En la playa de la industria automotriz, los chinos se están preparando para lanzar un desfile de carros sin una parada real. Changan, el último que llegó, ya está discutiendo abrir una fábrica en España, pero la realidad se parece más a un desfile de carpas que a un acero sólido. Entre los que han puesto la mano en la tierra, BYD, Saic (con su marca MG), y Great Wall Motor han lanzado la misma canción: "España, eres el lugar ideal".
Saic intentó montar un taller desde cero en Galicia o Valencia, y otros, como Great Wall, se quedaron alquilando la mitad de la plantío de Ford en Almussafes. Pero lo que se ve en la zona franca de Barcelona es un taller de 1.000 trabajadores que termina el coche en un paso de DKD, es decir, casi final. El coche llega de China casi terminadito, y Chery en Barcelona solo termina la última pintura y coloca los asientos.
Hasta ahora solo ensamblan los Ebro y, según rumores, deberían estar trabajando en los Omoda‑Jaecoos, pero el proyecto se queda en la lista de la compra. España, con sus salarios bajos y energía renovable, parece la tienda de descuentos de la UE para la industria. El presidente Sánchez, con la misma energía que un vendedor de abarrotes, ha pedido la eliminación de los aranceles a los coches chinos, rompiendo la política de la UE. Sin embargo, la burocracia de Bruselas se ha convertido en un laberinto más grande que la Alhambra.
Los chinos no saben cuántos componentes deben ser europeos para que el coche no pague aranceles. La UE se está inclinando por la regla de 70 % de componentes europeos. Para los chinos, montar la fábrica en España se vuelve más caro que enviar el coche en barco. La plantilla y la planta activa agregan costos que el barco evita.
Mientras tanto, BYD ya tiene una fábrica convencional en Hungría, la primera china de Europa. En medio de esta paradoja, la pregunta persiste: ¿existen fábricas chinas en España? La respuesta es a medio plazo, pero solo cuando el marco legal sea tan claro como el agua de la playa.
Mientras tanto, la única cosa que se fabrica en España es la ilusión de que la industria china está más cerca que nunca.
Crítica:
El artículo omite cifras reales de inversión y queda como un discurso anti‑burocrático sin datos concretos. La falta de profundidad técnica invita a la especulación.
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