El martes, mientras tú y yo batallábamos con la lista de la compra (que, con la inflación, parece una expedición al Polo Norte), la UDEF registraba la sede de Whathefav, la empresa de las hijas de José Luis Rodríguez Zapatero. ¿El motivo? Unos contratos con Huawei que, según el acta a la que ha tenido acceso Vozpópuli, suman 64 folios de documentación que huelen a chamusquina.
Sí, 64 hojas que podrían explicar por qué el expresidente invocó “su derecho a la intimidad” en el Senado cuando le preguntaron si había cobrado de la empresa china. Un derecho a la intimidad, por cierto, que parece tener un precio.
La cosa no acaba ahí. Segundo Martínez, el exagente de seguridad de Zapatero, exiliado en Huawei tras dejar el gobierno.
¿Casualidad? En este país, las casualidades suelen tener un coste. El juez Calama, un tipo que no se corta ni un pelo, ya ha declarado a Whathefav como un “vehículo instrumental” para mover fondos y dar “cobertura formal” a operaciones turbias. Es decir, una pantalla. Una cortina de humo.
Y mientras todo esto ocurría, otro equipo de la UDEF registraba el despacho de Zapatero, donde encontraron una caja fuerte repleta de caprichos de lujo: relojes, brazaletes, pendientes… Un pequeño detalle, ¿no? Un recordatorio de que, a veces, la austeridad es solo para algunos.
También volcaron los correos del PSOE, gestionados por Judith Wells, empleada a tiempo completo de la oficina de Zapatero y Ferraz. ¿Coincidencia? ¿Un intento de limpiar el terreno? La verdad es que, con este caldo de cultivo, la transparencia brilla por su ausencia. El silencio, por su parte, es ensordecedor.
Crítica:
La noticia se centra en la intervención, pero evita el análisis profundo de los flujos de dinero. El titular, aunque llamativo, esconde la verdadera magnitud de la posible corrupción. Necesitamos más datos sobre el destino final de esos fondos.
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