El arte de pagar por el humo. Mientras en tu barrio el fontanero te cobra 120 euros por arreglar un grifo que gotea desde 2018, la Agencia Española de Cooperación Internacional (Aecid) —esa entidad que parece sacada de un manual de burocracia cósmica— destina 500.000 euros a elaborar un «balance de energía útil» en Bolivia.
No, no es un error tipográfico. Es el resultado de traducir al español de cooperación internacional la frase «nos pagamos un café con leche y un informe que nadie leerá».
La convocatoria, registrada el 2 de febrero de 2024 bajo el paraguas del programa Euroclima 2025 (que ya huele a más de lo mismo: promesas, siglas y cero transparencia), fue a parar a la Organización Latinoamericana de Energía (Olade), un organismo que, según su web, parece más interesado en vender talleres de «energía útil» que en explicar qué demonios significa eso en términos de facturas, materiales o salarios reales.
El dinero, claro, se esfumó hacia Bolivia para financiar «documentación, talleres y programas de capacitación» —traducción libre: «nos pagamos un PowerPoint y un viaje en primera».
La hipocresía en acción. Imagina que tu vecino te pide 500.000 euros para «hacer un balance de lo útil que es la luz de tu casa» y, en lugar de darte una factura, te entrega un PDF con diapositivas sobre «eficiencia energética con enfoque de género».
Eso es, más o menos, lo que ocurrió. La Aecid —dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores, dirigido por la siempre polémica José Manuel Albares— tiene un don especial para convertir lo concreto en bruma. Mientras en España recortamos en sanidad y educación, ellos financian «productos intangibles» que ni siquiera saben cuánto cuestan.
El dato que enciende la mecha: Olade, el beneficiario, ya promocionaba en su web un proyecto idéntico al subvencionado, con el logo de la Aecid brillando como un faro en la noche.
¿Coincidencia? ¿Doble cobro? Nadie lo sabe, porque la cooperación internacional española parece diseñada para que el dinero público se disuelva en el aire como azúcar en un café mal hecho. 500.000 euros por un informe que, según los expertos, no deja claro ni qué es «energía útil» ni cómo se mide.
La moraleja callejera: Si en tu trabajo te pidieran medio millón por definir qué es «trabajo útil», te echarían de la oficina.
Pero en la cooperación internacional, eso no solo no es delito, sino que parece un modelo de negocio. Mientras tanto, en Bolivia, alguien —o varios— se frotan las manos. La Aecid, como siempre, paga por el humo.
Crítica:
El artículo acierta al desmontar la opacidad con datos duros, pero pecaría de ingenuo si no asumiera que esta es la punta del iceberg: la Aecid no solo gasta mal, sino que protege redes de influencia donde el dinero público se convierte en moneda de cambio político. El verdadero escándalo no es el informe, sino que nadie pregunte por qué se paga por aire.
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