El Gobierno admite que no vigila el destino del dinero público en empresas como SAPA o Indra

Estado sin control, dinero invisible

politica Una escena urbana con grandes rascacielos de oficina en la que se percibe una red de cables de datos y billetes flotando en el aire, sin rostros humanos, con tonos de gris y azul, representando la opacidad del control estatal sobre el dinero público.

El Gobierno, con la elegancia de un barbero sin filo, se ha dado cuenta de que la SEPI no vigila el destino de los 47 millones que le dio a SAPA y que, en teoría, debería pasar por la mano del Ministerio de Industria y Turismo. Mientras los diputados de Vox, con la delicadeza de un ladrón de carteras, preguntan si el Estado conoce las reuniones secretas entre SAPA, Indra y Servinabar, la respuesta oficial es: "No lo sabemos, no lo podemos saber, no lo debemos saber".

El discurso se repite: la SEPI participa en Indra, pero los directivos son los que dirigen la empresa; los accionistas, incluido el Estado, solo ejercen sus votos en el consejo. La SEPI no tiene la lupa para mirar entre las manos de SAPA y Servinabar, y Sepides tampoco tiene la lupa para investigar el flujo de dinero que pasa por sus manos.

Así, el flujo de fondos se convierte en un juego de espejos, donde el Estado se ve a sí mismo como espectador y no como árbitro. La falta de supervisión se traduce en una sombra de incertidumbre sobre la defensa y la tecnología, sectores que deberían ser la guardia de los castillos, no el patio de juegos de los políticos y empresarios.

Cuando la Sección de la Economía publica cifras, la gente piensa en la lista de la compra, pero en esta historia la lista está vacía. Los parlamentarios, al final, encuentran que el Estado ha sido el comodín que no puede poner en la mesa, y la respuesta más contundente es que el gobierno no tiene jurisdicción para investigar las relaciones entre las empresas, ni para rastrear los fondos que se han filtrado a través de la red.

La ironía es que, mientras el Estado se presenta como el guardián de la economía, también es el que se burla de la palabra "control". En el fondo, la historia subraya el vacío de supervisión en las empresas estratégicas que deberían ser la piedra angular de la seguridad nacional.

La lección es clara: cuando el Estado participa en la industria, su papel debería ser más que una firma en la pared; debería ser la mano que sostiene el billete y no la que lo deja caer en la bolsa del vecino.

Crítica:

El titular promete revelar la falta de supervisión, pero el cuerpo se queda en un círculo vicioso de evasión, sin ofrecer datos concretos sobre posibles irregularidades. La falta de profundidad deja al lector con más preguntas que respuestas.

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