La Organización Mundial de la Salud (OMS) planea, según destapa la periodista Róisín Michaux, “instruir” a los gobiernos para que incluyan la terapia hormonal trans en la sanidad pública antes de finales de junio de 2026. Mientras el ciudadano de a pie lucha por conseguir una cita con el médico de cabecera, la OMS propone crear centros de “excelencia” para formar a los profesionales, como si cambiar de sexo fuera tan rutinario como tratar la diabetes.
La guía, enfocada inicialmente en adultos, busca integrar estos tratamientos en la atención primaria, y el grupo de desarrollo está plagado de activistas y clínicos con intereses previos, algunos vinculados a la prevención del VIH. ¿Casualidad? El informe Cass, tras analizar 113.269 casos de menores, ya advirtió que el auge de la disforia de género no tiene base biológica, sino psicológica y social.
En otras palabras, a muchos jóvenes les da por cambiar de sexo porque tienen otros problemas, y la solución no es hormonarlos. Organizaciones como Lesbians United alertan de los efectos devastadores de los bloqueadores de la pubertad en el esqueleto, el sistema cardiovascular y hasta el sistema inmunológico.
Y estudios finlandeses confirman que quienes se someten a la “reasignación de género” ven sus problemas mentales dispararse: del 9,8% al 60,7% en chicos que se sienten chicas, y del 21,6% al 54,5% al revés. La Alianza Contra el Borrado de las Mujeres, indignada, recuerda que la OMS sacó la disforia de género de la lista de enfermedades mentales sin pruebas, y ahora quiere que los contribuyentes paguen por algo que, según ellos, no es una enfermedad.
La paradoja es tan grande que duele.
Crítica:
¿Dónde están los datos sobre los costes reales de esta terapia? La noticia se centra en la controversia, pero ignora el impacto económico en los sistemas sanitarios públicos. La fuente principal es una periodista, lo cual es válido, pero se echan en falta voces de expertos independientes.
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