El Estrecho de Gibraltar, epicentro del estraperlo con chaleco salvavidas. Resulta que mientras la Armada española hacía lo propio con el Flotex-26 –un ejercicio de desembarco que suena más a verbena playera–, unos tipos con más maña que un pulpo en un garaje se llevaron tres lanchas rápidas, del modelo Duarry Supercat (unos cinco metros de pura adrenalina), once trajes secos y un montón de trastos militares.
O sea, básicamente, el kit del buen marino. El robo, en la playa de El Retín, Barbate, Cádiz, le provocó un “enorme malestar” a la Armada, que debe estar acostumbrada a más sobresaltos.
La Guardia Civil, con la rapidez de un rayo en un día nublado, recuperó las lanchas en 72 horas.
Las encontraron aparcadas cerca del polideportivo municipal, como si fueran un coche robado y no un activo estratégico. La Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC) no perdió tiempo en compartir fotos del hallazgo en redes sociales, demostrando que hasta los agentes están enganchados a Instagram.
Lo curioso no es el robo en sí (que ya es bastante), sino el descaro. Los “petaqueros”, esos que le echan gasolina a las narcolanchas, conocen la costa gaditana como la palma de su mano. Saben cuándo y dónde duermen los peces… y las lanchas de la Armada. La operación, con motores fueraborda de 25 caballos, es una muestra de que el narcotráfico en la zona no es un juego de niños, sino una industria con logística y desfachatez.
Un negocio que, por cierto, parece tener más recursos que algunos departamentos de Defensa.
Crítica:
La noticia es un espejo de la impotencia. Se centra en la recuperación, pero omite la pregunta clave: ¿cómo es posible que unos narcos puedan burlar la seguridad de la Armada en un ejercicio estratégico? El titular es correcto, pero insuficiente.
Comentarios