Tarrare nació alrededor de 1772, en pleno auge de la Revolución Francesa. Cuando la guerra rugía, el ejército aumentó sus raciones cuatro veces, pero el joven de 17 años, que apenas pesaba 100 libras, seguía engullendo la basura del callejón como si fuera un buffet de lujo.
Mientras la gente en la barricada pensaba que la carne se había acabado, él devoraba un cuenco de manzanas, un gato entero y hasta un pez vivo sin morderlo. Era un espectáculo, una mezcla de teatro de feria y tragedia humana, donde la mandíbula se abriam como una puerta de hierro y la piel se estiraba como un lazo de goma, guardando hasta 15 personas en su boca. El cuerpo de Tarrare era un rompecabezas: la piel colgaba de los costados como un cinturón, las mejillas se hundían como orejas de elefante y, cuando comía, estallaba como un globo, apenas para expulsar la masa en una descarga de olor que se podía sentir a veinte pasos.
Los médicos, Dr. Courville y el Baron Percy, se quedaron boquiabiertos. ¿Cómo un hombre podía comer tanto y, sin embargo, mostrar signos de inanición? La respuesta estaba en su intestino, que se expandía hasta llenar su abdomen, y en una enfermedad, la polifagia, que lo mantenía hambriento. El General Alexandre de Beauharnais vio en él una herramienta.
Le puso dentro de un cajón de madera un mensaje secreto, lo engulló y esperó a que el Prusia lo extrajera. La misión falló: el Prusia descubrió al glotón antes de que pudiera cruzar la línea. Fue torturado, encadenado y, a pesar de la amenaza de la horca, el general lo soltó con un golpe de látigo y una advertencia: no volver a intentar. Después de la humillación, Tarrare se volvió aún más insaciable.
Comía sangre de pacientes, partes de cuerpos en la morgue y, según rumores, un bebé de 14 meses desaparecido. La paranoia llegó cuando el Baron Percy lo expulsó de la comunidad militar. En 1798, la muerte llegó como una tormenta de tuberculosis. El autopsista describió un estómago tan grande que llenaba la cavidad, un hígado enorme y una bilis colérica.
El olor, tan fuerte que los médicos abandonaron la operación, era la firma final del hombre que había devorado el mundo y, al final, murió devorado por la enfermedad que nunca lo dejó satisfecho. Tarrare quedó en la historia como un fenómeno grotesco, un recordatorio de que la curiosidad humana puede llevar al límite, y que la fama de un glotón puede oscurecer la realidad de su condición médica.
Crítica:
El artículo se queda corto al no explicar cómo pudo sobrevivir con tanta comida, y su tono parece más sensacionalista que analítico.
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