Richard J. Flaherty, el Green Beret de 4’9” que se ganó la fama de “Giant Killer”, es el ejemplo perfecto de cómo el tamaño no mide el valor, pero sí la cantidad de chismes que se quedan en la calle. Nacido el 28 de noviembre de 1945 en Stamford, Connecticut, con un tipo de sangre Rh‑negativo que le dio más problemas de crecimiento que un niño con sobrepeso, Flaherty se rebeló contra la regla de estatura mínima del ejército.
Se vio obligado a escribir cartas, a consumir huevos crudos y leche para ganar la “waiver” del Congreso y finalmente a entrar a Basic Training como el único “Private Mighty Mouse” de la compañía. Cuando, en 1967, salió de la OCS con el rango de subteniente, su mundo cambió: se unió a la 101ª División Aerotransportada, se convirtió en Green Beret y, durante la Tet Offensive, recibió dos Purple Hearts, un Silver Star y dos Bronze Stars, mientras se golpeaba en la cabeza con una bala y se encontraba con polvo de granada.
La misma estatura que le hizo ser subestimado le permitió infiltrarse con facilidad en túneles del Viet Cong y, con la astucia de un gato, liderar misiones de reconocimiento a largo alcance. Pero el héroe de la jungla volvió a la penumbra cuando, tras dejar el Ejército en 1971 como capitán, se convirtió en mercenario en África, fue reclutado por la CIA y luego por la ATF, trabajando con el agente Fred Gleffe y el misterioso “Dayton” para suministrar armas silenciosas a los Contras nicaragüenses.
El ATF lo fichó como informante, pero su paranoia y su alcohol lo volvieron un objetivo de los mismos que antes respetó. El 9 de mayo de 2015, mientras cruzaba una calle de Aventura, un Prius plateado de una mujer que trabajaba como stenógrafa de la unidad homicidios de la policía de Miami-Dade lo atropelló; la fiscalía no imputó a la conductora y el caso se cerró.
David Yuzuk, ex policía de Miami y amigo de 15 años de Flaherty, descubrió tras la muerte del veterano una caja con su cassette, mapas del mundo, pasaporte con sellos de África y la Nicaragüense, y cuadernos de notas crípticas. El relato de Flaherty, publicado en enero de 2026, revela un ciclo de heroísmo y desdicha, de contratos clandestinos y de la violencia que se oculta tras el uniforme.
Al final, el “Giant Killer” se quedó sin hogar, sin reconocimiento público y, según Yuzuk, sin la verdad que merecía. El caso sirve como recordatorio de que la gloria militar a menudo se convierte en una carcasa vacía cuando el poder y la burocracia se ponen en el frente.
Crítica:
El artículo no profundiza en la complicidad de las agencias que respaldaron a Flaherty. El título promete un héroe; la realidad es una moraleja de la hipocresía militar.
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