En la calle se dice que el tomate es el rey de la inflación, y el rey parece haber perdido la corona. 80 céntimos por kilo son la cifra que hace que la gente se pregunte si el tomate está pagando la renta o el alquiler. Pero, mientras los consumidores se resfrían con el precio más alto de la última década, los agricultores están tirando a la basura la cosecha con la misma actitud de quien deja el plato vacío porque el plato cuesta más que la comida.
El caso de Clara Sarramián, agricultora riojana, se ha vuelto el “caso abierto” de la economía rural. En 2025 el margen comercial origen‑destino alcanzó 81,1 %, el segundo más alto en una década, según el Observatorio de la Junta de Andalucía. Eso es un empujón de precios de la cadena de valor que no deja de hacer reír a los contadores.
Y la cifra de 0,61 €/kg del costo total del tomate, con mano de obra 0,258, semillas 0,081, estructura 0,078 y fertilizantes 0,059, contrastada con los 0,57 €/kg que se pagan al productor, proviene de un estudio de 2020 del Institut Cerdà. Los datos están claros: la diferencia es tan grande que el agricultor termina tirando la cosecha porque la mitad del precio del año anterior le cuesta más que su propio mano de obra.
En la práctica, eso significa que el 25‑30 % de los costes de la agricultura se gasta en recolección, envasado y transporte, y si no se recogen, el agricultor no pierde más dinero que el que ya pagó por sembrar. Pero no es una pérdida de la cosecha que beneficia al consumidor; es una estrategia de mercado que mantiene el precio elevado, al igual que el limón y el plátano.
La presión externa, especialmente la de Marruecos, y los conglomerados con doble cara hacen que el tomate se convierta en un arma de doble filo para la economía española. Cuando junio se abre la negociación de la PAC post‑2027, la pregunta que se hace es: ¿cómo salvar la industria que es la columna vertebral de la España vaciada sin que los agricultores se conviertan en víctimas de la propia política? El tomate ya es caro, pero el costo de volver a sembrar parece más barato que el precio de la fruta en el supermercado.
En la última década el tomate ha demostrado ser un buen negocio para los políticos, pero un mal negocio para los que viven de la tierra.
Crítica:
El artículo parece aceptar sin cuestionar el rol de la política exterior que empuja precios altos. Falta profundizar en las alternativas de mercado.
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