Crítica:
Falta información sobre las medidas concretas que se tomarán para abordar el problema de la siniestralidad vial en España. El artículo se centra en criticar las políticas actuales, pero no ofrece soluciones claras.
Falta información sobre las medidas concretas que se tomarán para abordar el problema de la siniestralidad vial en España. El artículo se centra en criticar las políticas actuales, pero no ofrece soluciones claras.
Mientras el sol se oculta sobre la costa de Vera, el pulso de la economía estatal suena como un viejo tambor de feria: dos sociedades, un chalet, y una aerolínea venezolana que no se quedó sin facturas. En 2012, cuando Zapatero estaba todavía en la Moncloa y los políticos se sentaban a comer paella con la prensa, apareció el protagonista de esta obra: Julio Martínez Martínez, apodado ‘Julito’, con el mismo nombre de su abuelo pero un futuro más oscuro. Se cruzaron en la sala de reuniones del poder y, poco después, empezaron a viajar a Venezuela. Allí, el exlíder socialista sacó a relucir su agenda internacional y una relación privilegiada con el régimen chavista. Así nació la posibilidad de que el chalé de 250 metros cuadrados, con seis dormitorios y cuatro baños, que Zapatero vendió por 345.000 euros, no fuera realmente una venta, sino un traspaso de fachada que ocultaba una propiedad que aún pertenecía a él, disfrazada bajo el nombre de un tercero. Entre 2018 y 2025, las cuentas de Plus Ultra se convirtieron en el vino que se servía en la mesa de la familia Martínez. Voli Analítica SL, con un capital de 200.000 euros, cobró 99.000 euros de consultoría a la aerolínea. Pero, ojo, eso era solo el filo de la navaja: el total que Plus Ultra pagó a las sociedades vinculadas a Julio llegó a 458.000 euros (sin IVA). Análisis Relevante S.L. facturó 198.000 euros a las hijas de Zapatero y 249.000 euros a la aerolínea, mientras IOT Domotic Europe SL se llevaba 110.799 euros. La pista de la pista: en 2024, Voli Analítica y ASP Rentas cambiaron su domicilio a Elda, coincidiendo con la finalización del último informe de Sergio Sánchez, redactor de Telefónica que presumiblemente justificó los servicios. El entramado es un laberinto de nombres familiares, domicilios que se repiten como un mantra en la calle Tortuga Boba 12 y flujos que cruzan fronteras. La Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal la está siguiendo, pero la magnitud del rescate de 53 millones de euros a Plus Ultra, mediado por Zapatero ante Ábalos, sigue siendo un misterio. ¿Es una conspiración o simplemente una serie de maniobras corporativas? El lector se queda con la sensación de haber visto la fachada de un teatro: luces, sombras y dinero que se mueve bajo la luz del sol que se esconde en el Mediterráneo.
La Abogacía del Estado se ha movilizado contra Julio Iglesias con un recurso de ocho páginas para evitar que el cantante acceda a las denuncias 'fake' presentadas por sus ex empleadas. Estas denuncias, que aseguraban haber sido víctimas de agresión sexual por parte del cantante, fueron archivadas sin que Julio Iglesias ni su defensa hayan podido conocer su contenido. La Abogacía del Estado argumenta que el cantante no debería acceder a estas denuncias porque el procedimiento no es adecuado y que, en su lugar, debería acudir a la vía penal. Sin embargo, la defensa de Julio Iglesias considera que esta situación vulnera sus derechos fundamentales, especialmente su derecho a la tutela judicial efectiva. La juez de lo contencioso-administrativo había decidido iniciar el procedimiento para que Julio Iglesias pueda acceder a sus denuncias, lo que ha desencadenado la respuesta de la Abogacía del Estado. Esta movilización contra Julio Iglesias plantea una paradoja procesal: el expediente se archivó sin que el investigado pudiera conocer su contenido, y la vía penal que le propone la Fiscalía resulta de difícil utilización precisamente porque fue él el investigado, no el denunciante. En este juego de trileros jurídicos, Julio Iglesias se encuentra en una posición complicada, ya que no puede valorar si las acusaciones vertidas contra él justifican acciones legales ulteriores, incluida una posible denuncia por denuncia falsa. Mientras tanto, la Abogacía del Estado sostiene que el procedimiento del cantante no se puede estudiar por la causa de inadmisión prevista en la Ley de la Jurisdicción de lo Contencioso Administrativa. La juez de lo contencioso-administrativo deberá resolver si admite o rechaza el recurso de reposición, lo que determinará si el procedimiento especial de protección de derechos fundamentales sigue adelante o si Julio Iglesias se queda sin la única vía que, en la práctica, le permite saber qué dijeron de él quienes le denunciaron. En este laberinto jurídico, la pregunta que todos se hacen es: ¿qué hay detrás de estas denuncias 'fake' y por qué la Abogacía del Estado se moviliza tan fuertemente para evitar que Julio Iglesias acceda a ellas? La respuesta, por ahora, sigue siendo un misterio. Como dirían en la calle, 'el que tiene la sartén por el mango' parece ser la Abogacía del Estado, pero Julio Iglesias no se rinde fácilmente. La batalla jurídica está lejos de terminar, y el resultado es tan incierto como el contenido de esas denuncias 'fake' que han desatado esta tormenta. La pregunta del millón es: ¿quién saldrá victorioso en este juego de estrategias jurídicas? Solo el tiempo lo dirá.
Mientras la gente de Long Island creía que la única amenaza era el parpadeo de una lámpara de aceite, una mujer con una cesta de ropa y un plan secreto cambiaba el rumbo de la guerra. Anna Smith Strong, nacida el 14 de abril de 1740 en Setauket, Suffolk, se casó con Selah Strong III a los veinte años. El matrimonio se amoldó a la granja de “Little Neck”, más tarde llamada Strongs Neck, donde la familia levantó nueve hijos antes de que la guerra les llevara a la división. Selah, que representó a la primera Asamblea Provincial de Nueva York y luchó en la Batalla de Long Island, fue capturado en 1778 y encarcelado en la HMS Jersey bajo la acusación de “correspondencia con el enemigo”. La hija del juez supremo de la colonia, Anna, usó sus contactos para negociar su liberación y, mientras sus esposos huían a Connecticut, ella permaneció, custodiando el terreno británico. En 1778, George Washington, bajo la dirección de Major Benjamin Tallmadge, lanzó el “Culper Spy Ring”, una red de espías que operaba en el silencio de la noche. Anna no era una espía de uniforme; su arma era la ropa. Tras recibir la información de su vecino, Abraham Woodhull, colgaba un petticoat negro para avisar a Caleb Brewster que había un mensaje listo. Si necesitaba señalar una de las seis coves donde conspiraban, colgaba de una a seis servilletas blancas. Cada gesto era un código que, sin que las tropas británicas lo sospecharan, enviaba la noticia de movimientos enemigos a Washington. El 15 de agosto de 1779, un mensaje de Woodhull a Washington contenía el código 355, que se interpretó como “una dama”. Historiadores como Beverly Tyler de la Three Village Historical Society sostienen que esa dama era Anna, aunque otros dudan y proponen que 355 no era una espía real. La leyenda se consolida en la cultura popular: la serie TURN: Washington’s Spies la retrata en la pantalla, aunque las fuentes históricas son escasas. A la guerra le siguió la muerte de Anna el 12 de agosto de 1812, casi treintañera, en la sombra de la historia. Su hijo mayor, George Washington Strong, nació después de la guerra, y la familia volvió a la normalidad. El legado de Anna, sin embargo, permanece en la memoria de los patriotas: una lavandería que, con un simple petticoat, cambió la balanza de la independencia. Publicado el 21 de diciembre de 2025, el relato nos recuerda que la revolución no solo se libró con cañones, sino también con la astucia de una mujer que convirtió la rutina doméstica en una arma de la libertad.
Cuando el gobierno de la U.S. decide que la amenaza más real es un enjambre de cadáveres con hambre de carne humana, se abre un capítulo de la burocracia que mezcla la ironía con la gravedad de un documento oficial. En 2011, una tripulación de oficiales de rango junior en el USSTRATCOM, con sede en Omaha, Nebraska, sacó a la luz el CONPLAN 8888, un plan que, según la propia introducción, no es una broma. El texto, titulado “Counter‑Zombie Dominance”, se lee como un manual de estrategia militar: “Zombies son una amenaza horrible… la prevención de una población zombificada es vital para los intereses nacionales”. La curiosidad surge cuando se descubre que el plan se publicó en 2014 gracias a la revista Foreign Policy y se actualizó en enero de 2026, manteniendo la misma rigurosidad de un informe de defensa tradicional. La propuesta se divide en seis fases: Shape y Deter, donde el gobierno vigila eventos que pudieran dar lugar a zombis; Seize Initiative y Dominate, con operaciones de captura y eliminación activa; Stabilize, buscando eliminar los últimos focos; y Restore Civil Authority, devolviendo el control a las autoridades civiles. El documento subraya la facilidad de usar “kill‑on‑sight” contra los muertos vivientes, pues las normas internacionales sólo regulan el combate contra seres vivos. La narrativa se extiende más allá de las fronteras estadounidenses, anticipando ataques coordinados contra zombis en otros países y estableciendo “confidence‑building measures” para evitar malinterpretar la preparación como una amenaza nuclear a Rusia o China. El plan no se limita a los clásicos Pathogenic Zombies; incluye variantes de Radiación, de la “Evil Magic” de experimentos ocultos, de Space Zombies provocados por toxinas alienígenas, y hasta Vegetarian Zombies que devoran cultivos, poniendo en riesgo la cadena alimentaria. Y para cerrar la lista, Chicken Zombies, que según un informe AP de 2006, son reales: pollos que sobreviven tras ser esterilizados en cámaras con CO₂. Aunque la intención declarada es la de entrenar a oficiales en la elaboración de planes, la publicación del CONPLAN 8888 también sirve como ejercicio diplomático: usar un adversario ficticio permite practicar la movilización de recursos, la declaración de ley marcial y la coordinación con FEMA sin provocar crisis internacionales. Al final, la burocracia demuestra que, aunque la realidad política sea más urgente, la preparación para una invasión de zombis sigue siendo un ejercicio de gasto y prestigio institucional.
Richard J. Flaherty, el Green Beret de 4’9” que se ganó la fama de “Giant Killer”, es el ejemplo perfecto de cómo el tamaño no mide el valor, pero sí la cantidad de chismes que se quedan en la calle. Nacido el 28 de noviembre de 1945 en Stamford, Connecticut, con un tipo de sangre Rh‑negativo que le dio más problemas de crecimiento que un niño con sobrepeso, Flaherty se rebeló contra la regla de estatura mínima del ejército. Se vio obligado a escribir cartas, a consumir huevos crudos y leche para ganar la “waiver” del Congreso y finalmente a entrar a Basic Training como el único “Private Mighty Mouse” de la compañía. Cuando, en 1967, salió de la OCS con el rango de subteniente, su mundo cambió: se unió a la 101ª División Aerotransportada, se convirtió en Green Beret y, durante la Tet Offensive, recibió dos Purple Hearts, un Silver Star y dos Bronze Stars, mientras se golpeaba en la cabeza con una bala y se encontraba con polvo de granada. La misma estatura que le hizo ser subestimado le permitió infiltrarse con facilidad en túneles del Viet Cong y, con la astucia de un gato, liderar misiones de reconocimiento a largo alcance. Pero el héroe de la jungla volvió a la penumbra cuando, tras dejar el Ejército en 1971 como capitán, se convirtió en mercenario en África, fue reclutado por la CIA y luego por la ATF, trabajando con el agente Fred Gleffe y el misterioso “Dayton” para suministrar armas silenciosas a los Contras nicaragüenses. El ATF lo fichó como informante, pero su paranoia y su alcohol lo volvieron un objetivo de los mismos que antes respetó. El 9 de mayo de 2015, mientras cruzaba una calle de Aventura, un Prius plateado de una mujer que trabajaba como stenógrafa de la unidad homicidios de la policía de Miami-Dade lo atropelló; la fiscalía no imputó a la conductora y el caso se cerró. David Yuzuk, ex policía de Miami y amigo de 15 años de Flaherty, descubrió tras la muerte del veterano una caja con su cassette, mapas del mundo, pasaporte con sellos de África y la Nicaragüense, y cuadernos de notas crípticas. El relato de Flaherty, publicado en enero de 2026, revela un ciclo de heroísmo y desdicha, de contratos clandestinos y de la violencia que se oculta tras el uniforme. Al final, el “Giant Killer” se quedó sin hogar, sin reconocimiento público y, según Yuzuk, sin la verdad que merecía. El caso sirve como recordatorio de que la gloria militar a menudo se convierte en una carcasa vacía cuando el poder y la burocracia se ponen en el frente.
En la madrugada de un día cualquiera, Andrew Howell, el dueño de la Thornton Distilling Co., se sentó a medir el suelo y descubrió un Colt Model 1908, cargado y con cartuchos de los años 20, incrustado en la pared de la catacumba subterránea del viejo destilado. La sensación fue la misma que cuando te das cuenta de que la caja de la nevera, que creías que contenía solo comida, es en realidad un cofre del tesoro de la mafia. La distilería, fundada en 1857, es la cuna de la producción más antigua de Illinois. Después de la prohibición, Carl Ebner, dueño oficial, fingió vender soda mientras clandestinamente botellaba cerveza. Los agentes federales la encontraron y arrojaron miles de galones al río Thorn Creek, dejando la reputación de la fábrica tan sucia como el agua. El golpe de realidad llegó cuando la propiedad cayó en manos de Al Capone y el Chicago Syndicate, que usaron el lugar como punto de suministro a los speakeasies. Los rumores de túneles subterráneos y de Capone escondiéndose allí eran, hasta ahora, solo historias de barrio. La pistola encontrada, con su acabado cromado y su cargador aún vivo, es la pieza que convierte la leyenda en crónica. La policía, al no encontrar el arma en su base de datos, la trató como un hallazgo histórico, no como un delito. El disparo que habría hecho revivir el pasado se perdió entre los cartuchos de la década de 1920, pero la verdad es que el arma estaba preparada para disparar. El hecho de que esté cargado en un lugar donde la gente se sirve whisky hoy es un recordatorio de que el pasado sigue dando sus collares. La historia completa se sostiene sobre tres hechos claros: la fecha de publicación (20 enero 2026), el arma (Colt Model 1908) y la relación con Capone, aunque no haya evidencia directa. Los datos de la distillería, la ciudad de Thornton y la fecha de la prohibición hacen que la pieza sea un espejo de la ciudad. El hallazgo no solo es una curiosidad, sino una metáfora de cómo los negocios que hoy venden alcohol recuerdan que sus raíces están marcadas por la prohibición. La pistola, con su cargador aún activo, es el recordatorio de que la historia nunca se apaga; simplemente se esconde en la pared y un día alguien la encuentra y la vuelve a encender.
Si alguna vez te has preguntado qué significa realmente ‘aplastar a la muerte’, prepárate para una crónica que convierte la historia en un carrito de la compra de horror. En 1692, la ciudad de Danvers, Massachusetts, a 30 minutos de Boston, se convirtió en el escenario donde el granjero Giles Corey se transformó en el último modelo de prensa humana. En la época de las brujas, 200 almas fueron arrastradas al tribunal y, sin pedir un verbo, el sistema juró que la presión era la única forma de ponerles un “sí” o un “no”. El sheriff George Corwin, con la paciencia de un jardinero que no quiere ver marchitar su plantío, colocó una tabla sobre Corey y, día tras día, elevaba rocas como si fueran facturas que no se podían pagar. Dos días de silencio, tres días de respiración entrecortada, y el último suspiro de Corey fue: “más peso”. El eco de su muerte resonó hasta 1772, cuando Inglaterra, con la promesa de la Ilustración, prohibió el método pero añadió una cláusula que convertía a los que se negaban a prestar la palabra en culpables automáticamente, arrastrando a sus familias a la ruina. Pero la prensa no fue un juego de curiosidades; se usó en Persia, Carthage (la actual Túnez), y Roma antigua, y, en el sur de Asia, los elefantes se convirtieron en los verdugos más ‘inteligentes’ de la época, porque el público no quería verte a un felino con rugido desmedido, sino la pesadez de una factura que no se podía pagar. El último registro de este método en la India llegó en 1914, cuando un gobierno colonial se quedó con la última de las crónicas de aplastamiento. En el fondo, la historia nos recuerda que las autoridades siempre han preferido la presión física a la presión psicológica cuando no quieren escuchar “no”. Porque, al final, incluso la muerte con la que se enfrenta puede ser una forma de proteger la propiedad, si el condenado elige no hablar. La ironía está en que la prensa, al ser prohibida, dejó a los culpables sin la opción de mantener sus tierras; la política, con su lógica de ‘pago por culpa’, se volvió más cruel que la propia mano que aplasta. En la era digital, donde los filtros de contenido nos protegen de los golpes reales, la historia nos recuerda que la verdad a veces se cubre con la misma presión que la hace temerosa.
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