Kim Ung-Yong: The Smartest Person In The World?

Kim’s Genius Myth: NASA, Kids, Lies

cultura Un niño de tres años con libros de cálculo y una calculadora de mano, sentado en una mesa de madera en un salón iluminado por luz tenue, con ecuaciones dibujadas en la pizarra, mientras una niña de cinco años lee un libro de cuentos en el suelo.

El 8 de marzo de 1962, en Seúl, nació Kim Ung‑yong, hijo de un físico y una médica, y la idea de que el futuro haría la ciencia parecía tan inevitable como la lluvia en verano. Cuando cumplió un año, ya dominaba el alfabeto coreano y mil caracteres chinos del clásico del siglo VI; cuando tenía tres, publicaba ensayos en inglés y alemán que hicieron temblar a los críticos de la academia.

A los cuatro, según los medios, superó el 210 en la escala de Stanford‑Binet, test creado para niños de siete años, y Guinness lo catalogó con el IQ más alto jamás registrado. A los cinco, hablaba coreano, japonés, inglés, alemán y francés con la naturalidad de un niño que simplemente no tiene que aprender a hablar.

En ese mismo año, la prensa coreana le decía que estudiaba física en la Universidad de Hanyang, mientras su rostro aparecía en Fuji TV resolviendo ecuaciones diferenciales y recitando poesía frente a una audiencia sin dormir. Todo parecía un cuento de hadas: un niño de 10 años contratado por NASA como investigador, con un máster y doctorado en física nuclear y térmica de la Universidad de Colorado, que viajó al espacio y regresó para cambiar el mundo. Pero la realidad, como suele pasar cuando la fama se cruza con la infancia, se endureció.

Kim, cansado de la presión constante, dejó NASA en 1978 y volvió a Corea, donde la burocracia y la falta de diplomas escolares lo dejaron sin trabajo ni reconocimiento. Se convirtió en profesor universitario en Chungbuk, escribió más de cien artículos internacionales, se casó y tuvo dos hijos.

Se proclamó su propia “victoria” al encontrar la felicidad en la enseñanza, pero el término “genio fallido” siguió persiguiéndolo. El debate se intensificó cuando el padre de Kim admitió que su hijo había salido de Corea solo para una aparición televisiva en Japón y que, en realidad, había vivido en casa durante una década, sin asistir a la universidad estadounidense ni a la NASA.

La Universidad de Colorado negó haberlo aceptado, y la legislación laboral estadounidense de los años 30 habría prohibido el empleo de un menor en una agencia federal. La historia, entonces, se transforma en una mezcla de hechos, exageraciones mediáticas y una crítica a la cultura del “prodigio” que exige más que felicidad.

Kim, al final, no es un genio fallido; es un hombre que eligió la normalidad sobre la fama.

Crítica:

El artículo se queda corto al no citar investigaciones independientes sobre la veracidad de los logros de Kim. El tono, aunque sarcástico, se siente algo parcial al no equilibrar la crítica con pruebas sólidas.

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