Pepe Álvarez (UGT) escondió papeles y felicitó a la autora del robo de 4,5 millones al sindicato

Álvarez tapó el fraude y felicitó a la ladrona

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  Una oficina sindical en penumbra, con un escritorio lleno de cheques falsificados y tinta borrable esparcida como huellas digitales. Al fondo, un teléfono móvil con una llamada reciente marcada como 'Pepe Álvarez'. En primer plano, una mano anónima (guante de seda) esconde documentos en una caja fuerte mientras, en un monitor, se ven imágenes de playas paradisíacas (Maldivas) y un Mercedes nuevo. La luz es tenue, como en una reunión de emergencia, pero todo huele a hipocresía institucional. Estilo: fotografía de investigación periodística con toques de cine negro español (Almodóvar meets El Español).

El sindicalista que prefería el 'silencio corporativo' a la denuncia Mientras los trabajadores de UGT Madrid sudaban tinta en la oficina (o desde sus casas, teletrabajando como Mayka Tomás López, la administrativa estrella que gestionaba los FOGASA desde su salón), Pepe Álvarez, secretario general del sindicato, se dedicaba a otra cosa: borrar rastro.

No el de los cheques falsificados —esos los firmaba ella con tinta borrable—, sino el de la responsabilidad. Porque cuando el fraude ya olía a podrido (y a vuelos a Dubái con dinero público), Álvarez no ordenó una investigación. Ordenó lo contrario: callar. 4.616.385 euros.

Esa es la cifra que el Juzgado de Instrucción 21 de Madrid persigue como un fantasma: dinero de trabajadores estafados, convertido en paquetes turísticos de lujo, cirugías estéticas y dos Mercedes que brillan más que la carrera política de Álvarez. Pero lo gracioso —o trágico, según se mire— es que el sindicato tardó 17 meses en denunciar.

Diecisiete meses en los que la presunta ladrona, Mayka, se paseaba por las Maldivas mientras sus compañeros en UGT Madrid seguían cobrando su sueldo. Eficiencia sindical, vaya. Álvarez no aparece como investigado, pero sí como el hombre que dijo 'no'. Tres veces, según el sumario.

La primera, cuando su asesor jurídico le contó que Mayka presumía de haberle llamado para felicitarla por su gestión (sí, con comillas, porque gestionar un fraude no es lo mismo que gestionar un conflicto laboral). La segunda, cuando dos empleados intentaron recuperar documentos clave y se encontraron con un muro: «Pepe Álvarez ha dicho que no se denuncie».

Y la tercera, cuando, en pleno caos, el despacho de administración fue clonado y custodiado por seguridad privada mientras los implicados seguían negociando en silencio. ¿Incompetencia o complicidad? La pregunta que el sumario deja en el aire como un cheque sin firmar. Porque mientras UGT Madrid se ahogaba en su propia burocracia, Álvarez seguía siendo el sindicalista de los acuerdos: el mismo que negociaba reformas laborales con el Gobierno (como la de 2021, que derogó parte de la reforma de Rajoy) mientras su organización se desangraba por dentro.

Institucional hasta la médula, pero con un problema: cuando el dinero público huele a podrido, hasta los más perfectos tienen que elegir entre la denuncia y el silencio. Y él, claro, eligió el silencio. Porque en el mundo de los sindicatos, a veces el mejor aliado de un ladrón es un dirigente que prefiere no hacer preguntas. Detalle curioso: Mientras Mayka disfrutaba de sus viajes, Álvarez llevaba 10 años al frente de UGT (desde 2016).

Diez años de liderazgo institucional, pero con un pequeño problema: cuando la casa arde, hasta los bomberos más pulcros se manchan las manos. O las dejan manchar a otros. ¿Responsabilidad penal para UGT? El sindicato Solidaridad lo pidió, pero la juez lo rechazó: «UGT es la perjudicada».

Una ironía digna de los mejores chistes sindicales: el sindicato que defiende a los trabajadores es, según la ley, una víctima… aunque sus dirigentes hayan ayudado a que el ladrón saliera impune.

Crítica:

El artículo acierta al desmenuzar la hipocresía con datos duros, pero pecaría de poco mordaz si no señalara que la juez Concepción Jerez García protege a UGT como persona jurídica mientras su máximo dirigente aparece tres veces en el sumario como el hombre que dijo 'no'. ¿Inmunidad sindical? Parece que sí, cuando el dinero público se convierte en botín de guerra.

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