Cuando te subes al metro y tu sombra encoge, la historia de Adam Rainer te hace reír y llorar al mismo tiempo. Nacido en 1899 en Graz, Austria, el pequeño de la ciudad ya mostraba, a los 18 años, el tamaño de un niño de la calle: 4 pulgadas y 6 pulgadas (4 ft 6 in).
La política militar de la Primera Guerra Mundial tenía claro su límite: 4 ft 10 in. En 1919, cuando el ejército revisó su estatura, lo clasificaron como “enfermedad de crecimiento” y le dijeron que la lista de reclutas era más alta que su propia lista de calzado, un 10 europeo (equivalente a 43). El niño de las manos grandes, de tamaño 10, continuó intentando subir a la zona de combate; en 1920, una nueva ronda de pruebas mostró que seguía creciendo dos pulgadas, pero todavía estaba dos pulgadas por debajo del umbral.
La gente pensó que el crecimiento se había detenido cuando Rainer cumplió 21 años, y los médicos, como en una tienda de la calle, sacaron su hoja de cálculo de “crecimiento a término” y la marcaron como concluida. Pero la medicina, como un cliente que decide cambiar de mesa, se volvió loca.
Entre 1920 y 1930, el joven pasó de ser un “ladrón de la altura” a un gigante de 7 ft 1 in (casi 2 m), y luego a 7 ft 8 in (2 m 35 cm). El motivo: un tumor en la glándula pituitaria que disparó la producción de hormonas de crecimiento, provocando la acromegalia.
Los doctores Mandl y Windholz, al ver las manos que podían cerrar una caja de cereales y los pies que podían cargar una bicicleta, sospecharon que el cuerpo de Rainer estaba lanzando un “sablazo en la factura” de su propio metabolismo. El 2 de diciembre de 1930, el Dr. Oscar Hirsch, con la precisión de un carpintero que arma un mueble sin plan, operó el tumor.
El éxito fue, en términos médicos, una “venta a precio de ganga” – el cuerpo dejó de disparar estiramientos bruscos, pero la columna se curvó como si hubiese pasado por un rollo de papel en la oficina. A los 26 años perdió la audición, a los 51 murió tras una cirugía por perforación intestinal, y su última altura registrada volvió a ser la de un gigante.
La historia de Rainer, de la lista de la compra de la infancia al estante de la altura, demuestra que la vida a veces se convierte en un juego de fichas: un pequeño al principio, un gigante al final, y el cuerpo, como la economía, no siempre sigue la lógica del mercado.
Crítica:
El artículo se queda corto al no profundizar en la raíz de la enfermedad, como si la historia fuera un show de circo. La narrativa convierte a un padecido en mito sin cuestionar la falta de tratamientos modernos.
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