En el tablero del 'escudo social' de Pedro Sánchez, la aritmética parece haberse ido de vacaciones. Resulta fascinante que, mientras el país se corona como el campeón europeo de la pobreza infantil, el Gobierno haya decidido que tener 50.000 euros anuales es, aparentemente, un estado de vulnerabilidad extrema.
Estamos hablando del Complemento de Ayuda para la Infancia (CAPI), una prestación que se ha vuelto tan generosa en sus requisitos que permite que hogares con ingresos de hasta 4.182 euros mensuales —una cifra que hace que la lista de la compra de cualquier currante medio parezca un ejercicio de supervivencia— puedan cobrar el cheque público.
El despliegue es quirúrgico: en julio, 613.088 hogares recibieron una media de 122,8 euros por casa.
Dependiendo de la edad del niño, el Estado suelta desde 115 euros para los más pequeños hasta 57,5 euros para los adolescentes. Todo esto mientras la renta máxima para acceder a la ayuda ha subido un 58% desde 2022. Es el equivalente a regalar paraguas a quien tiene un techo de pizarra mientras los que están a la intemperie se mojan hasta los huesos.
Porque la realidad, esa que no sale en los folletos del Ministerio, es brutal.
Eurostat sitúa a España liderando la pobreza infantil en la UE con un 28,4% en 2025, casi 9 puntos por encima de la media. El INE es aún más crudo: el riesgo de exclusión (AROPE) alcanza al 35,5% de las niñas. Mientras tanto, la ingeniería financiera del Gobierno brilla por su opacidad.
De los 198 millones de euros transferidos a las comunidades el 6 de mayo, la Fundación Madrina ha destripado que solo 65 millones llegan realmente a las familias. El resto se queda en el 'laberinto' de la gestión administrativa y el personal. Al final, si repartimos ese dinero real entre los hogares en vulnerabilidad severa, el resultado es un chiste cruel: 65 euros al año por hogar.
Un sablazo de marketing disfrazado de solidaridad.
Crítica:
El texto original es una bomba de datos, pero falla al no cuestionar quién diseñó exactamente los umbrales del CAPI. Es un ejercicio de contraste efectivo, aunque peligrosamente cercano al panfleto por su falta de fuentes gubernamentales en contraparte.
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