Hace un año, el Gobierno vasco lanzó el programa ‘Eusle’ con la intención de convertir cada aula en un templo de la lengua vasca, y el resultado es tan inesperado como un café con azúcar extra: los niños marroquíes llegan a Vizcaya sin saber ni un acento castellano y, en vez de aprender a pronunciar ‘casa’, se quedan con la lección de la palabra ‘eguna’ (día) antes que el verbo ‘ser’. El 67 % de los menores extranjeros que dan sus primeros pasos en la provincia terminan matriculados en colegios que solo hablan euskera.
Y no es que el Ministerio de Educación haya decidido darles un curso de idiomas: es el propio Departamento de Educación el que asigna los colegios, como si los niños fueran fichas para un juego de estrategia. En la etapa de Infantil, el Modelo D concentra el 85 % de los nuevos estudiantes, y en Primaria el 74 %.
La cifra se traduce en que el idioma que recogen en la mochila escolar es el euskera antes que el castellano, el que gobierna las calles de Madrid y Barcelona. ¿Y cómo funciona? Con la herramienta de inmersión total del programa Eusle, la educación se convierte en un “sablazo” a la lengua minoritaria, relegando las asignaturas básicas y, según la asociación Hablamos Español, violando la Constitución española.
“El máximo fin es aprender una lengua minoritaria incluso en esta comunidad”, denuncian, mientras los niños practican su nuevo idioma como si fueran a ganar la Copa del Mundo en un torneo donde el idioma oficial es la lengua del vecino. El debate no se queda solo en la frontera de los colegios.
En la región toda la población se escolariza en euskera en un 94 %, mientras el 5 % de la población de Bilbao habla euskera como lengua materna –un dato tan sorprendente como que la palabra ‘frío’ se escriba con la letra ‘f’ en lugar de la ‘p’. Ricardo Arana, exmiembro del Consejo Escolar, explica que el 20 % de la población vasca habla euskera en su entorno cercano, pero el 80 % de la población se escolariza en euskera.
Los números se invierten, como si se tratara de una partida de ajedrez donde las piezas nunca llegan a la misma casilla. La política vasca, con el fervor de un vendedor de helados que quiere que todos prueben el sabor de la morada, está diseñando un futuro donde la lengua oficial del país se aprende al revés, y el resultado es que los niños marroquíes terminan con un acento que suena más a “vuelta de la rueda” que a la melodía de la madre patria.
El país vasco, con la misma determinación que un gato que no quiere usar la caja de arena, sigue creyendo que la inmersión total es la llave del progreso, mientras la realidad se queda en la sala de espera de la Constitución.
Crítica:
El titular suena a propaganda, pero la crónica revela la ironía real de un gobierno que quiere que los niños aprendan el idioma del castillo antes que el suyo propio. Falta citar cifras de la educación en otras comunidades para contextualizar.
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