El estudio definitivo que muestra que las Zonas de Bajas Emisiones mejoran el aire pero hunden a las tiendas

Las ZBE limpian el aire... y ahogan tu barrio

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  Una ciudad dividida en dos: a la izquierda, una zona con tráfico reducido, aire cristalino y coches eléctricos de lujo aparcados frente a cafés vacíos; a la derecha, un barrio comercial con tiendas cerradas, carteles de 'Se alquila' y colas en supermercados low-cost. En primer plano, un semáforo con el letrero 'Zona de Bajas Emisiones' iluminado en rojo sobre un fondo de nubes contaminadas que se disipan hacia los límites de la ciudad. Estilo: fotografía documental con tonos fríos en la zona restringida y cálidos en el comercio moribundo. Sin personas, solo detalles urbanos: un contenedor de reciclaje lleno, un cartel de 'Cerrado por reformas' y un coche diésel aparcado en la periferia, humeando.

El aire huele mejor, pero el comercio se ahoga. Mientras los ecologistas celebran que las Zonas de Bajas Emisiones (ZBE) hayan reducido el NO₂ en Madrid un 3,4 % en 2022-2023 (y un 2 % en 2024-2025, porque hasta los coches viejos tienen fecha de caducidad), los comerciantes de Sol, La Latina o el centro de Barcelona están contando los días para cerrar.

Un estudio del IESE (sí, esos de la élite empresarial) dinamitó la fiesta verde: las tarjetas en pequeños comercios cayeron un 20,6 %, y la actividad comercial se desplomó hasta un 15 %. ¿El resultado? Miles de autónomos ahogados, mientras las grandes superficies —que sí tienen e-commerce— se frotan las manos con un 12 % más de ventas online. Francia ya dijo basta.

Y no fue por el aire, sino por la hipocresía: las ZBE son el equivalente a poner un cartel de 'Reservado para ricos' en el centro de las ciudades. Los que pueden, compran un coche eléctrico (o se compran un piso en las afueras y van en Uber); los que no, abandonan el barrio. Madrid Central costó 100 millones de euros (sí, como dos estadios del Atlético), pero nadie calculó que cada euro invertido en limpiar el aire se lo comían los comercios en facturas sin pagar.

Ricard Gil, el profesor del IESE que firmó el estudio, lo resume así: 'Las ZBE son como prohibir fumar en un bar: el humo baja, pero los clientes también'. El efecto rebote. Lo gracioso es que la mejora de la calidad del aire se habría producido igual sin las ZBE. Los coches contaminan menos por ley, y los más viejos se van renovando (aunque muchos acaban en pueblos cercanos, donde siguen escupiendo humo).

El verdadero agujero negro son los datos económicos: en Barcelona, el 30 % de los comercios en zonas restringidas ya están en riesgo de desaparición, según Cámaras de Comercio. Mientras, los ayuntamientos siguen vendiendo las ZBE como la panacea ecológica, ignorando que el 70 % de los madrileños no puede permitirse un coche eléctrico (y menos aún vivir en el centro). La paradoja final.

Las ZBE nacieron para salvar el planeta, pero acaban salvando solo a quienes ya tienen el planeta salvado: los que pueden permitirse el lujo de respirar aire limpio y comprar en el barrio. Francia las eliminó; en España, las jueces las tumbaban y las resucitaban como un Frankenstein político.

¿Solución? Quizá sea hora de preguntarse si limpiar el aire vale más que ahogar la economía de los barrios. O si, como en todo, el problema no es la contaminación, sino la desigualdad que se esconde tras cada medida 'ecológica'.

Crítica:

El estudio del IESE brilla por su rigor, pero calla cómo las ZBE benefician a promotores inmobiliarios (menos coches = más valor de suelo) y a grandes cadenas (que ya dominaban el e-commerce). El artículo, en cambio, solo muestra la mitad del iceberg: la crisis comercial. ¿Dónde está el análisis de alternativas? Nada de 'soluciones', solo más datos que alimentan el debate sin cerrarlo.

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