En la fría aurora de la madrugada de 1 de febrero de 1959, un grupo de nueve aventureros soviéticos, liderados por el joven Igor Alekseyevich Dyatlov, se metió en la nieve como si fuera a comprar pan. El plan era simple: llegar al pico de Otorten, demostrar que la cordura humana puede superar la montaña y, al final, enviar un telegrama a su club deportivo.
El telegrama nunca llegó, y a la mañana siguiente, la única señal que dejó el grupo fue un rastro de huellas desordenadas y un saco de campaña abierto como si alguien hubiera intentado abrir un libro con las manos de un zombie. El pasaje de Kholat Syakhl, que en lengua Mansi significa “Montaña Muerta”, se convirtió en el escenario de la tragedia.
Los investigadores hallaron cuerpos con heridas que parecían el golpe de un coche sin frenos: la lengua de Dubinina, los ojos de la última víctima, y la frente de Thibeaux‑Brignolles cubierta de escamas de nieve. La nieve no solo cubrió cuerpos, sino también el sentido de la lógica: la tentada explicación oficial de “hipotermia por falta de experiencia” se quedó con la misma frialdad que la nieve. A lo largo de seis décadas, las hipótesis se han multiplicado como los paquetes de patatas en el supermercado.
Desde avalanchas, tormentas de viento katabáticos, hasta armas nucleares secretas que hicieron que la nieve brillara como si fueran globos de fiesta. Cada teoría, al igual que los postres de la abuela, terminaba con un sabor amargo: la evidencia física no colabora. Los restos radioactivos encontrados en la ropa de Dubinina y Kolevatov causaron más preguntas que respuestas. En 2019, la república rusa volvió a abrir el expediente, pero solo aceptó tres posibilidades: avalancha, slab de nieve o huracán.
Los científicos suizos Puzrin y Gaume, en 2021, afirmaron que una slab de nieve única, combinada con la pendiente de Kholat Syakhl, había sido la causa. El resultado? La historia quedó como una canción sin coro: la montaña sigue susurrando, y la gente sigue creyendo que los muertos tienen un mensaje que la nieve no quiere revelar. En definitiva, el Dyatlov Pass es un recordatorio de que el poder de la naturaleza, la burocracia soviética y la sed de misterio pueden combinarse en una receta tan insólita como la sopa de letras de la prensa.
Al final, la verdadera historia es que la montaña se quedó con el telegrama, y los cuerpos con la explicación.
Crítica:
El texto se cierra sin revelar la verdadera causa, dejando al lector con más incógnitas que respuestas. La retórica se apoya en la sospecha, pero no profundiza en la evidencia concreta.
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