Elmer McCurdy: The Funhouse Dummy That Was Actually A Corpse

Bandido que nunca se rindió

cultura Una escena de un parque de diversiones de los años 70 con un maniquí colgando de una cuerda, luz tenue, espectadores curiosos y una atmósfera de feria de miedo. El maniquí parece un cuerpo real, con una expresión siniestra y una caja con un letrero que dice: "El bandido que no se rinde".

En la década de los ochenta, el hijo de una madre sola en Maine, Elmer McCurdy, no dejó de ser un fracaso. El joven, sin padre y con la reputación de borracho de la infancia, se fue al Oeste a buscar fortuna, a la vez que se metía en la guerra, aprendiendo a usar nitroglicerina como un arma de cocina.

Cuando el ejército lo dejó sin chatarra, la vida de McCurdy se convirtió en una serie de intentos fallidos de robo de trenes y bancos. En 1911, el desastre se volvió literal: el explosivo que tenía pensado usar para abrir un tren acabó fundiendo el mismo oro que quería robar.

Con la misma rapidez que se derrite el chocolate bajo el sol de la tarde, McCurdy se quedó con sólo 46 dólares y dos jarras de whisky, y fue abatido por la policía el 7 de octubre de 1911. Su cuerpo, conservado en arsénico, quedó en la funeraria de Pawhuska sin reclamar, y el dueño de la casa funeraria, con más audacia que un payaso sin nariz, lo puso a la venta de manera bastante literal: la gente podía pagar una entrada con el dinero que dejara en la boca del cadáver. Cinco años después, un par de dueños de carnicería de feria se disfrazaron de hermanos de McCurdy y le robaron el cadáver.

El cuerpo, reencarnado en un maniquí, se convirtió en la atracción de la feria itinerante “El bandido que no quería rendirse”. Durante 65 años, el cadáver viajó como un turista sin pasaporte por lugares que iban desde el parque de diversiones cercano a Mount Rushmore, el Hollywood Wax Museum, hasta casas embrujadas de la vieja escuela.

Cada vez que un nuevo dueño lo exhibía, algunos visitantes pensaban que era un maniquí, otros un artefacto de la época. El punto de inflexión llegó en 1976, cuando un equipo de la serie televisiva *The Six Million Dollar Man* estaba filmando en Nu-Pike Amusement Park, en Long Beach, California.

Mientras ajustaban una figura colgante, uno de los camarógrafos soltó su brazo y se encontró con un hueso real. Los policías identificaron la figura como el cadáver de McCurdy. El cuerpo, tras más de medio siglo de girando por la costa, finalmente encontró su último descanso en la Summit View Cemetery de Guthrie, Oklahoma. La historia de McCurdy es un recordatorio de que la fama no siempre es buena, y que el humor negro puede ser la única forma de que los muertos se conviertan en mercancía.

La ironía de un bandido que, tras su muerte, se convirtió en la estrella de un funhouse, demuestra que la vida (y la muerte) de McCurdy seguirá siendo un espectáculo que la gente seguirá viendo con la misma curiosidad que un niño que quiere ver el último episodio de su serie favorita.

Crítica:

La crónica se alinea con la ironía, pero ignora la perspectiva de los descendientes de McCurdy. El título podría inducir a confusión sobre la legalidad de exhibir un cadáver.

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