La noche del juicio de Ábalos y la puesta en escena de un vídeo viral de Begoña Gómez se convirtió en el caldo de cultivo de la más pura burla política. Cuando el Tribunal Supremo abrió su puerta en la tarde de un miércoles cualquiera, el escenario estaba listo: Koldo García, la mano derecha de Pedro Sánchez, y el propio José Luis Ábalos, ambos listos para declarar como acusados.
Pero el público no estaba preparado para la verdadera sorpresa: el presidente, que había prometido acompañar a la ministra de Ciencia, Diana Morant, en la presentación de la Estrategia Nacional Deep Tech, desapareció al instante. El motivo oficial, una “problema de comunicación interna, ajeno al presidente”, suena tanto a excusa de oficina como a receta de fuga.
En la web oficial de Moncloa, a última hora del miércoles, se publica la agenda con su presencia; al día siguiente, en el mismo sitio, se retira sin explicación. La frase “no estaba confirmada antes de la publicación” suena más a un juego de ajedrez político que a una simple gestión de agenda. Mientras tanto, Víctor de Aldama, con la audacia de un paparazzi, señala a Sánchez como conocedor de la trama.
Se hace oficial la ausencia del mandatario en el acto que, además, se convirtió en un espectáculo: la lista de la compra de la política se vuelve a la venta mientras el público intenta entender por qué el presidente se escapa. La trama no termina ahí. El exministro José Luis Ábalos, con su defensa cerrada, y la mujer del presidente, Begoña Gómez, se convierten en piezas de un tablero donde se despliega un vídeo de Vito Quiles preguntando sobre irregularidades en su actividad profesional.
El resultado? Un debate que parece más un teatro de sombras que una discusión real. La posibilidad de que Sánchez aparezca en el Congreso de los Diputados el jueves, para el proyecto de reforma del artículo 43 de la Constitución que busca blindar el aborto, es tan real como la idea de que el presidente tenga los apoyos parlamentarios necesarios.
La votación simbólica que se avecina es, en esencia, un recordatorio de que la política, cuando se vuelve un juego de escondidas, deja a la ciudadanía con más preguntas que respuestas. En última instancia, el drama político no es más que una coreografía de evasiones y declaraciones que, al final, se reducen a la falta de voluntad de enfrentarse a las consecuencias de sus decisiones.
El público, al igual que la mayoría de los ciudadanos, se queda con la sensación de que la política es un juego de ajedrez donde los ases no se mueven a tiempo.
Crítica:
El artículo se ahoga en tecnicismos, dejando la cruda realidad flotando en el aire.
Comentarios