empezó, dejando a los muertos y a los vivos con la pregunta: ¿era esto un castigo o un truco de la ciudad? Los historiadores modernos no se han quedado sin teorías. Algunos sugieren que el moho del centeno, que produce compuestos similares a la LSD, pudo haber sido el culpable.
Otros, como el experto John Waller, creen que era una respuesta colectiva a la crisis. La religión y el miedo a la muerte hicieron que la gente creyera que el Santo Vitus podía obligar a los cuerpos a moverse. Mientras tanto, la ciudad sigue recordando la tragedia con una especie de ritual de baile, como si la historia fuera una gran fiesta que nunca termina.
La lección es que la humanidad, cuando está al borde del colapso, puede encontrar consuelo en la música, pero también en la locura. La ciudad de Estrasburgo, hoy, se pregunta si debería haber bailado de más o simplemente habermejado el dinero del gobierno. En resumen, el baile de 1518 fue una mezcla de superstición, presión social y quizá un poco de moho.
Los 100 fallecidos, la prohibición de la música y la penitencia del Santo Vitus son recordatorios de que la historia a veces se escribe con pasos de baile y no con tinta.
Crítica:
El texto ignora el contexto político de la región y simplifica la tragedia a una anécdota de moda, perdiendo profundidad.
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