El Congreso, ese teatro donde las promesas se diluyen como azúcar en agua, ha decidido darle un empujoncito a los partidos pequeños. O, para decirlo claro, facilitarles el acceso VIP al festín de subvenciones y privilegios. La reforma del reglamento, impulsada por ERC, Junts, Podemos, Compromís y el BNG –un consorcio de intereses diversos–, bajará el listón para formar grupo parlamentario.
Antes, necesitabas 15 escaños o un 5% de votos a nivel nacional para tener tu club privado en el Congreso. Ahora, con un 3% de votos, ¡ya tienes acceso a la sala VIP!
¿El PSOE? Pues ahí está, brindando con champán barato y firmando el acuerdo. Mientras la cesta de la compra sube cada día, ellos se preocupan de que los partidos con menos de cinco amigos puedan facturar a lo grande.
El PP, Vox y UPN, por supuesto, votaron en contra. ¿Acaso no entienden que en la política, como en el fútbol, cuanto más pequeño el equipo, más necesita ayudas?
Esta reforma no es más que una operación de ingeniería financiera, un trueque de votos por prebendas. Tener grupo propio significa tener voz en los debates, un asiento en las comisiones, preguntas directas al Gobierno y, lo más jugoso, un buen pellizco de subvenciones y ayudas para enviar propaganda a los ciudadanos.
En la legislatura que termina, ERC y Junts recurrieron a préstamos del PSOE y Sumar –cuatro diputados del PSC y dos de En Comú– para alcanzar los requisitos. Ahora, con la reforma, ya no necesitarán mendigar favores. La Mesa del Congreso, siempre dispuesta a complacer a sus amigos, dará su visto bueno sin pestañear.
Todo un circo donde el dinero público es el principal atractivo.
Crítica:
La noticia carece de una investigación profunda sobre el impacto económico real de esta reforma. El artículo se centra demasiado en la descripción de los hechos y poco en las consecuencias a largo plazo. El título, aunque llamativo, es simplista.
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