Harold Edward Holt, quien nació el 5 de agosto de 1908 y se convirtió en el 17.º primer ministro de Australia en 1966, a la edad de 57 años, era un hombre que jugaba al ajedrez con la diplomacia mientras hacía cola en la fila de la democracia. Su ascenso fue tan rápido como su caída: de ser el diputado más joven en 1935, con un cargo por Fawkner y luego Higgins, hasta liderar la Liberal Party y convertir al país de libras a dólares en 1966.
Su política de apoyo al presidente Johnson en Vietnam lo había puesto en la mira de los más críticos y de los que no podían soportar la guerra. El 17 de diciembre de 1967, en la calurosa Cheviot Beach de Victoria, Holt decidió que un baño en la ola “conocida como la mano de su propio bolsillo” era la mejor manera de desconectar.
Con Marjorie Gillespie, su amante, y un pequeño grupo de amigos, se lanzó a las aguas. A pesar de haber sido advertido de no hacer esfuerzo tras una cirugía de hombro y de estar tomando analgésicos, se hundió como un globo de helio en la espuma. La ola, que los expertos describieron como “turbulenta”, lo arrastró más allá de la zona de baño, y el resto del mundo se quedó mirando a la espuma. La respuesta fue la mayor operación de búsqueda de la historia australiana: policías victorianos, la Fuerza Aérea, la Marina, dos aerolíneas y cientos de buzos.
Se deshicieron de tiburones para saber si habían hecho de Holt su cena. Nada. Su cuerpo nunca volvió a emerger. El 22 de diciembre, 20.000 personas asistieron a su funeral en St. Paul’s Cathedral. El 24, John McEwen lo sustituyó. Los rumores no cesaron: una teoría de suicidio, otra de un posible encubrimiento de la CIA, y la más absurda, que un submarino chino lo haya llevado a la isla de la muerte.
La familia de Holt, sin embargo, sostuvo que su padre era un riesgo que se desafiaba a la corriente, no a la muerte. Sam Holt afirmó que su padre nunca temió la vida y que el agua era su compañero. El 1969 se inauguró el Centro de Natación Memorial Holt, un homenaje que recuerda su amor por el mar y la tragedia que lo marcó.
Hoy, la playa está cerrada por su peligro. El caso sigue siendo un recordatorio de cómo la política, la ambición y el agua pueden mezclarse y crear leyenda o desastre.
Crítica:
El artículo deja de lado la falta de pruebas concretas y se apoya en mitos sin fundamento. El título promete drama pero no ofrece un análisis real de la desaparición.
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