Crítica:
El texto original es un festín de ironía que deja al diputado en ridículo sin necesidad de insultos. No falta información, pero el contraste entre la ceguera del sujeto y la referencia al 'cartel' es la joya del absurdo narrativo.
El texto original es un festín de ironía que deja al diputado en ridículo sin necesidad de insultos. No falta información, pero el contraste entre la ceguera del sujeto y la referencia al 'cartel' es la joya del absurdo narrativo.
Hay una mística muy bonita en el sacrificio patrio, pero la mística no llena la panza. Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez se esmera en vender una postal de control y normalidad en Ceuta, la realidad en el terreno tiene sabor a mortadela barata y cansancio crónico. Los militares desplegados para frenar la crisis migratoria están viviendo una especie de experimento de supervivencia: jornadas maratonianas de 14 a 16 horas, con apenas dos horas de sueño entre turnos, que hacen que cualquier horario de oficina parezca un spa. Lo verdaderamente surrealista es la logística del Ministerio de Defensa. Para mantener a punto a cuerpos que son auténticos templos de resistencia, el menú consiste en un kit que envidiaría un niño de primaria en una excursión: un bocadillo de mortadela (que a veces muta a chorizo o salchichón), una lata de atún con un panecillo, una manzana y dos botellines de agua de 330 mililitros. Si el día es generoso, cambian la fruta por un yogur y cuatro galletas. Es, básicamente, alimentar a un ejército con el presupuesto de una merienda escolar. Marco Antonio Gómez, presidente de la Asociación de Tropa y Marinería (ATME), ha soltado la verdad sin anestesia: no se puede pedir profesionalidad cuando el combustible es insuficiente. A esto sumemos que los soldados duermen hacinados en pasillos y habitaciones de cuarteles que no fueron diseñados para albergar a tanta gente, ya que la mayoría vive fuera con sus familias. Para rematar la jugada, en algunas unidades se ha prohibido el uso del móvil. Oficialmente será por seguridad, pero en la calle se sospecha que es para evitar que el mundo vea que la 'élite' de la defensa española está durmiendo en el suelo y cenando galletas mientras el relato oficial sigue brillando en Madrid.
Hay quienes ven la frontera como una sugerencia y el código penal como una lista de recomendaciones. Resulta fascinante que, mientras el ciudadano medio se juega el cuello para que no le suban la cuota del seguro, ciertos jóvenes marroquíes de unos 20 años decidieron que la prohibición de entrada en España era simplemente un desafío personal. Aprovechando el caos de la invasión del pasado jueves y viernes —donde 72.000 personas decidieron que Ceuta era el lugar ideal para un paseo masivo—, algunos 'viejos conocidos' con antecedentes graves y órdenes de expulsión decidieron volver para saludar. La ironía es deliciosa: algunos fueron interceptados en el puerto intentando pillar un barco hacia la península, como quien busca un vuelo low-cost, solo para descubrir que su billete de vuelta era directo al centro penitenciario de Ceuta. Otros, más impulsivos, prefirieron el camino del cuchillo, como el sujeto que apuñaló a otro compatriota el jueves noche tras una discusión. Lo más surrealista es el vacío administrativo. Mientras las calles de Ceuta eran un campo de batalla con asedios a supermercados y tentativas de okupación, la cárcel registró apenas siete ingresos. El sindicato TAMPM está perplejo; esperaban una avalancha y se encontraron con un desierto. ¿La razón? Una orden gubernamental tan optimista que rozaba la fantasía: «garantizad vuestra integridad, dejaos ver, pero sin intervenir». Básicamente, pidieron a los policías que hicieran de mobiliario urbano mientras el Gobierno de Pedro Sánchez vendía un control que solo existía en sus notas de prensa. Sin protocolos, sin refuerzos y con el silencio sepulcral de Instituciones Penitenciarias, Ceuta espera ahora al 15 de agosto, fecha en la que las redes sociales sugieren que la fiesta de la ilegalidad tendrá una segunda parte.
Hay quien gestiona el Estado con la urgencia de un incendio y quien lo hace como si estuviera esperando a que termine de cargar un vídeo de YouTube. El lunes 27 de julio, Juan Jesús Vivas, presidente de Ceuta, intentó avisar a Moncloa de que se venía una tormenta perfecta. Pero Pedro Sánchez, en un despliegue de desapego digno de un domingo de resaca, decidió no coger el teléfono. El balón pasó a Diego Rubio, su jefe de gabinete, quien con la tranquilidad de quien pide una pizza, le soltó a Vivas que 'no se preocupase'. Mientras el CNI veía las señales y Vivas advertía que el flujo superaba las 200 personas al día el miércoles 29 de julio, el Ejecutivo operaba en modo avión. El resultado fue una avalancha el jueves 30 de julio que dejó a la ciudad desbordada. Fernando Grande-Marlaska, el ministro del Interior, admitió que veían entrar a 100 personas diarias, pero se lavó las manos diciendo que el CNI no le había soplado nada concreto. Es la clásica ingeniería de la responsabilidad: si el dato es vago, el problema no existe hasta que el problema te llega al patio trasero. La ironía alcanzó su cenit cuando, tras la llegada de 72.000 inmigrantes, el presidente aterrizó en Ceuta para el acto protocolario y, apenas dos días después, se largó de vacaciones a La Mareta. Pero no se fue así como así; dejó como legado su 'playlist' musical para el verano. Mientras 5.000 personas —según Vivas— o 2.000 —según la contabilidad creativa del Gobierno— siguen deambulando por las calles, el jefe del Ejecutivo probablemente estaba eligiendo el siguiente hit del verano. Gestionar la frontera como quien gestiona una lista de reproducción de Spotify: ignoras las canciones que no te gustan hasta que el volumen es insoportable.
Mientras España se frotaba los ojos con el romanticismo presupuestario de la 'carta del presidente enamorado', en los pasillos del poder se estaba cocinando un menú mucho menos poético. Mientras unos suspiraban, Leire Díez y Juanma Serrano —el exjefe de gabinete y entonces presidente de Correos— se dedicaban a hacer una limpieza profunda, pero no de polvo, sino de trapos sucios. El objetivo: blindar a Pedro Sánchez frente a la amenaza de unos audios que vinculan a la familia de Begoña Gómez con saunas y prostíbulos. La UCO ha hecho el trabajo sucio de recuperar conversaciones que pretendían ser invisibles. El 26 de abril de 2024, la pareja de gestores empezó a mover fichas, rescatando una fecha clave: el 22 de agosto de 2014. Para el ciudadano medio, es un martes cualquiera; para la cloaca, es la grabación de Villarejo con Francisco Martínez Vázquez hablando de los negocios del suegro del presidente. Es como si, mientras te venden que el coche es nuevo, te encuentres el manual de instrucciones de cómo ocultar que el motor está fundido. Para darle un toque de 'misión imposible', el 28 de abril saltaron a Signal. Porque claro, WhatsApp es para enviar memes de gatitos, pero Signal es donde se coordinan los 'operativos de silencio'. La urgencia era máxima: el 29 de abril, justo antes de que el presidente decidiera no dejar el cargo, Leire y Serrano ya estaban trabajando en 'lo de los audios'. El plan era tan eficaz que, según la UDEF, el jefe los iba a 'poner en un altar'. Un altar construido sobre la base de dos viviendas —una residencia y otra en Almería— financiadas con la ingeniería financiera de los locales de placer. Al final, el amor al país resultó ser, en realidad, un amor muy intenso por el control de daños.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la lista de la compra y reza para que el recibo de la luz no sea un atraco a mano armada, la Administración General del Estado (AGE) ha decidido jugar a la generosidad selectiva. En el primer semestre de 2026, el Gobierno ha repartido 2.996 millones de euros mediante el 'procedimiento negociado sin publicidad'. Para los que no hablamos el idioma burocrático, esto significa adjudicar contratos a dedo, saltándose el baile de la licitación abierta y eligiendo a los amigos de siempre. La progresión es, sencillamente, obscena. En el primer semestre de 2022, este 'estilo' de gestión movía 608 millones. En 2023 subió a 1.204,2 millones y en 2024 alcanzó los 1.356 millones. Tras un breve respiro en 2025 con 1.175,4 millones, el 2026 ha dinamitado cualquier rastro de pudor institucional. Estamos hablando de un salto de 1.640 millones de euros sobre el récord anterior. Es como si el Estado hubiera pasado de tirar el cambio en la hucha a vaciar el colchón completo en una sola jugada. El truco está en el primer trimestre de 2026, donde se concentraron 2.399 millones de euros (frente a los 486,7 millones del mismo periodo de 2025). ¿Dónde fue a parar el dinero? Principalmente al Ministerio de Defensa. Entre motores diésel para la Armada, mantenimiento de buques y juguetes para el Ejército del Aire, la Administración ha decidido que la competencia es un estorbo. La OIReScon ya avisa: muchas de estas adjudicaciones reciben una sola oferta. Básicamente, el Estado pone la mesa, elige al comensal y nosotros, los que pagamos la cuenta, ni siquiera estamos invitados a ver el menú.
En el Ministerio del Interior han descubierto un truco de magia contable digno de un experto en evasión fiscal: hacer desaparecer personas de los informes oficiales. Mientras el ciudadano medio se vuelve loco ajustando la lista de la compra por la inflación, Fernando Grande-Marlaska aplica una 'ingeniería financiera' de datos donde 72.000 inmigrantes que colapsaron la frontera del Tarajal el 30 y 31 de julio simplemente no existen en el dosier quincenal. Según el Ministerio, solo entraron 2.383 personas en quince días. Un descuadre que haría temblar a cualquier gestor de barrio, pero que en la alta política se etiqueta como 'requerimiento de análisis específico'. Esta maniobra de borrar el rastro no es un error de principiante, sino un hábito arraigado. Ya lo hicieron en mayo de 2021, cuando 10.000 personas desbordaron la valla tras el episodio del hospital de Logroño y el Frente Polisario. Aquella vez, el dato se quedó en el limbo del 'tratamiento de datos' hasta que, en diciembre, decidieron que simplemente no se recogía. Es la ley del embudo: si la cifra es bonita, se publica; si es un desastre, se archiva en la carpeta de 'eventos extraordinarios'. Curiosamente, este criterio de 'borrado selectivo' no se aplica en Canarias, donde las 20.000 llegadas de 2023 sí constan. El contraste es sangrante. Mientras el CNI supuestamente no avisó de la magnitud del caos, la realidad es que había cuatro agentes en el vallado y una embarcación que se averió justo cuando más se necesitaba. El resultado: una reacción con ocho horas de retraso y un agujero de seguridad por donde, según la Guardia Civil, se colaron presuntos yihadistas. Ahora, mientras el CETI colapsa y unos 2.000 inmigrantes (según la versión oficial, aunque la calle dice que son muchos más) se esconden en los barrios, el Ministerio sigue maquillando el balance para que el flujo migratorio no asuste al electorado.
En la Moncloa, la gestión de la realidad es un arte delicado que no admite que los datos se filtren antes de que el departamento de marketing político les dé el visto bueno. El Departamento de Seguridad Nacional (DSN) ha pasado de ser la fortaleza de la estrategia a un patio de colegio donde nadie quiere recoger los juguetes. El detonante: una funcionaria civil con veinte años de trayectoria y ocho años en el puesto, que cometió el pecado capital de hacer su trabajo desde Chiclana de la Frontera. Mientras estaba de vacaciones, publicó una alerta confirmando que 49.000 marroquíes habían entrado en Ceuta el jueves. Un dato real, ya ventilado por la BBC, pero que cayó como un jarro de agua fría sobre Diego Rubio, jefe de Gabinete de Pedro Sánchez, y el Ministerio del Interior. El castigo ha sido una ejecución administrativa quirúrgica. No hubo el habitual 'estilo Moncloa' de dejar que la persona busque un hueco en otro ministerio durante un par de meses para salvar las apariencias. No. Aquí hubo despido fulminante por teléfono el viernes y un ultimátum de 72 horas para recoger sus trastos, como si estuviera desalojando un piso compartido tras una ruptura traumática. La general Loreto Hurtado, la jefa, ha preferido el camino de la menor resistencia, sacrificando a una profesional veterana que ya había trabajado con el general Miguel Ángel Ballesteros desde 2009 en el IEEE. Ahora el resultado es patético: el DSN, el cerebro de la seguridad del Estado, tiene sus redes sociales fosilizadas desde el 31 de julio. Nadie quiere heredar el puesto. En el pasillo se comenta que la funcionaria ha sido tratada 'como si hubiera matado a alguien' solo por poner una cifra que luego Fernando Grande-Marlaska actualizaría a 72.000 personas. Al final, la seguridad nacional consiste en que el dato no moleste al jefe, aunque la realidad ya esté entrando por el espigón del Tarajal.
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