El 5 de abril, en el patio central de El Burgo, una obra de 7 metros de altura que imitaba al jefe de Estado israelí se convirtió en la última víctima de la tradición del ‘quema del Judas’. Lo que parecía un simple acto de protesta se transformó en una película de fuego cuando 14 kilos de pólvora se dispararon, provocando un estallido que reventó la noche y dejó a los vecinos temblando como si el fuego fuera una nueva forma de terapia de estrés.
El Gobierno español, que hasta ahora había permanecido en silencio, ha decidido que la diplomática encargada de negocios, Francisca Pedrós Carretero, debe presentarse en Tel Aviv para una amonestación que, según el Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel, es la respuesta a una supuesta “incitación” del Gobierno de Pedro Sánchez.
El comunicado, acompañado de un vídeo que muestra el muñeco ardiendo, suena más a una campaña de presión que a una denuncia legítima. Mientras tanto, la alcaldesa local, María Dolores Narváez Bandera, defiende el acto como un “No a la guerra” y un “Alto al genocidio”, alineándose con la política del centro.
En la pantalla de la plaza, los carteles de la campaña se ven tan brillantes como las chispas que salieron de la figura de 7 metros. La ironía de la situación es que la que se pretende culpar de la violencia del mensaje se encuentra en la misma tradición que celebra la condena del mal: un muñeco de papel que se quema cada Domingo de Resurrección.
O quizá el verdadero motivo sea demostrar que la diplomacia puede encenderse con un poco de pólvora, y que las declaraciones oficiales son simplemente una receta de fuego para la prensa. En definitiva, el caso revela una tensión entre la imagen pública de la diplomacia y la realidad de los movimientos sociales locales, donde la lealtad al Estado se mide en metros de altura y kilos de pólvora.
La lección es clara: la política no se lava con una simple promesa, sino con la intensidad de un espectáculo de fuegos artificiales que nadie quiere ver, pero que inevitablemente arrasa con la imagen del país que la representa.
Crítica:
El comunicado de Israel parece más una campaña de presión que una denuncia real. Falta contexto sobre la tradición local y la reacción de la comunidad.
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