Crítica:
El texto original es una pieza de transparencia pura que expone la ridiculez de usar el secreto bancario en fondos públicos. Solo falla en no presionar más sobre quién decidió exactamente cerrar el grifo de la información.
El texto original es una pieza de transparencia pura que expone la ridiculez de usar el secreto bancario en fondos públicos. Solo falla en no presionar más sobre quién decidió exactamente cerrar el grifo de la información.
Votar en España es, a veces, como intentar pagar el alquiler con cupones de descuento que el casero no acepta: te esfuerzas, haces la cola, pero al final el papel no vale nada. El próximo 29-N, mientras los analistas se pelean por la ley de nietos o el voto por correo, hay un elefante en la habitación llamado 'voto basura'. En las generales del 23 de julio de 2023, la broma fue pesada: 4.539.539 papeletas terminaron en el triturador democrático. Hablamos del 18,5% de los 24,5 millones de votos, una cifra que hace que cualquier presupuesto doméstico llore. El culpable es el sistema D'Hondt, que funciona como un portero de discoteca elitista. Si no tienes el 'ticket' completo para un escaño, te quedas fuera. En Ceuta, el desastre fue total: el 60,9% de los votos no sirvieron para nada, dejando el camino libre al PP. Siguieron Melilla (50,4%) y Teruel (47,2%), donde votar por alguien que no es el gigante de turno es casi un acto de caridad. La hipocresía es deliciosa cuando miras el precio del diputado. Mientras que al PP le costó 59.568 votos y al PSOE 64.642, Vox tuvo que pagar un 'sobrecoste' de 92.636 y Sumar un sablazo de 98.226. Es como comprar el mismo producto en dos tiendas distintas, pero que a unos les apliquen el descuento de socio y a otros les cobren la tarifa de turista. El caso del PACMA es la crónica de un fracaso matemático: 169.237 votos, más que el BNG o Coalición Canaria, pero cero escaños porque su apoyo estaba tan repartido que no llenaron ni una sola 'caja' de votos en ninguna provincia. En Barcelona, por ejemplo, el precio de entrada eran 73.257 votos; el PACMA llegó con 28.201. Básicamente, fueron a la fiesta pero no pasaron del vestíbulo.
Hay momentos en los que la política deja de ser una partida de ajedrez para convertirse en un episodio de telenovela de tarde. El pasado 17 de octubre de 2026, en Fuenlabrada, Pedro Sánchez decidió que el Comité Federal del PSOE era el escenario ideal para un despliegue de romanticismo cinematográfico. Mientras el país digiere el acuerdo entre socialistas y Frente Amplio para lanzarse juntos al Senado en 46 provincias para las generales del 29-N, el presidente prefirió cambiar la estrategia electoral por el guion de 'La Rosa de Guadalupe'. Con una camiseta roja de 'la fuerza de la gente' que parecía recién sacada del paquete, Sánchez lanzó un 'te quiero' a Begoña Gómez que resonó más que cualquier promesa programática. Fue un despliegue de sentimentalismo coreografiado: ritmo entrecortado, agradecimientos por ser la madre de sus hijas y un beso improvisado que dejó a la militancia en un estado de éxtasis digno de los tiempos de 'Furor'. La escena, celebrada en el Centro de Arte Tomás y Valiente, tuvo un toque de drama necesario: Begoña, que no pisaba estos eventos desde el 41 Congreso de Sevilla en 2024, volvió al foco justo ahora que se prepara para sentarse en el banquillo por presuntos delitos de malversación y tráfico de influencias. Es fascinante el contraste. Por un lado, la ingeniería política de las alianzas electorales; por otro, el uso del sentimiento público como escudo protector. Flanquear a su mujer con figuras como Óscar López y María Jesús Montero no fue un detalle casual, sino un mensaje: 'estamos blindados'. Al final, el mensaje no fue sobre el programa electoral, sino sobre la resistencia emocional, transformando un mitin político en una declaración de amor que busca limpiar la imagen de quien tiene una cita pendiente con la justicia.
Hay quien lucha por llegar a fin de mes y hay quien, simplemente, tiene el código de acceso al éxito. Sergi Vélez Viola, la pareja de la dimisionaria Montse Mínguez, ha convertido la hostelería en una máquina de hacer billetes que dejaría en ridículo cualquier plan de ahorro doméstico. Su sociedad, Bocao Restaurantes, ha pasado de facturar unos modestos 192.985 euros en 2024 a engullir 1,112 millones en 2025. Un salto del 476% que no es precisamente fruto de una receta secreta de tortilla, sino de una suerte que parece venir instalada de fábrica. Mientras el ciudadano medio ve cómo la inflación le muerde el sueldo, el beneficio neto de Vélez se disparó un 933%, pasando de 17.464 a 180.459 euros en solo doce meses. Con semejante viento a favor, el empresario no se ha conformado con el bar de Lérida; ha lanzado Desbocao en diciembre de 2025 y se ha lanzado al alquiler de yates en Ibiza, porque claro, el rentismo inmobiliario —ese que causó el terremoto político que acabó con la carrera de Mínguez en el Congreso— ya se le quedaba corto. Lo más fascinante es la 'ingeniería financiera' del pasado. En 2014, cuando Mínguez era la jefa de Economía en Lérida, el Ayuntamiento decidió que una deuda de 281.783 euros de una discoteca de Vélez era más bien una sugerencia que no hacía falta pagar. Se perdonaron cánones de 240.000 euros y se olvidaron de un derribo de edificio. Y aunque la Fiscalía Anticorrupción husmeó, el archivo fue el destino final. Sumemos a esto una urbanización de lujo en Palafrugell con 700 árboles talados y sin licencia, desbloqueada convenientemente por el PSC en 2022. Al final, el éxito no es cuestión de esfuerzo, sino de saber quién firma el decreto.
Resulta fascinante observar cómo el Estado, ese gran predicador de la justicia social y el techo digno, se pone el traje de casero implacable cuando le toca cobrar la renta. Mientras en los mítines se habla de proteger al vulnerable, el Ministerio de Defensa aplica la Ley 26/1999 con la precisión de un francotirador: tres meses sin pagar el canon y el contrato vuela por los aires. No hay espacio para la poesía; si no hay pasta, el artículo 23 del Estatuto del Invied activa la maquinaria del desahucio. Eso sí, para los que saben navegar el papeleo, existen los aplazamientos, porque el Estado es implacable pero burocrático. Pero el verdadero espectáculo ocurre con la Tesorería General de la Seguridad Social (TGSS). Aquí la jugada es más sofisticada: no es que no pagues, es que el contrato ha vencido y el casero público quiere recuperar sus llaves. En la calle Mallorca de Madrid, la TGSS gestionaba 29 pisos, de los cuales solo tres estaban habitados. Una joya inmobiliaria donde a familias como la de Ariadna de la Rubia le ofrecieron comprar su hogar por 435.956 euros o hacer las maletas antes del 30 de noviembre. Es el clásico 'o pagas el precio de un castillo o te vas a la calle', mientras otros 26 pisos permanecían vacíos, acumulando polvo y cinismo. Entre el inventario de 31.542 registros inmobiliarios ministeriales y las 183 enajenaciones de la Seguridad Social entre 2022 y 2025 (con 57 viviendas en Madrid), queda claro que el patrimonio público se gestiona como un fondo de inversión. El contraste es brutal: el anuncio de mayo de incorporar pisos al alquiler asequible mediante Casa 47 suena muy bonito en el BOE, pero en la práctica, la maquinaria de ventas y desahucios —desde el caso de Maricarmen Abascal hasta los líos de Muface— sigue girando. El Estado no es tu amigo; es el propietario que, si le conviene, te vende el piso o te pide las llaves.
Hay quien dice que el pasado es un país extranjero, pero en RTVE es una mina de oro. Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca y mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, la corporación pública ha decidido que no hay nada más rentable que remover cenizas. La nueva apuesta se llama '¡Cuánta guerra!', un formato que promete lágrimas, trincheras y road movies emocionales conducidas por Conchi Cejudo. El guion es sencillo: traer a figuras como Carlos Bardem, Rozalén, Juan Carlos Rivero o Rodrigo Cuevas para que descubran qué hicieron sus abuelos hace 90 años, mientras el espectador descubre cuánto cuesta el minuto de televisión pública. La ingeniería financiera detrás del proyecto es fascinante. RTVE ha vuelto a tirar de la tarjeta con Minoría Absoluta, la productora de 'Polònia'. Para este nuevo viaje al pasado, se han reservado 796.606 euros en las cuentas de 2025. Pero no nos dejemos engañar por la cifra aislada; esto es un ecosistema. Si sumamos los 1,3 millones de euros que la productora ya se embolsó entre 2024 y 2025 por 'Los archivos secretos del NO-DO', el sablazo por resucitar el conflicto bélico ya supera los dos millones de euros. Es un negocio redondo: importar un formato de 3Cat, ponerle caras conocidas y venderlo como 'memoria colectiva'. De hecho, en los últimos tres ejercicios —hasta septiembre de 2026—, Minoría Absoluta ha visto cómo su cuenta corriente se inflaba con más de cuatro millones de euros provenientes de la televisión pública. Al final, la verdadera tragedia no son los 500.000 muertos de la guerra, sino que, décadas después, la memoria histórica siga siendo el producto estrella para llenar los bolsillos de unas cuantas productoras externas.
Hay algo profundamente poético en que el organismo encargado de vigilar que el dinero público no se evapore, la Oirescon, tenga puestos de trabajo que son, literalmente, humo. No es que haya una crisis de talento o que los funcionarios hayan descubierto la iluminación y se hayan ido al Tíbet; es que hay cinco plazas que jamás han sido ocupadas. Nunca. Ni una sola vez. Son sillas vacías que miran al vacío mientras el Ministerio de Hacienda firma resoluciones el 6 de octubre reconociendo que, aunque lo intentaron, nadie quiso sentarse ahí. Traduzcamos esto al lenguaje de la calle: es como si montaras un restaurante, pusieras el cartel de 'se busca cocinero' durante años y, al final, admitieras que nadie quiere entrar en tu cocina. Y ojo a los números, que aquí está la gracia. Tenemos un consejero técnico (nivel 28) con un complemento de 19.667,48 euros anuales que es un mito urbano. Luego están dos jefes de negociado (nivel 18) con 4.489,10 euros y tres secretarios de puesto de trabajo (nivel 16) con 7.591,50 euros. Dinero que está ahí, dibujado en un papel, pero que no encuentra dueño. Pero la fiesta no acaba con los 'vírgenes' de la administración. Hay otros 10 puestos que sí tuvieron dueño, pero que quedaron huérfanos. Algunos desde octubre de 2023, otros en 2024, 2025 e incluso 2026. Con una plantilla de solo 33 funcionarios, donde nueve van por libre designación y siete están en comisión de servicios, la capacidad operativa de la Oirescon parece más un juego de sillas musicales que una oficina de supervisión. María Luisa Araújo Chamorro firma el documento, pero no explica por qué nadie quiere estos puestos. ¿Sueldos ridículos para la responsabilidad? ¿Requisitos imposibles? Hacienda calla, y mientras tanto, la supervisión de la contratación pública tiene cinco agujeros negros que no sabe cómo llenar.
Estamos ante un cortocircuito administrativo de manual, de esos que te dejan el cerebro haciendo chispa. Resulta que en Ceuta, cinco agentes de la Policía Nacional, afiliadas al Sindicato Policial Trans No Normativos (TNN), han decidido que es momento de reclamar sus derechos. ¿El motivo? Han sido detenidas bajo el protocolo de violencia de género. Sí, han leído el acta. El problema es que, según el DNI y la ley trans impulsada por Irene Montero, estas personas son legalmente mujeres. Y aquí viene la joya de la corona: la ley de violencia de género (LO 1/2004) está diseñada para castigar la violencia de hombres sobre mujeres. Detener a una 'mujer' por violencia de género es, técnicamente, un error de sistema, como intentar pagar el café con un ticket de parking. El caso estrella es el de David Osasuna. Tras una denuncia de su pareja por un asunto con su hijo menor, Osasuna se entregó voluntariamente. Pero el inspector de radiopatrullas, el jefe regional de operaciones y el juez de guardia decidieron ignorar el papel oficial y tratarla como varón. La llevaron a la UFAM, firmaron papeles de VioGén y la mandaron al Juzgado de Violencia sobre la Mujer. Un despliegue de burocracia que, para el TNN y su vicepresidenta Daniel Gallardo, es una vulneración de derechos fundamentales. Lo fascinante es el ruido de fondo. Mientras el sindicato pide que se les reconozca como mujeres hasta para usar el vestuario, la FELGTBI+ y la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres miran el espectáculo con escepticismo. Unos hablan de 'fraude de ley' y otros de 'transfobia'. Al final, el caso de Osasuna terminó en el Juzgado de Instrucción n.º 4 con la retirada de la denuncia, pero la manzana de la discordia sigue ahí: ¿es la ley trans una herramienta de identidad o un escudo legal para esquivar la LO 1/2004? El Estado, que suele ser experto en complicarse la vida, ha encontrado aquí su laberinto favorito.
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