Crítica:
La noticia es un frío parte oficial que omite la contradicción temporal de Marruecos. Falta analizar el coste real de esos refuerzos policiales frente a la inacción diplomática previa.
La noticia es un frío parte oficial que omite la contradicción temporal de Marruecos. Falta analizar el coste real de esos refuerzos policiales frente a la inacción diplomática previa.
Javier Ruiz se baja del barco de TVE dejando una estela de rosas socialistas y un rastro de datos que, sinceramente, hacían malabarismos para encajar en la realidad. Desde su aterrizaje en Mañaneros 360 en abril de 2025, el presentador logró que la audiencia pasara de unos modestos 200.000 espectadores (un 8 % de share) a unos 450.000 (16 %). Doblar la taquilla es un mérito, claro, pero el problema es que el menú que servía estaba cocinado con una ideología tan espesa que asfixiaba la objetividad. Mientras el ciudadano medio ve cómo la lista de la compra se convierte en un deporte de riesgo, Ruiz usaba la televisión pública como el patio de recreo de sus amigos, especialmente de José Luis Rodríguez Zapatero. Su gestión de la verdad fue, cuanto menos, creativa. Intentó convencernos de que los '10k' de la trama Plus Ultra eran kilómetros de una carrera y no billetes de mil, una gimnasia mental que ni en el Cirque du Soleil. Y luego estaba el episodio con Villarejo: Ruiz negó conocer al comisario con la vehemencia de quien jura que no ha comido el pastel, hasta que un audio en OkDiario le recordó que, en 2017, sí que se llevaban lo suficientemente bien como para intercambiar confidencias. La FAPE ya le puso la cruz por inventarse que 9 de cada 10 violaciones eran cometidas por españoles para atacar a Vox, y su análisis económico fue un auténtico sablazo a la inteligencia: comparó el precio del petróleo en EE. UU. (4 dólares el galón, unos 4 litros) con el precio por litro en España, haciendo que la gasolina pareciera un regalo. Para rematar, presentó a una cocinera liberada de la UGT como sanitaria del Hospital Virgen del Rocío. Ahora se muda a La Séptima en noviembre, donde podrá seguir predicando sin el estorbo de la deontología.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la tarjeta para que el aceite de oliva no sea un artículo de lujo en la cesta de la compra, el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes ha decidido que la verdadera 'convivencia' se cocina en el comedor escolar. El 30 de junio, bajo la batuta de Milagros Tolón, se adjudicó un contrato en Ceuta donde la carne será estrictamente Halal y el cerdo ha sido desterrado del menú. No es un detalle menor; es una declaración de intenciones servida en bandeja. El despliegue comienza en centros como el CEIP Santiago Ramón y Cajal, el CEIP Federico García Lorca y el CEE San Antonio, que ahora se unen al club de los 'menús especiales' donde ya militaban el CEIP Pablo Picasso, Ortega y Gasset, Andrés Manjón, Príncipe Felipe, Reina Sofía y Maestro José Acosta para el curso 2025-2026. Lo curioso es que, mientras se prohíben la panga y la perca por cuestiones técnicas, se abre la puerta a una ingeniería social alimentaria. Pero esto es solo el aperitivo. El Gobierno está cocinando un Real Decreto para que esta 'flexibilidad' —que es el eufemismo favorito de Moncloa para decir 'imposición'— llegue a todos los hospitales y colegios de España. El plan es sencillo: menús veganos, sin gluten y halal, todo sin sobrecoste para el usuario. Claro, el 'sin coste' es un truco de magia contable, porque el sobrecoste lo absorberá el Estado, es decir, el bolsillo de todos. Nos venden la diversidad como estrategia de convivencia, pero lo que realmente están haciendo es reformular los Pliegos de Prescripciones Técnicas para que el menú del Estado sea tan diverso como el calendario de festivos del Gobierno: diseñado a medida para contentar a quien haga falta.
Pedro Sánchez se encuentra en ese punto incómodo donde el tablero se le ha quedado pequeño y las piezas no obedecen. El escenario es Ceuta, que hace diez días fue el escenario de una avalancha de 80.000 personas enviadas por Rabat, un movimiento que dejó al Gobierno jugando a la defensiva. Ahora, la pelota está en su tejado: refrendar o no la visita de Felipe VI a la ciudad autónoma. Es una decisión que, en el lenguaje de la calle, es como elegir entre que te pisen los pies o que te miren por encima del hombro. El Rey ya se reunió con Juan Jesús Vivas en el Palacio de Marivent de Palma, y el presidente ceutí salió convencido de que el apoyo real llegaría. Pero aquí entra la 'ingeniería del retraso' de Moncloa. El ministro Óscar López soltó el típico comodín institucional: 'cuando sea oportuno'. El problema es que, en doce años de reinado, el 'momento oportuno' ha sido un unicornio; ni Rajoy ni Sánchez han querido molestar a Mohamed VI. Ceuta y Melilla son los únicos huecos en blanco del mapa de visitas reales, una ausencia que grita sumisión. Sánchez ya quemó sus mejores cartas. En 2022, regaló el Sahara en una carta personal, sin pasar por el Parlamento, dejando a España sin baza alguna para negociar. Mientras tanto, Rabat juega al ajedrez con piezas pesadas: mientras el presidente español intenta hacer el papel de líder opositor a Trump, Mohamed VI le pone el nombre del estadounidense a una autopista que une Tiznit con Dajla. Es el contraste perfecto: mientras unos buscan el aplauso ideológico, otros aseguran el terreno. Con el Pegasus instalado en los móviles del Gobierno, el miedo a las represalias de Rabat es el motor de una política exterior que huele a naftalina y temor.
La diplomacia europea ha pasado de ser un juego de ajedrez a una pelea de bar. Mientras el ciudadano de a pie intenta aterrizar en Barajas o El Prat sin que le pidan el árbol genealógico, Pedro Sánchez y Giorgia Meloni han decidido jugar al 'quién tiene el ego más grande'. Todo empezó el 31 de julio, cuando Italia decidió que el Espacio Schengen era una sugerencia y no una regla, suspendiendo parcialmente el acuerdo con España el 1 de agosto tras el caos migratorio en Ceuta. Al principio, la cosa parecía solucionable. José Manuel Albares movía los hilos en privado y Antonio Tajani, el ministro italiano, estaba dispuesto a volver al statu quo. Pero entonces Sánchez decidió sacar la artillería pesada. En lugar de un apretón de manos, envió una carta a Ursula von der Leyen llamando a Meloni 'egoísta' e 'ilegal'. Para rematar la faena, el viernes lanzó un ultimátum de tres días. Básicamente, le dijo a Italia: 'O abres la frontera o te respondo'. En la política, como en el barrio, si amenazas a alguien que no quiere ceder, lo único que consigues es que se atrincheren. Meloni, que no piensa ser la que 'se rinde ante el socialista', ha respondido que no acepta chantajes extranjeros. El resultado es un sablazo a la movilidad. Siete aeropuertos españoles (Madrid, Barcelona, Málaga, Sevilla, Bilbao, Alicante y Valencia) y el puerto de Barcelona se han convertido en aduanas improvisadas donde se inspecciona aleatoriamente al 5-10% de los viajeros. Mientras Magnus Brunner intenta poner parches diciendo que la 'confianza es el activo más valioso', la realidad es que los pasajeros son el daño colateral de una guerra de egos que durará, al menos, hasta el 15 de agosto. Una gestión espectacular: convertir un problema de seguridad en un duelo de orgullo nacional.
En el tablero del 'escudo social' de Pedro Sánchez, la aritmética parece haberse ido de vacaciones. Resulta fascinante que, mientras el país se corona como el campeón europeo de la pobreza infantil, el Gobierno haya decidido que tener 50.000 euros anuales es, aparentemente, un estado de vulnerabilidad extrema. Estamos hablando del Complemento de Ayuda para la Infancia (CAPI), una prestación que se ha vuelto tan generosa en sus requisitos que permite que hogares con ingresos de hasta 4.182 euros mensuales —una cifra que hace que la lista de la compra de cualquier currante medio parezca un ejercicio de supervivencia— puedan cobrar el cheque público. El despliegue es quirúrgico: en julio, 613.088 hogares recibieron una media de 122,8 euros por casa. Dependiendo de la edad del niño, el Estado suelta desde 115 euros para los más pequeños hasta 57,5 euros para los adolescentes. Todo esto mientras la renta máxima para acceder a la ayuda ha subido un 58% desde 2022. Es el equivalente a regalar paraguas a quien tiene un techo de pizarra mientras los que están a la intemperie se mojan hasta los huesos. Porque la realidad, esa que no sale en los folletos del Ministerio, es brutal. Eurostat sitúa a España liderando la pobreza infantil en la UE con un 28,4% en 2025, casi 9 puntos por encima de la media. El INE es aún más crudo: el riesgo de exclusión (AROPE) alcanza al 35,5% de las niñas. Mientras tanto, la ingeniería financiera del Gobierno brilla por su opacidad. De los 198 millones de euros transferidos a las comunidades el 6 de mayo, la Fundación Madrina ha destripado que solo 65 millones llegan realmente a las familias. El resto se queda en el 'laberinto' de la gestión administrativa y el personal. Al final, si repartimos ese dinero real entre los hogares en vulnerabilidad severa, el resultado es un chiste cruel: 65 euros al año por hogar. Un sablazo de marketing disfrazado de solidaridad.
La política, como ocurre con algunas dietas milagro, suele prometer salud mientras ignora la letra pequeña de la ciencia. Mónica García ha puesto sobre la mesa una reforma de la ley del tabaco que es, sencillamente, un ejercicio de equilibrismo mental. Por un lado, el Plan Nacional sobre Drogas —que es, básicamente, el brazo derecho del Ministerio de Sanidad— suelta un mensaje claro: el verdadero villano de la película es la combustión, ese humo negro que nos destroza los pulmones. Pero, por otro lado, la ministra decide que, a efectos legales, un cigarrillo convencional, un vapeador y una bolsa de nicotina son exactamente lo mismo. Es como decir que un accidente de coche es igual de grave que un rasguño en la pintura porque, en ambos casos, hay un vehículo implicado. Mientras que en Suecia, Reino Unido o Nueva Zelanda han entendido que reducir el daño es mejor que prohibirlo todo y quedarse mirando cómo la gente sigue fumando en los portales, en España preferimos el camino del 'todo o nada'. La ciencia, con nombres como Robert Beaglehole, Ruth Bonita y Tikki Pang en la revista Nature Health, ya ha avisado: el Convenio Marco para el Control del Tabaco se ha quedado cojo y hace falta pragmatismo. Incluso estudios en Toxics y las revisiones de los doctores Silvio Festinese y Dimitris Richter confirman que cambiar el humo por aerosoles reduce la exposición a tóxicos a niveles que casi rozan los de un no fumador. Pero claro, para la regulación de García, los matices son un lujo que no podemos permitirnos. Al final, el resultado es una paradoja exquisita: Sanidad admite que el humo es el problema, pero legisla como si el aire limpio fuera el culpable. Un sablazo regulatorio que ignora a nueve millones de fumadores españoles en favor de una coherencia que brilla por su ausencia.
Hay un arte casi místico en la capacidad de algunos políticos para señalar el incendio mientras sostienen el bidón de gasolina. El PSOE mallorquín ha decidido que es el momento perfecto para lamentar los atascos de la isla, olvidando convenientemente que durante ocho años el Consell y el Govern fueron su patio de recreo. Es la clásica maniobra de quien deja la cocina sucia durante una década y, al ver que el relevo no ha terminado de fregar los platos, denuncia que el establecimiento es insalubre. La memoria es selectiva, pero los datos son tercos. Mientras Catalina Cladera y Francina Armengol timoneaban la isla, proyectos como la carretera Selva-Campanet se quedaron en un limbo burocrático: empezaron antes de 2015, se congelaron en 2018 y llegaron a 2023 sin que nadie moviera una piedra. Fue una gestión de 'cajón', donde el segundo cinturón de Palma y las mejoras en la Serra de Tramuntana quedaron archivados, probablemente junto a las promesas de movilidad sostenible que Podemos gestionaba con la eficacia de un semáforo roto. Ahora, Jaume Mateu se pone la túnica de juez y tacha de «fracaso rotundo» la gestión de Llorenç Galmés. Le echa en cara que no haya ejecutado los 26 viales cívicos prometidos ni los 164 millones para los accesos a Palma. Es un duelo de listas: la lista de promesas incumplidas del PP frente a la lista de obras jamás iniciadas del PSOE. El colofón es la Ley de limitación de vehículos para el verano de 2027; el PSOE dice que es imposible, mientras que Galmés ya se lo juró al Rey Felipe VI. Al final, el ciudadano sigue atrapado en la misma rotonda, viendo cómo los políticos juegan al ping-pong con el asfalto mientras el transporte público sigue siendo una sugerencia más que una solución.
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