La mentira del estrecho de Ormuz para vaciarte el bolsillo

Ormuz: el negocio que no necesita crisis

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  Una escena minimalista en un puerto nocturno: contenedores apilados como fichas de dominó a punto de caer, mientras en el horizonte se ve un barco petrolero iluminado por focos rojos y azules, como en una película de espías. Al fondo, siluetas de ejecutivos en trajes oscuros observando un gráfico de bolsa que sube en vertical, con la palabra 'MIEDO' escrita en neón verde. El mar está en calma, pero el ambiente huele a dinero fácil. Todo en tonos fríos (azules eléctricos, negros metálicos) y con un halo de humo artificial que simula 'negocios turbios'. Estilo: 'Blade Runner' meets 'El Gran Gatsby' con un toque de 'Wall Street'.

El estrecho de Ormuz: el mejor invento para que los petroleros se forren sin mover un dedo. Imagina que vas al supermercado y, de repente, el dependiente te dice: «Oye, que puede faltar aceite de oliva, por si acaso, pague un 30% más». No hay escasez, no hay guerra declarada, pero tú, el consumidor, ya estás pagando por el miedo a que mañana no haya.

Eso es el estrecho de Ormuz, pero en versión global: 20 millones de barriles diarios (el 25% del petróleo mundial, según la Agencia Internacional de la Energía) transitando por un punto que, si se tapan, suena a apocalipsis. Y vaya si suena. El teatro del miedo tiene guion.

Cuando los medios gritan «¡Bloqueo en Ormuz!», los mercados no esperan a que pase nada: suben el precio del barril por adelantado, como si fuera una lotería donde todos pierden menos los que venden el billete. No es magia: es ingeniería financiera con corbata. En 2022, con la guerra en Ucrania, el aceite de girasol —que representaba el 40% de las importaciones españolas— se disparó un 64% en una semana.

¿Resultado? Los españoles pagamos de más por un producto que, al final, llegó de Argentina o Paraguay. ¿Dónde está el aceite ucraniano? En los bolsillos de los que especularon con el pánico. Y lo más gracioso: hoy el aceite de girasol cuesta lo mismo que antes de la guerra, pero nadie devuelve el dinero. El truco está en la psicología del consumidor.

No hace falta que Ormuz se cierre: basta con insinuarlo. Los oligopolios energéticos tienen un superpoder: pueden convertir un riesgo real en una excusa para subir precios. Y los grandes medios, que no son filántropos, colaboran. ¿Ejemplo? Cuando la factura de la luz se disparó, nadie explicó que el 30% del encarecimiento no era por la energía, sino por el coste de vender el miedo.

Como cuando tu vecino te dice: «Compra pan ahora, que mañana sube», y al día siguiente el pan sigue igual, pero tú ya pagaste extra por el privilegio de preocuparte. La pregunta incómoda no es si habrá guerra en Ormuz, sino quién se beneficia de que la temamos. Porque al final, el ciudadano paga dos veces: una por el combustible y otra por el espectáculo.

Mientras, los que apuestan por el caos se retuercen las manos. Como aquel tendero que, cuando llega una tormenta, sube el precio del paraguas «por si acaso». La diferencia es que aquí el paraguas es tu coche, tu casa y tu plato de lentejas. Datos duros para que no se nos olvide: - 20 millones de barriles/día pasan por Ormuz (el 25% del petróleo mundial, según la AIE). - 2022, aceite de girasol: +64% en una semana por el pánico a Ucrania (aunque al final vino de América). - Hoy: el aceite cuesta lo mismo, pero el dinero extra se lo quedó quien lo acaparó. - Factura de la luz: el 30% del encarecimiento fue por vender miedo, no por generar energía. Moraleja callejera: Si alguien te dice «Compra esto que puede faltar», pregúntale: «¿Y tú qué ganas?».

Porque en este mundo, el verdadero negocio no es el producto: es el susto que lo acompaña.

Crítica:

El artículo acierta al desmontar el mecanismo psicológico, pero pecaría de ingenuo si no mencionara el papel de los fondos de inversión y los swaps energéticos como herramientas clave de esta estafa institucionalizada. Y sí, el título original es demasiado educado: el verdadero escándalo no es 'la mentira de Ormuz', sino cómo nos hacen pagar por el privilegio de vivir en un mundo inestable.

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