En un mundo donde la gestión emocional marca la diferencia entre reaccionar con agresividad o responder con firmeza y respeto, un sencillo hábito puede ser la clave: pasar al menos 120 minutos a la semana en entornos naturales. Estudios recientes, como el liderado por Farhana Naz en 2025, demuestran que este hábito reduce la ansiedad, el estrés y los síntomas depresivos en adultos de grandes ciudades.
No solo se trata de cuestionarios; los niveles de cortisol, la hormona del estrés, también disminuyen. Otro estudio dirigido por Mathew P. White con casi 20.000 personas en Inglaterra llegó a la misma conclusión: superar los 120 minutos semanales en parques o zonas verdes aumenta la probabilidad de sentirse bien y declarar un buen estado de salud.
Este hábito impacta directamente en la inteligencia emocional al reducir el ruido interno, facilitando pensar antes de reaccionar y poner límites sin agresividad. En niños, reduce la sobreestimulación y les ayuda a identificar sus emociones sin desbordarse. La clave está en hacerlo asequible: dos paseos de una hora o cuatro de media hora cumplen la dosis semanal.
Durante este tiempo, simplificar y prestar atención a las emociones internas es fundamental. Poner nombre a lo que se siente ya es una forma de regularlo. Al volver a casa, notar el cambio emocional ayuda al cerebro a asociar el entorno natural con una bajada de activación emocional.
Así, esos 120 minutos semanales ofrecen un margen para pensar y elegir cómo reaccionar, lo que en la práctica diaria marca la diferencia.
Crítica:
El artículo presenta una visión esperanzadora sobre cómo mejorar la inteligencia emocional a través de la exposición a la naturaleza, respaldado por estudios científicos. Sin embargo, podría profundizar más en las limitaciones de estos estudios y en cómo aplicar estos hallazgos en entornos urbanos con escaso acceso a espacios verdes.
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