Crítica:
El artículo se queda en la superficie al no profundizar en las estructuras de poder que perpetúan este ciclo de consumo. El titular, aunque llamativo, podría interpretarse como un ataque a los individuos en lugar de al sistema.
El artículo se queda en la superficie al no profundizar en las estructuras de poder que perpetúan este ciclo de consumo. El titular, aunque llamativo, podría interpretarse como un ataque a los individuos en lugar de al sistema.
La fiebre por la Inteligencia Artificial está haciendo mella en las mentes de los peces gordos tecnológicos. No es una teoría conspiranoica, lo dice Aaron Levie, fundador y CEO de Box, una empresa de almacenamiento en la nube cuyo valor supera los 2.600 millones de dólares. Levie diagnostica una "psicosis de la IA" entre sus colegas, una desconexión total con la realidad del "último kilómetro" del trabajo, es decir, el sudor y las lágrimas de los ingenieros que intentan convertir las alucinaciones de los directivos en productos funcionales. El ejemplo es sencillo: el CEO presume de un prototipo “asombroso” creado por un chatbot, mientras el equipo de desarrollo se rompe la cabeza arreglando errores en el código antes de que la cosa explote en producción. Suena familiar, ¿verdad? Como cuando tu jefe te pide un informe “para ayer” sin entender que los datos no se fabrican con magia. La cosa va más allá de un simple desatino empresarial. Casos como el de Geoff Lewis, socio de Bedrock (una firma de inversión que apostó fuerte por OpenAI), preocupan: Lewis llegó a creer que estaba siendo víctima de una conspiración orquestada por una entidad gubernamental invisible. ¿Demasiado? Quizás. Pero la línea entre el optimismo desmedido y la paranoia inducida por la IA es cada vez más difusa. En realidad, lo que Levie describe podría ser simplemente “ceguera organizativa”, ese fenómeno en el que los líderes se pierden en sus hojas de cálculo, reuniones por Zoom y proyecciones de beneficios, olvidando que alguien tiene que escribir el código, conectar los cables y lidiar con los fallos. Un espejismo alimentado por la ambición desmedida y la promesa de una rentabilidad inmediata que, por ahora, no existe. Porque, seamos honestos, la IA no ha demostrado ser el gallina de los huevos de oro que prometían. El último estudio revela que el 99% de los CEOs planea despedir gente y reemplazarlos con IA en los próximos dos años. ¿Genios o locos? El tiempo (y la lista de desempleados) lo dirá.
Elon Musk quiere que inviertas en cohetes, pero las cuentas apestan a chamusquina. Resulta que la empresa que promete colonizar Marte, SpaceX, no está precisamente nadando en beneficios. De hecho, perdió 4.900 millones de dólares en 2025, a pesar de ingresar 18.700 millones. No es un error de cálculo, señores, son casi cinco mil millones evaporados. Y para que te hagas una idea del pastel que pretenden venderte, quieren recaudar nada más y nada menos que 80.000 millones de dólares, con una valoración de 1,75 billones. Un billón, con 'b'. Eso la colocaría entre las diez empresas más valiosas de Estados Unidos. ¿El problema? Saudi Aramco, la petrolera estatal saudí, la empresa más rentable del planeta, se valoró en 1,7 billones, pero con un multiplicador de 6 veces sus ventas anuales. SpaceX pide un multiplicador de 15. Es como intentar vender un coche de juguete a precio de mansión. Para justificar esta locura, SpaceX calcula un mercado potencial de 28,5 billones de dólares, incluyendo un 80% en “aplicaciones empresariales” que, según parece, son más ciencia ficción que realidad. Hablamos de una plataforma de IA llamada “Macrohard” que aún no existe. En resumen, te piden que apuestes a que una empresa que pierde dinero a espuertas vaya a generar beneficios estratosféricos gracias a tecnología que está en la imaginación de sus ingenieros. Mientras tanto, Twitter (ahora X), la otra joya de la corona de Musk, ha visto sus ingresos desplomarse un 59% desde que él tomó el control. ¿Inflación? Sí. ¿Realidad? También. La pregunta es, ¿estás dispuesto a tirar tu dinero a un agujero negro por la promesa de llegar a las estrellas?
Santi, un fontanero con olfato para el negocio (y para TikTok, seamos sinceros), ha destapado la polvorienta verdad que se esconde tras las paredes de tu chalet: el cobre. No hablamos de tuberías, hablamos de un filón. Mientras tú te preocupas por si el multicapa es mejor que el polietileno reticulado, los fontaneros calculan si 'limpiar' la casa te sale más a cuenta que dejar el cobre viejo. Y no es una limpiecita cualquiera, es una excavación arqueológica con beneficio asegurado. Santi lo ha documentado todo, como si fuera un expolio legal. Pesaje industrial, DNI para control legal (que no nos engañemos, es para evitar que alguien se forre con cobre robado), y la confirmación de que la fontanería moderna viene con un extra: 1.588 euros limpios por el cobre rescatado de una sola obra. ¡Casi un sueldo extra! Mientras el precio de la luz nos deja temblando, el cobre se cotiza al alza en el mercado secundario. Es como encontrar un billete de 50 euros en el bolsillo de un abrigo viejo. Pero ojo, que no todo es oro (o cobre) lo que reluce. Santi insiste en que hay que hablar claro con el dueño de la casa. ¿El cobre es tuyo? ¿O es del fontanero? Un detalle legal importante para evitar que la reforma te salga por las orejas. La próxima vez que llames a un fontanero, pregúntale no solo por el precio del trabajo, sino también por el destino del cobre. Podrías llevarte una sorpresa… o un buen pellizco.
El futuro es una residencia, y no precisamente la tuya. El informe de Cefas, orquestado por Alejandro Macarrón, no te da buenas noticias: jubilarse, pronto, será un lujo. Mientras en Alemania ya piensan en estirar la jubilación hasta los 73 en 2060, aquí, con una tasa de fecundidad en torno a 1,10 hijos por mujer (casi un fracaso reproductivo), nos enfrentamos a una tormenta perfecta. En 2024, la Seguridad Social se tragó 181.254 millones de euros, el 11,2% del PIB, siendo las pensiones de jubilación las que más hambre tienen (125.369 millones). Pero la hucha está más vacía que el Congreso en agosto: solo ingresaron 146.149 millones, dejando un agujero operativo de 33.868 millones que, con transferencias y añadidos, se infla hasta los 69.783 millones. Una cifra que eclipsa el déficit total de todas las Administraciones Públicas. ¿La proporción de trabajadores por pensionista? Antes había siete por uno. Ahora, apenas 2,9. Y es que, con una tasa de sustitución del 80% (de cada 1.000€ cotizados, recibes 1.740€), el sistema es más generoso que el vecino que te invita a todas las cervezas. Los planes de pensiones privados, con apenas 137.000 millones de euros (¡un mísero 8% del PIB!), dan más pena que gloria. La moraleja es clara: o empezamos a hacer más bebés, o a trabajar hasta que nos duelan las articulaciones, o a rezar para que alguien invente la pensión eterna.
La jubilación, ese espejismo en el horizonte laboral, se desvanece con cada cotización. Alfonso Muñoz Cuenca, un funcionario con la valentía de un Quijote moderno, ha destapado el pastel: cotizar 40 años al máximo puede dejarte con menos del 50% de lo invertido. La paradoja es tan flagrante que hasta el más optimista empieza a considerar el colchón bajo el somier como plan de pensiones. La Orden PJC/297/2026, ese nombre impronunciable, fija la base máxima de cotización en 5.101,20 euros mensuales para 2026. ¿Y la pensión máxima? 3.359,60 euros. Casi 1.742 euros de diferencia que se esfuman como humo en una fábrica de promesas electorales. El principio de contributividad, esa idea bonita de que cuanto más das, más recibes, se topa con un muro de ladrillo burocrático. Un trabajador que ha cotizado a tope durante cuatro décadas, podría aspirar a unos 5.100 euros mensuales… si no fuera porque el tope legal lo reduce a 3.359,60 euros. Un desequilibrio de casi 2.000 euros que suena a tomadura de pelo. Incluso aquellos que han tenido altibajos en su vida laboral, con periodos de desempleo o salarios bajos, pueden ver cómo sus cotizaciones más altas sirven para apuntalar las pensiones de otros. El sistema, en esencia, funciona como un calcetín desparejado: los que más aportan, terminan dando por los demás. El drama se agudiza con las jubilaciones anticipadas, donde los coeficientes reductores se aplican sobre el tope máximo, no sobre la pensión teórica. Un trabajador que se jubila a los 63 años, tras una vida de esfuerzo, puede quedarse con una pensión final de 2.165,59 euros, mientras que otro que ha cotizado solo 15 años a tiempo parcial, con una base de 1.100 euros, percibe 1.127 euros sin retención de IRPF. La conclusión, demoledora, es que el primero recibe menos del 50% de lo que aportó, mientras que el segundo, más del 100%. ¿Dónde quedó la meritocracia? ¿En la sección de rebajas de la Seguridad Social?
Mientras el precio de la gasolina se dispara – un 33% más caro que antes de la crisis, según los datos – Mali Hightower, un manitas de Georgia, ha encontrado una solución...rosa. Sí, rosa Barbie. Harto de pagar 90 dólares por llenar el depósito de su Mercedes descapotable de 1996, Hightower ha reconvertido una vieja camioneta Barbie Dream Camper para sus trayectos cortos. Le ha metido un motor de un pistón alimentado por un tirón de cuerda, como si fuera un cortacésped. La cosa, surrealista en la gasolinera, resume a la perfección el momento: con 283 millones de coches en Estados Unidos, el 90% de ellos bebiendo gasolina como si no hubiera un mañana, la creatividad se impone. No es lo más cómodo para un adulto (mide menos de 1,20 metros), pero es infinitamente más barato. Más allá de la anécdota, la historia de Hightower es un grito desesperado por alternativas: transporte público decente, vehículos eléctricos accesibles. Pero, de momento, la Barbie Camper es la única opción viable para muchos. Una solución a la americana, con mucho plástico y un toque de ironía.
Bill Winters, CEO de Standard Chartered, ha cometido la torpeza de verbalizar lo que muchos directivos piensan en voz baja: que sus empleados son prescindibles. Y no solo prescindibles, sino 'capital humano de bajo valor'. La frase, soltada durante una presentación en Hong Kong sobre los ambiciosos planes del banco (cuyos objetivos, por cierto, pasan por recortar un 15% de la plantilla, es decir, unos 8.000 puestos, para 2030), ha desatado un tsunami de indignación online. Winters, como un político pillado con la mano en la masa, ha intentado rectificar con una nota interna, alegando que sus palabras fueron sacadas de contexto y que no pretendía menospreciar a nadie. Alega que no es una cuestión de recortar gastos, sino de sustituir 'capital humano de bajo valor' por 'capital financiero' e 'inversión'. Vamos, que prefiere una máquina a un currículum vitae, y no le da demasiada importancia a las consecuencias humanas. La ironía es que el banco, con sede en Londres, se pavonea con sus nuevos objetivos financieros mientras amenaza con dejar a miles de familias sin sustento. El mercado, como un loro amaestrado, ha respondido con aplausos (o al menos, con indiferencia) ante esta 'optimización de recursos'. Incluso Halimah Yacob, ex-presidenta de Singapur, se ha sumado a las críticas, calificando la expresión de 'perturbadora'. Ahora, la propia Alphaville del Financial Times vende merchandising con el lema 'capital humano de bajo valor' para celebrar nuestra inminente obsolescencia. ¿El futuro, señores? Parece que viene con un código QR para la oficina de desempleo. El episodio no es más que la punta del iceberg de una tendencia preocupante: la deshumanización del trabajo en la era de la inteligencia artificial. Y el Sr. Winters, sin quererlo, nos ha dado una lección sobre cómo no hablar en público.
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