¿Cómo afecta la baja natalidad a la economía de un país? No es como crees - Quo

Menos bebés, más plata: la verdad

economia Una escena urbana con una vieja máquina de escribir, libros abiertos y un teclado moderno sobre una mesa de madera, reflejando la mezcla de tradición y modernidad en la discusión sobre fertilidad y economía, sin rostros, sin texto visible, estilo minimalista y tonos neutros

Si creías que la baja natalidad era la bomba que hundiría a cualquier economía, prepárate para la versión de la calle: la crisis no está en el número de bebés, sino en la forma en que se manejan los billetes y las aulas. En 2023, la fertilidad global cayó a 1,3 hijos por mujer en varios países desarrollados, un número que hace que el viejo mito del "2,1 de reemplazo" suene como un chiste de oficina.

Dos demógrafos, Guillaume Marois y Wolfgang Lutz, del prestigioso IIASA, reescriben el guion. Su argumento: el desarrollo humano no regresa la tasa de nacimientos; al contrario, los países con mayor Índice de Desarrollo Humano (IDH) están viendo fertilidades más bajas. Los datos se despliegan como una lista de la compra: la educación y la productividad son los verdaderos protagonistas, no la cantidad de hijos. El viejo relato dice que, en la transición demográfica que empezó en la Francia del siglo XIX, la mortalidad caía antes que la fertilidad, y cuando esta última descendía, el crecimiento se frenaba.

Pero los números de 1960 a hoy muestran que la caída de la fertilidad tras el baby boom no se detuvo en 2,1; se hundió a 1,3 o incluso menos. Aún más, países nórdicos, que antes se consideraban modelos de equilibrio trabajo‑familia, han experimentado caídas pronunciadas. Marois y Lutz desmantelan el mito del 2,1 como una construcción artificial que solo tiene sentido bajo condiciones de esperanza de vida constante – algo que la realidad no respalda.

En lugar de tratar de empujar la cifra a 2,1, proponen una nueva estrategia: invertir en educación, en la productividad laboral y en sistemas de pensiones que acepten la baja natalidad como la nueva norma. Así, cada niño recibe más inversión, la economía se adapta y la innovación se mantiene. En la práctica, el mensaje es claro: la baja natalidad no es un enemigo, sino una oportunidad para rediseñar el capital humano.

Si los gobiernos se centran en la productividad y la educación, la economía puede seguir creciendo, incluso con menos bebés. Y en el mundo donde el consumo de carne y el aumento del trabajo remoto ya están cambiando la forma de vivir, la baja natalidad puede ser el último giro inesperado del juego. En resumen: la caída de los nacimientos no es la raíz del problema, la falta de inversión en educación y productividad es la que la convierte en un caldo de cultivo para la estancación.

El número de hijos es solo una cifra; lo que importa es cómo se usa el dinero y la mano de obra que ya existen.

Crítica:

El artículo subestima la influencia de los mercados laborales y la globalización. La propuesta de adaptar pensiones es válida, pero no aborda la caída de la demanda interna que acompaña a las bajas tasas de natalidad.

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