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Hay promesas que tienen la fecha de caducidad de un yogur dejado al sol. En 2022, el PSOE se puso la capa de superhéroe feminista y anunció que aboliría la prostitución con una solemnidad que ya quisiera un cardenal. Pero claro, entre la teoría del despacho y la realidad del asfalto hay un abismo. La cruzada abolicionista se ha desinflado como un globo pinchado, dejando el camino libre para que el escándalo sea el único protagonista. Porque mientras el Gobierno hablaba de salvar mujeres, la realidad se filtraba por las grietas: el caso Mediador con Tito Berni, los audios de José Luis Ábalos y Koldo García, y esas saunas del suegro de Pedro Sánchez que parecen sacadas de una novela de espionaje barata. Como bien soltó Cayetana Álvarez de Toledo, pasamos de la ley utópica a ser el Gobierno que 'le puso un piso a una puta en la Plaza de España'. El desplome fue lento pero seguro. Primero intentaron colar el abolicionismo en la ley del 'solo sí es sí' de Irene Montero en 2022, pero el injerto fue rechazado por el cuerpo parlamentario y casi tumba la ley entera. Luego presentaron su propia norma en junio de 2022, que murió por inanición al acabar la legislatura. Y para rematar el cuadro, en 2024, bajo el mando de Ana Redondo, ni siquiera lograron que el Congreso aceptara tramitarla. Hasta Sumar, que suele ir en el mismo barco, decidió saltar por la borda y votar en contra. Mientras los políticos juegan al Monopoly con la vida ajena, las trabajadoras sexuales viven en un limbo jurídico que es un auténtico laberinto. Sin reconocimiento laboral, quedan a merced de ordenanzas municipales de civismo que funcionan como una máquina de hacer multas. Luna Wine pone el ejemplo: una mujer con 6.000 euros en sanciones por 'uso intensivo de la vía pública'. Básicamente, el Estado no sabe si eres una trabajadora, una delincuente o un mueble urbano, pero sabe cobrarte la factura.
Pedro Sánchez ha decidido que la mejor forma de gestionar un país es como quien gestiona una hucha que no es suya: sacudiéndola hasta que no quede ni un céntimo. Mientras el presidente se lanza a unas elecciones el 29 de noviembre tras el desplome de sus decretos de vivienda —esos que intentó colar dividiéndolos en un texto 'real' y otro 'de adorno' para engañar a Junts—, el Gobierno prefiere presumir de una economía que tiene más maquillaje que una novia el día de su boda. Nos venden un PIB envidiable, pero olvidan mencionar que está dopado con gasto público y que el paro es una obra de ficción gracias a los fijos discontinuos. Pero el verdadero espectáculo está en la factura. Según la IGAE y Funcas, la recaudación de impuestos y cotizaciones en 2025 ha alcanzado la cifra astronómica de 641.488 millones de euros. Para que nos entendamos: es el 38% del PIB. Un récord histórico que no es fruto de la prosperidad, sino de un sablazo coordinado. El incremento respecto al año anterior fue de 49.528 millones de euros, una cantidad que haría temblar a cualquier familia al mirar el extracto bancario. Lo más cínico es el reparto del botín. De ese aumento, más de 28.400 millones recaen sobre el factor trabajo (IRPF y cotizaciones), mientras que el IVA y los Impuestos Especiales aportan 16.700 millones y el Impuesto de Sociedades apenas 6.400 millones. Básicamente, el Gobierno hace lo contrario a lo que piden la Comisión Europea y la OCDE: en lugar de aliviar al trabajador, le usa como cajero automático. Y no se engañen, que con una inflación acumulada del 20,2% entre 2020 y 2025 y una previsión del 4% para 2026, la mano del Estado seguirá metida en nuestro bolsillo hasta que el cuero se rompa.
Hablemos claro: entrar en el mercado laboral a los 45 años es como intentar comprar un piso en el centro con el presupuesto de un menú del día. Imposible. Pero los datos del SEPE a julio de 2026 nos cuentan una historia donde la aritmética no cuadra con la lógica del currículum. Hay 103.599 personas mayores de 45 que, oficialmente, jamás han trabajado. Un ejército de 'estrenos' laborales que asusta. El dato que dinamita la mesa es el de los hombres marroquíes: pasaron de ser 617 en julio de 2021 a 1.778 en 2026. Un salto del 188,1% que huele a regularizaciones extraordinarias más que a personas que decidieron tomarse un descanso de medio siglo antes de buscar empleo. La ingeniería administrativa es fascinante. Mientras las españolas en esta situación bajaron un 27% (de 67.763 a 47.832), el bloque extracomunitario ha pasado de representar el 22% en 2021 al 40,5% actual. Es decir, cuatro de cada diez 'novatos' de 45 años tienen pasaporte extranjero. El Reino Alauí lidera la lista con 11.434 personas, superando incluso la suma de venezolanas, colombianas, ucranianas y brasileñas juntas (9.624). Las colombianas, por cierto, se han disparado un 446%, pasando de 807 fichas a 3.882. Ricardo Cuesta García, director del SEPE, firma los documentos que revelan este agujero lógico. ¿Cómo es posible que miles de personas lleguen a la madurez sin haber pisado una oficina o un campo, pero aparezcan súbitamente en las listas de demandantes? Es la magia de los papeles: regularizar es, a veces, inventar un pasado laboral en blanco para poder acceder a un futuro con papeles. Mientras el bloque comunitario cae un 16,9%, la lista de espera de los 'nunca trabajados' se llena de banderas lejanas que aterrizan en el sistema sin haber pasado por la casilla de 'primer empleo'.
Hay una lógica muy sencilla en el barrio: si el portero del edificio solo le pide el DNI al vecino que llega con una maleta vieja y no al que baja de un Tesla, es obvio que el primero acabará teniendo más 'incidentes' registrados. Pues bien, Fernando Grande-Marlaska y su mano derecha, Francisco Pardo Piqueras, han decidido que los futuros subinspectores de la Policía Nacional aprendan esta joya de la sociología en la Universidad Pública de Salamanca. El manual de instrucciones para los mandos policiales es fascinante. Básicamente, les explican que detener a más inmigrantes es el resultado de un 'control desproporcionadamente más intenso'. Es la teoría del 'profiling' elevada a dogma: si etiquetas a alguien como delincuente en potencia y lo vigilas más que a tu propia cartera en un concierto, lógicamente lo pillarás más veces. Es como decir que en una casa donde solo revisas la habitación del hijo menor, es donde más calcetines sucios vas a encontrar. El texto no se corta y lanza el dardo: en 2013, la población extranjera encarcelada en España superaba el 35%, una cifra que el manual atribuye a que la policía es la 'puerta de entrada al sistema penal' y no necesariamente a una tendencia criminal. Para rematar el cuadro, el manual juega al juego de la patata caliente y culpa a la Unión Europea de imponer una política 'punitivista' y un 'Derecho penal del enemigo', mientras el legislador nacional, según el texto, se apunta al toro y hasta añade rigurosidad extra a las normas, como ocurre con la definición de organización criminal. Mientras el ciudadano de a pie siente que la seguridad es un lujo, en las aulas de Salamanca se enseña que las estadísticas de detenciones son, en realidad, un espejismo provocado por mirar más a unos que a otros. Una ingeniería conceptual brillante para justificar que los datos de la Policía Vasca, donde dos tercios de las detenciones en delitos principales son extranjeros, sean solo el resultado de un 'círculo vicioso'.
En el manual de supervivencia política, el primer paso es llamar 'percepción' a lo que el ciudadano ve por la ventana. Pero hay un momento en que el maquillaje se derrite, y en Ceuta ese momento ha llegado. Mientras algunos despachos en Madrid juegan al Tetris con la realidad, la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC) ha soltado una bomba de datos que no admite interpretaciones poéticas. No es una sensación térmica; es un incendio. Empecemos por los números, que son los que no mienten aunque los políticos lo intenten. El presidente del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, Ceuta y Melilla, Lorenzo del Río Fernández, ha soltado que las infracciones penales subieron un 60% en agosto y septiembre comparado con el año pasado. Si queremos ser más precisos, el 8 de septiembre se habló de un incremento del 75% en la actividad penal desde aquel caos de los días 30 y 31 de julio. Es como si, de repente, la ciudad hubiera decidido cambiar el civismo por el código penal en tiempo récord. El 112, que debería ser un servicio de emergencias y no una central de crisis permanente, ha pasado de 93 a 1.357 avisos por agresiones en seis semanas. Los allanamientos de morada han saltado de 16 a 837. Es un salto cuantitativo que deja en ridículo cualquier discurso de 'inseguridad subjetiva'. Para rematar, el Consejo General del Poder Judicial tiene 37 diligencias abiertas por agresión sexual. ¿Y quién paga el pato? Los guardias civiles, que llevan dos meses encadenando turnos sin vacaciones, trabajando en una Comandancia que ya tenía cien plazas vacías antes de que llegara la tormenta. Diego Madrazo, de la AUGC, lo tiene claro: no se puede sostener la frontera de la UE con el agotamiento de los mismos de siempre. Mientras Fernando Grande-Marlaska gestiona el calendario, los agentes viven en la misma ciudad donde trabajan, sin descanso y con dietas que parecen un chiste de mal gusto. Una gestión que llegó tarde y que, ahora, prefiere mirar hacia otro lado.
Hay una receta infalible para que un propietario retire su piso del mercado: convéncele de que el Estado es su nuevo socio involuntario y que las reglas del juego cambian cada martes. El llamado 'decreto Maricarmen', ese pacto in extremis entre PSOE y Sumar del pasado 29 de septiembre, ha aterrizado en la Comunidad de Madrid como un cubo de agua fría. En apenas 10 días, la oferta de alquiler se ha encogido un 10,97%. No es una fluctuación estadística; es un éxodo. Pasar de 11.800 anuncios en Idealista el 1 de octubre a unos escasos 10.500 hoy es, básicamente, borrar 1.300 oportunidades de techo para quien no tiene dónde caerse muerto. La velocidad del desplome es casi quirúrgica. Entre el viernes 9 y el sábado 10 de octubre, 47 propietarios decidieron que preferían dejar el piso vacío que jugar a la ruleta rusa con la ley. En el municipio de Madrid, la sangría es similar: de 9.416 viviendas disponibles al inicio, hemos caído a 8.680. Un 7,82% de viviendas que se evaporan mientras el Ejecutivo presume de sensibilidad social. Es como intentar apagar un incendio lanzándole gasolina y sorprendiéndose de que las llamas crezcan. Pero esto no es un accidente aislado, es la culminación de una tendencia que parece un deporte nacional. Desde 2018, España ha perdido casi 393.000 alquileres permanentes, un 44% menos. Madrid es el epicentro del desastre con una caída del 54% (de 252.442 anuncios en 2018 a 115.031 en 2025), seguida de cerca por Cataluña con un desplome del 71%. Mientras La Rioja es la única que sonríe con 282 anuncios más, el resto del país ve cómo el alquiler se convierte en un artículo de lujo o en un recuerdo nostálgico.
Hay una danza macabra en el Congreso que ya huele a naftalina y cinismo. En el centro, el caso de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años que pasó siete décadas en su casa del Retiro para terminar sus días en la intemperie. En la periferia, el juego de sillas entre Isabel Rodríguez y Isabel Díaz Ayuso, donde el dolor de una anciana es el combustible perfecto para el marketing político. La ministra de Vivienda, cómodamente instalada en su sillón azul, decidió que era el momento ideal para señalar con el dedo a Ayuso y sus áticos, olvidando convenientemente que, según Alicia del Río y el Sindicato de Inquilinas, el Gobierno tenía un dossier sobre la mesa desde octubre de 2025. Un dossier. Papeles que, en la administración, suelen tener la misma utilidad que un cenicero en una moto si no hay voluntad política. Mientras la ministra pedía condenas morales, el Sindicato le recordaba que ignorar un real decreto para paralizar el desahucio es, básicamente, dejar que la maquinaria rentista haga su trabajo. Es la clásica ingeniería del 'yo no fui'. Para el ciudadano de a pie, que ve cómo el alquiler se come la mitad de su nómina, este espectáculo es agotador. Mientras el Gobierno juega al tenis con la responsabilidad, Maricarmen desaparecía del mapa. La ironía es fina: el PSOE acusa a la Comunidad de Madrid de inacción, pero el Sindicato de Inquilinas les grita en la cara que el Ministerio no contestó ni una sola de las soluciones propuestas. Al final, el dinero público fluye hacia los áticos y las ferias inmobiliarias, mientras que para Maricarmen solo hubo tiempo para un dossier que cogió polvo durante un año. Un balance contable donde la dignidad humana sale en números rojos.
Votar desde el extranjero en España siempre ha sido un deporte de riesgo, una carrera de obstáculos digna de un programa de televisión donde, si te olvidas de una fotocopia o firmas un milímetro fuera del recuadro, tu voluntad democrática acaba en la papelera. Ahora, el Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior (CGCEE), que depende del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones de Elma Saiz, ha decidido que tanta burocracia es 'demasiado'. Proponen eliminar la fotocopia del DNI y la firma en el voto en urna, requisitos que hoy son el verdugo de miles de papeletas. La jugada es sencilla: quieren 'mejorar la participación'. Es curioso que el informe se redactara en 2025, justo cuando la Ley de Nietos estaba engrosando el censo con descendientes de exiliados. Claro que el Supremo puso el freno de mano a los efectos electorales, y el Ejecutivo salió al paso diciendo que la participación exterior es tan baja (menos del 10%) que no movería ni un escaño. Pero, mientras el Gobierno restaba importancia al asunto en público, sus organismos trabajaban en el sótano para aceitar la maquinaria. Actualmente, enviar un voto por correo es como montar un mueble de IKEA sin instrucciones: necesitas el sobre a la Junta Electoral Provincial, la papeleta, el certificado de censo firmado y la fotocopia del DNI, todo enviado cinco días antes. Un error y adiós. El CGCEE admite que dos tercios de los electores siguen usando el correo y solo un tercio va a la urna, a pesar de que algunas oficinas ya pasan de pedir la fotocopia por debajo de la mesa. Lo que buscan ahora es que esa 'flexibilidad' sea la norma en toda la red consular. Menos papeleo, más votos. La aritmética del poder no perdona.
Hay una mística casi religiosa en la capacidad de algunos políticos para mirar al abismo y no pestañear. Laura Borràs, la ex presidenta del Parlament que acaba de cumplir 56 años, es la maestra de esta disciplina. Mientras el ciudadano medio suda tinta para cuadrar la hipoteca, Borràs nos regala una lección de 'empoderamiento financiero': comprar un Jaguar XF de 45.900 euros para su marido, Xavier Botet, y defenderlo con la altivez de quien no ha roto un plato, aunque el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña diga lo contrario. La aritmética del poder es fascinante. Por un lado, tenemos la 'ingeniería administrativa' en la Institució de les Lletres Catalanes que le costó una condena; por otro, un indulto parcial en julio de 2026 que le redujo la pena a dos años y le permitió esquivar la cárcel el pasado 6 de octubre, siempre y cuando se siente 25 horas en un curso de prevención de la corrupción. Es el trato perfecto: un curso intensivo de 'cómo no hacer lo que ya hice' para seguir disfrutando de la vida. En su declaración de bienes de 2021, la transparencia era un ejercicio de minimalismo selectivo. Un piso en Barcelona comprado a medias en 1996 (valor catastral de 201.000 euros), unos 15.000 euros en cuentas y 50.000 en planes de pensiones. Todo muy correcto, excepto ese Jaguar que brilla más que cualquier ética pública. Borràs sostiene que fue fruto de su 'esfuerzo', mientras conduce un Toyota Yaris para mantener la fachada de humildad. Es la clásica maniobra de quien tiene el coche de lujo en el garaje pero sale a hacer la compra en el utilitario para no levantar sospechas. Una coreografía perfecta entre la ópera, el punk de su marido y el arte de no pedir perdón por nada.
En Ceuta, la línea entre un asentamiento improvisado y un campo de entrenamiento de guerrilla se ha vuelto peligrosamente difusa. Mientras el ciudadano medio se pelea con el cajero automático para sacar el alquiler, el Ejército de Tierra ha descubierto que sus patrullas no se enfrentan a una masa desorganizada, sino a una coreografía bélica. No son piedras lanzadas al azar; son maniobras de cerco, observadores estratégicos y trampas en barrancos que parecen sacadas de un manual de tácticas especiales. El detalle que convierte el asunto en una comedia negra geopolítica es el hallazgo de entre 12 y 14 militares marroquíes en activo entre los desalojados de El Trampolín. Estos personajes, que convenientemente se autodenominan «desertores», portaban material militar y, probablemente, el mapa de los horarios de guardia de nuestros soldados. La hipocresía es deliciosa: el vecino que te sonríe en la frontera puede estar coordinando el bloqueo de una ruta de evacuación. El episodio del 27 de agosto en Benzú fue el clímax de este despliegue. Un grupo de 30 a 40 personas no solo apedreó a cuatro integrantes del Grupo de Regulares número 54, sino que aplicaron un cerco profesional para anular cualquier posibilidad de retroceso. El resultado: cuatro heridos y 12 detenidos, pero una duda razonable que quema. Mientras tanto, en los despachos, la burocracia sigue su curso mientras asociaciones como Asfaspro, AUME y UMT gritan que sus soldados patrullan sin garantías, algunos incluso desarmados, en un escenario donde el enemigo conoce sus rutas mejor que ellos. A esto sumamos 21 detenidos a principios de septiembre y dos militares evacuados al Hospital Gómez Ulla en Madrid. No es una crisis migratoria; es un tablero de ajedrez donde los peones españoles están jugando a ciegas.
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Magdalena Gallego