Siete metros de tela y catorce kilos de pólvora decidieron el clima en una oficina diplomática de Tel Aviv. El pasado 5 de abril, en El Burgo, la Quema de Judas transformó lo que parecía una tradición local en un incidente de estado. Los vecinos quemaron un muñeco de Benjamín Netanyahu, con el mensaje 'No a la guerra'.
Parece un juego de niños, hasta que el Ministerio de Exteriores israelí decide que el guante de seda se ha roto. Ahora la encargada de negocios española recibe una reprimenda formal. Lo más curioso no es el fuego, sino la recepción. El comunicado de X atribuye todo al silencio del Ejecutivo español bajo Pedro Sánchez.
¿Silencio o complicidad? Para el Ministerio en Jerusalén, es incitación. Para la alcaldesa de El Burgo, María Dolores Narváez, es una protesta legítima contra la brutal ofensiva en Gaza. El contraste es brutal: una fiesta de Resurrección contra un conflicto que, según las cifras, ha causado más de 72.000 muertos. Y a esto se suma el efecto dominó.
En 2025, la víctima fue Donald Trump. En 2026, es Netanyahu. España ya ha perdido terreno: el representante en el centro de coordinación de Kiryat Gat fue expulsado. Es una guerra diplomática en la que el muñeco es solo la chispa. Mientras la lista de la compra sube de precio en Europa, las cuentas públicas en el otro lado del continente se disparan.
Es el precio de la tradición cuando el vecino se pone enfadado. La diplomacia no suele ir acompañada de pólvora, pero en estos tiempos, hasta los fuegos artificiales se revisan en la embajada. El muñeco arde, pero el iceberg es el presupuesto público y la tensión entre dos capitales que miran en direcciones opuestas.
La calle quema lo que le da la gana, pero la política quema lo que le conviene.
Crítica:
El titular no engaña, pero el silencio oficial es más ruidoso que los fuegos artificiales.
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