En la alta esfera del poder, parece que el árbol genealógico es la mejor herramienta de inversión. Mientras el ciudadano medio se pelea con el calendario de la renta, en los pasillos del Ministerio de Hacienda se gestionaba la venta de María de Molina 50 —la joya de la corona inmobiliaria madrileña— con una lógica digna de un bazar clandestino.
Un empresario, que prefiere el anonimato para que no le cierren el chiringuito profesional, ha soltado la bomba: en 2021, para avanzar con la compra, le exigieron un 'peaje' del 3% destinado a un supuesto primo de María Jesús Montero.
No era una sugerencia, era el precio de entrada al club.
El intermediario y su socio se quedaron mirando el techo, preguntándose quién era ese primo invisible que, sin mover un dedo ni captar un solo cliente, pretendía llevarse un porcentaje que haría palidecer a cualquier gestor de fondos. Para que el negocio cuadrara, el comprador tendría que haber soltado un 6% total: un 3% para los profesionales que sí trabajaban y un 3% para el 'pariente' del poder.
Un sablazo tan descarado que los inversores decidieron que era mejor pasar de largo que alimentar el árbol genealógico de la ministra.
La operación, que empezó en 2019 con un precio de salida de 196 millones de euros y terminó en un desierto absoluto, acabó resolviéndose a mediados de 2023.
Tras bajar el precio al umbral de los 156 millones, el Grupo Lar (via Barnaby Investment) y BlackRock se lanzaron al ruedo, cerrando la compra en 2024 por 204,7 millones de euros. El edificio ahora se transforma en 153 viviendas de lujo y una residencia de 400 camas. Al final, el 'primo' no apareció en la escritura, pero el aroma a ingeniería financiera familiar sigue flotando en el aire de Madrid.
Crítica:
La pieza se sostiene sobre el testimonio de una sola fuente anónima, lo cual es periodísticamente frágil. Sin embargo, el contraste entre la cifra final de venta y el intento de comisión es el verdadero clavo en el ataúd de la ética pública.
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