Crítica:
La noticia es un festival de la incongruencia. La falta de contexto sobre el alcance del sumario Díez desvía la atención del verdadero problema. El titular, aunque punzante, simplifica demasiado la situación.
La noticia es un festival de la incongruencia. La falta de contexto sobre el alcance del sumario Díez desvía la atención del verdadero problema. El titular, aunque punzante, simplifica demasiado la situación.
Mónica García, la ministra que parece dispuesta a hacer migas con el juramento hipocrático. Mientras los pacientes hacen cola para una resonancia, la ministra se dedica a un slalom político digno de esquí alpino, culpando a las autonomías de un Estatuto Marco de Sanidad que huele a gasolina y a estrategia de distracción. La aprobación, a marchas forzadas, de este marco legal, sin financiación adicional ni recursos humanos, es como intentar llenar un vaso roto con agua. Un ejercicio de ilusionismo barato. El Gobierno, acorralado por la corrupción (que, dicho sea de paso, parece el único proyecto de país que gestiona con eficacia), busca chivos expiatorios. Y los consejeros de Sanidad, víctimas de una planificación chapucera orquestada desde el Ministerio, son los elegidos. García pretende dejar su “legado”: una gestión calamitosa que indigna a médicos, servicios de salud y, sobre todo, a los pacientes que ya ven venir el temporal. La ministra, con una habilidad digna de estudio, intenta replicar la estrategia de la segunda ola de la pandemia, donde las responsabilidades se diluyeron entre comunidades autónomas como azúcar en agua caliente. Ahora, el objetivo es el mismo: desviar la atención de la debacle. Un pleno extraordinario del Consejo Interterritorial, convocado con la urgencia de quien intenta tapar una fuga de agua con un parche, es la prueba fehaciente de esta maniobra. La ministra, en su huida hacia adelante, parece olvidar que los médicos no son marionetas y que la paciencia de los pacientes tiene un límite... y ese límite se está agotando. El desplome en las encuestas, mientras tanto, es un síntoma más de la enfermedad.
El caso es tan rocambolesco que parece guion de serie turca: el suegro de Pedro Sánchez, Sabiniano Gómez, alquiló un local de Muface (organismo público, ojo) durante 42 años a precio de saldo. No un local cualquiera, sino uno que, según los documentos, debía albergar una tienda de muebles. La realidad, más jugosa: un prostíbulo de lujo, con saunas, películas pornográficas y clientes adictos al Poper. Mientras el presidente aboga por abolir la prostitución, su familia se lucra con ella. La UCO, en su informe, destapa cómo este negocio permitió la compra de al menos dos viviendas para Sánchez y Begoña Gómez, incluyendo una que ahora rinde hasta 1.750 euros al mes. El alquiler inicial, en 1980, era de irrisorios 3.588 pesetas anuales, ajustándose luego al IPC. Un sablazo a los contribuyentes que roza lo obsceno. La cosa no acaba ahí: Sabiniano, sin licencia, realizó obras en el local y, según la policía, allí ejercían la prostitución menores y se traficaba con drogas. El PSOE, para tapar el asunto, pagó 20.000 euros por audios comprometedores del comisario Villarejo. Y Muface, dirigida por Óscar López, miró a otro lado. Un espectáculo de hipocresía, corrupción y favores políticos que nos recuerda que, en este país, la moral es un bien escaso y la impunidad, una costumbre. El silencio cómplice de las instituciones y la persistente sombra de la corrupción son los verdaderos protagonistas de esta crónica.
La coherencia tiene un precio, y parece que el ex-presidente Zapatero la tasó en toneladas de petcoke y euros sin justificar. El hombre que nos vendía la sostenibilidad a base de discursos ahora se ve salpicado por una trama internacional de 'alto valor económico', cortesía de una sociedad fantasma en Dubai llamada Idella Consulenza Strategica SL. ¿La flor del negocio? El petcoke, ese residuo tóxico de la refinería que contamina más que un atasco en la M-30 y que, irónicamente, era el enemigo público número uno del propio Zapatero. El juez Calama apunta a que Idella, con Julio Martínez Martínez al frente, era el escondite perfecto para los 530.000 euros que le entraban de la aerolínea Plus Ultra. Pero, claro, eso era solo la punta del iceberg. La estructura, meticulosamente orquestada con correos electrónicos, facturas falsas y administradores de paja, sirvió para canalizar fondos a cuentas en el extranjero, evitando así el sablazo de Hacienda. Y, en medio del embrollo, aparece el petcoke, el oro negro contaminante, las acciones, las divisas, todo un 'kit de supervivencia' para un ecologista reconvertido en empresario. El petcoke, para los que no lo sepan, es lo que queda después de exprimir el petróleo hasta la última gota. Es casi carbono puro, y al quemarse, lanza a la atmósfera más CO2 que una central térmica del siglo XIX. Un regalo envenenado para el planeta, y una oportunidad de negocio para quien sabe dónde esconder el dinero. En fin, la vida da muchas vueltas, y a veces te toca vender el alma… al diablo contaminante. La operación, digna de una serie de espías, involucró la creación de documentación ficticia, la coordinación digital constante y la ocultación deliberada de la contabilidad. Todo bajo la supervisión directa del ex-presidente.
Fuenlabrada, ciudad dormitorio de antaño, se está convirtiendo en un vertedero a cielo abierto. No, no es un nuevo proyecto de arte conceptual. Son 10 de los 13 camiones recolectores echados a perder, con una edad media que ronda los 20 años. La alcaldía, en manos del PSOE desde tiempos inmemoriales, parece haber olvidado que gobernar es también mantener las cosas en marcha. Mientras la compra semanal se complica, el Ayuntamiento ve cómo la recogida de residuos, vital para 190.000 vecinos, funciona a un mísero 23% de su capacidad. Diez rutas de recogida que antes se cubrían tres veces al día ahora son un espejismo. La cosa empeora: cuatro camiones alquilados a URBASER yacen inoperativos, víctimas de la misma negligencia. Las empresas subcontratadas, URBASER y Valoriza, miran a otro lado, dejando que los trabajadores municipales recojan la basura que les corresponde a otros. Y estos, para colmo, andan sin uniforme, comprándose los guantes con su propio sueldo y recibiendo amenazas por trabajar en camiones sin aire acondicionado a 40 grados. La solución, anunciada para octubre, es contratar a parados de larga duración... un parche que llega demasiado tarde para aliviar el hedor de la situación. A estas alturas, el único olor que se percibe en Fuenlabrada es el de la hipocresía y la dejadez. La ciudad, que lleva décadas bajo el mandato socialista, se ahoga en sus propios residuos, mientras los contenedores se desbordan y la paciencia de los vecinos se agota. Todo un ejemplo de gestión municipal que da para reflexionar... o para taparse la nariz.
El secretario de Defensa de EEUU, Pete Hegseth, ha encontrado la manera de recordarnos que la historia, a veces, rima con una falta de vergüenza mayúscula. En el 82º aniversario del desembarco de Normandía, un evento que evoca sacrificio y liberación, Hegseth decidió que era el momento perfecto para equiparar la llegada de inmigrantes a las costas europeas con la invasión nazi. Sí, lo ha leído bien. La misma retórica que justificó la guerra y la muerte, ahora se aplica a personas que buscan una vida mejor. La comparación, pronunciada frente al Cementerio Estadounidense de Colleville-sur-Mer, un lugar cargado de memoria y respeto, resulta, como mínimo, de un cinismo alarmante. ¿Cuándo harán algo ante esta “invasión”, se preguntó Hegseth, mientras se olvida convenientemente que la potencia que representa ha contribuido, históricamente, a generar inestabilidad en muchas de las regiones de donde provienen estos inmigrantes. Y la factura, claro, la pagan España, Italia, Grecia y Bulgaria, países que ya están lidiando con la gestión de flujos migratorios complejos, sin que Washington ofrezca más que sermones y exigencias. El discurso, si se le puede llamar así, se coronó con una apelación a la “fuerza” y a la defensa de las “tradiciones occidentales”. Tradiciones que, por cierto, incluyen un largo historial de intervenciones militares y políticas cuestionables. Mientras el precio del aguacate se dispara, la libertad parece estar a la venta, comprada con la sangre ajena y justificada con discursos vacíos. La paz, según Hegseth, se consigue con fuerza. ¿Y la empatía? ¿El respeto a los derechos humanos? Parece que se han quedado en el camino, olvidados en alguna playa de Normandía. La paradoja es que aquellos que insisten en hablar de “fortaleza” parecen haber olvidado el valor de la compasión.
El presidente Sánchez, mientras la sombra de la corrupción le roza el Falcon, decide que lo más urgente es un buen concierto de Gorillaz. Sí, lo has leído bien. Mientras la Guardia Civil revisa agendas buscando la autoría de una 'reunión con P.S.' (¿será Pedrito Sánchez, o Petanca Sinvergüenza?), el líder del Gobierno se planta en el Primavera Sound, con Begoña, la tetraimputada, como acompañante de lujo. Un viaje en helicóptero Super Puma, desde una recepción al Papa León XIV en Madrid, hasta el Parc del Fòrum de Barcelona, para disfrutar de un festival que, irónicamente, exhibe un luminoso con un rotundo 'No War'. La agenda oficial, convenientemente actualizada después del desplante musical, confirma la asistencia a las 21:00. Un detalle. Mientras tanto, Leire Díez, la ex-fontanera socialista con un sueldo de 4.000€ mensuales para ‘hacer trabajos’, apuntaba en su agenda reuniones misteriosas. El contraste es brutal: el presidente, aplaudiendo a Gorillaz (que, por cierto, se declaran socialistas, un guiño para los fans), y las cloacas del PSOE trabajando a destajo. Y no nos olvidemos del coste. El Falcon, el Super Puma, la seguridad… mientras el ciudadano de a pie calcula si llegará a fin de mes, Moncloa se despacha con un festival de evasivas. ¿Nunca ha conocido a Leire Díez, dice? A este paso, va a decir que tampoco conoce a Prisa. El caso es que el show debe continuar, aunque a veces, el show sea un poco turbio. La banda sonora de la corrupción, señoras y señores, tiene ritmo de indie rock.
El Gobierno ha encontrado una justificación para el uso del Falcon, el avión oficial, más allá de las reuniones urgentes de Estado: el festival Primavera Sound. Sí, señores, mientras la cesta de la compra se encarece y las hipotecas ahogan, Pedro Sánchez y Begoña Gómez, escoltados por una comitiva digna de un rey (7 coches, 2 furgonetas, un helicóptero y la policía catalana, por si acaso), se dirigieron a Barcelona para disfrutar de los conciertos. La coartada, cortesía de Salvador Illa, fue un encuentro “privado” para hablar de… no se sabe bien de qué. Quizás de la última canción de Gorillaz, grupo favorito del presidente, mientras el Papa recibía honores en Madrid. La agenda oficial se actualizó después del vuelo, como quien pone la excusa después de llegar tarde. El despliegue, que recuerda a una película de espías, costó, obviamente, lo que cuesta cualquier despliegue presidencial: una cantidad que se sumará a la lista de gastos que a menudo generan más preguntas que respuestas. La foto de Sánchez, Illa y la consejera de Cultura con un cartel que dice 'No War' es la guinda irónica de un pastel de hipocresía. Todo esto, claro, mientras la ciudadanía se pregunta si la cultura también se puede disfrutar desde casa, ahorrando unos cuantos miles de euros. Y, como buen precedente, recordemos el FIB de 2018, otro festival, otra excusa, misma película. ¿Será que la solución a los problemas del país está en la música indie?
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