Si tuvieras que escoger entre un tráfico de gas y un laboratorio subterráneo, la gente de Dulce prefiere el segundo. La ciudad, con menos de 3.000 habitantes y sin semáforo, se ha convertido en el epicentro de una novela de conspiración que ha crecido como la lista de la compra de los más escépticos.
Todo comenzó en los años 70, cuando el patrullero estatal Gabriel Valdez, al observar un “aeroplano sofisticado”, encontró una vaca mutilada con un feto híbrido que parecía un mono, un humano y una rana. El detalle que lo dejó más desconcertado que el polvo del desierto: máscaras de gas y tiras de radar, elementos que no dejan los depredadores de la naturaleza.
Valdez, según Michael Barkun, vincula los incidentes con la frontera de Colorado y NM, donde las mutilaciones y los avistamientos se multiplican como las facturas de un restaurante de comida rápida. La trama se enriquece con Paul Bennewitz, físico y empresario de Albuquerque, que en 1982 publicó “Project Beta” y afirmaba captar señales electrónicas provenientes de un punto “demasiado profundo para la actividad humana”.
Junto a él, John Lear, hijo del inventor del LearJet y ex piloto, en 1990 describió un edificio de siete pisos, dos millas bajo la superficie, con confirmaciones independientes de su existencia. Lear no era un simple cronista; su nombre traía credibilidad por la familia LearJet. El punto de inflexión fue Phil Schneider en 1995, quien, afirmando ser ingeniero de explosivos y ex empleado del gobierno, relató una batalla aérea entre soldados y seres alienígenas en la base.
Según Schneider, perdió varias dedos en el choque y la cifra de víctimas supuestamente fue de 60. Su muerte por suicidio en 1996 dejó al mundo con la sensación de haber perdido la última pieza de un rompecabezas que nadie podía ver. El rumor no se detiene. Se rumorea que la base, llamada “Nightmare Hall” en el sexto piso, alberga experimentos de control mental y cría de híbridos.
Se dice que existen 129 instalaciones similares en EE. UU., financiadas por un “black budget” que oscila entre 50 y 80 miles de dólares. A pesar de la falta de pruebas tangibles, la comunidad local sigue con sus avistamientos: Geraldine Julian, que afirma haber visto OVNIs desde los 60, asegura que la verdad está allí, al igual que el humo de la chimenea de la vieja grúa de la reserva Jicarilla Apache. El Pentágono, a finales del año, admitió la existencia de material de vuelo no identificado y la Marina publicó nuevas directrices para reportes.
Mientras tanto, la “Dulce Base UFO Conference” anual sigue atrayendo a curiosos que esperan encontrar la mezcla perfecta de mito y marketing. En definitiva, la leyenda de Dulce se ha convertido en una especie de feria de curiosidades que combina la ciencia ficción con la economía del miedo, donde cada mito es un boleto que se vende a la comunidad que cree en la posibilidad de un laboratorio alienígena bajo su propio techo.
Crítica:
El artículo se pierde entre mitos y hechos sin distinguirlos, quedando en la zona gris de la conspiración. No ofrece fuentes verificables, lo que deja al lector con más dudas que certezas.
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