Hay una diferencia abismal entre invitar a la jefa de la casa y acabar cenando con el portero porque la dueña no está en la ciudad. Eso es, en lenguaje cristiano, lo que Pedro Sánchez intentó colar en el Congreso este jueves. El presidente salió al Pleno con el pecho hinchado asegurando que había convocado a la embajadora de Marruecos, Karima Benyaich, para darle un toque de atención por las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla.
Un gesto de fuerza, una respuesta contundente, el manual del líder firme. El problema es que la embajadora no estaba en Madrid. Estaba, básicamente, haciendo cualquier otra cosa fuera de España.
La realidad es mucho más modesta: el 21 de agosto quien pisó el Ministerio de Asuntos Exteriores fue el encargado de negocios, el sustituto que firma los papeles cuando el jefe no está.
Es como presumir de haber tenido una reunión privada con el CEO de una multinacional cuando en realidad te atendió el secretario de recepción. Para el ciudadano de a pie, que ve cómo el precio de la cesta de la compra sube mientras los políticos juegan al teléfono escacharrado, esto es solo otro martes en Moncloa.
Lo más surrealista es la coreografía del silencio. La reunión fue el 21 de agosto, pero el Gobierno decidió guardarla en el cajón hasta el jueves, usando la 'prudencia' como escudo para soltar la bomba justo en medio del debate parlamentario. Mientras tanto, José Manuel Albares, el ministro que tiene que limpiar los trastos, tuvo que salir al rescate para matizar que Benyaich no había acudido a la cita.
Todo esto mientras en Rabat, figuras como Abdellatif Ouahbi o Ahmed Toufiq hablan de 'liberación' de nuestras ciudades autónomas. Al final, Sánchez nos vendió un despliegue diplomático de primera categoría que resultó ser un trámite de segunda, donde la precisión del relato importa menos que la foto del momento.
Crítica:
El texto original es una crónica de hechos, pero falla al no profundizar en las consecuencias diplomáticas reales de sustituir a una embajadora por un encargado de negocios. Es un relato de 'quién mintió', pero ignora el 'por qué' estratégico del silencio.
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